Escena – Fin de temporada 2021-22

Balance sobre la temporada teatral 2021-22 que finaliza ahora y que ha estado sometida por las distintas medidas de seguridad derivadas de la pandemia. Sobresale la obra El Golem de Juan Mayorga, dentro de un panorama algo timorato

El Golem - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

La eterna crisis del teatro se acentúa sin parar y parece que los espectadores están reticentes a la hora de volver a las butacas. Eso dicen distintos observadores de la cuestión. Pero déjenme que lo ponga un poco en duda, pues, verán, a mí me da que esta temporada han faltado unos cuantos grandes montajes de esos que arrastran al personal. Y no estaría mal que siguiéramos reflexionando sobre el divorcio existente entre el público veterano y las nuevas hornadas. A los primeros se los está espantando de algunos templos; puesto que ya tienen bastante experiencia como para tragarse las absurdeces de nivel amateur que, por ejemplo, Sanzol ha incluido en su programación del Centro Dramático Nacional. Blast y Lengua madre son para mí paradigmas de un teatro que no alcanza la calidad suficiente como para estar en cartel más de un mes y en los espacios con mayor aforo. Súmenle decenas de piezas en otras tantas salas (véase La Abadía), que superarían con creces la censura más estricta de alguna distopía woke que ustedes se imaginen. El empeño por agradar a los jóvenes con su supuesto lenguaje moderno es competir por lo bajo con otras formas de ocio. Hay que ser muy ingenuo hoy en día para pensar que desde las consabidas fórmulas pop se pasa luego a lo trascendente. Nuestro mundo puede ofrecer divertimentos aparentemente «rompedores» (¡vaya broma!) para vivir eternamente en la inopia. Sigue leyendo

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El mal de la montaña

El texto desasosegante del dramaturgo argentino Santiago Loza deambula por el humor absurdo para tratar sobre el desamor

El mal de la montaña - Manuel Fiestas
Foto de Manuel Fiestas

Demasiados elementos atrayentes se unían en este montaje como para salir decepcionado. Tiempo hacía —quizás desde Furiosa Escandinavia— que la sala Margarita Xirgu del Teatro Español no hospedaba una producción rompedora, anclada, aún, al texto. Digamos, inicialmente, que el espectador sentirá pronto la extrañeza, y saldrá con ella a la calle. Se conjugan el absurdo y el nihilismo, la desazón y la rabia, el humor rayano en la estupidez y el solipsismo. Me gustaría aproximarme al concepto de homo sacer que trabajó el filósofo Giorgo Agamben, y que nos remite en la actualidad, a la no-persona, al forajido, al marginal y, en definitiva, al vagabundo. Afirma el escritor italiano: «una figura límite de la vida, un umbral en el que se está, a la vez, dentro y fuera del ordenamiento jurídico». Sigue leyendo

Matar cansa

Jaime Lorente nos arrastra con su fanatismo a la esencia cruenta de un asesino, a través del texto detallista de Santiago Loza

La hibristofilia es aquel trastorno, aquella parafilia, que fundamentalmente se da en ciertas mujeres, que sienten una irreprimible atracción sexual por los presos, muchos de ellos asesinos cruentos e irreductibles. Mutatis mutandis, contamos en Matar cansa, con un tipo que despierta de su letargo existencial en el momento que recibe una carta de un sicópata con decenas de cuerpos desgarrados y yertos a sus espaldas. Y esta perspectiva, adoptada por el dramaturgo Santiago Loza, al que conocemos por su obra He nacido para verte sonreír, nos permite trazar dos perfiles sicológicos concomitantes, a través de un monólogo revelador. Por otra parte, más allá de éxitos televisivos, Jaime Lorente ya venía trufando buenas actuaciones, y demostrando que ahí teníamos a un actor con futuro y con recorrido. Así lo pudimos atestiguar en El público y en Esto no es La casa de Bernarda Alba. Todos estos componentes nos aseguran una función arrastrada por la inmoralidad, por una horadante pasión orgásmica que se fundamenta en la aniquilación del otro, del ser humano que fallece súbitamente para convertirse en un amasijo de nada despersonalizada. El tipo que se atemoriza con la polilla («trato de aplastarlas sin puntería») y que parasita en el mundo, timorato, sucumbiendo a la epistaxis que aparece en la duda. El intérprete va a manejar el tempo de manera magnífica, con pausas apropiadas, con esos equívocos que contiene el texto y que le hacen retomar su relato más atrás o, incluso, a repetir lo dicho. Sigue leyendo

He nacido para verte sonreír

Pablo Messiez sube a escena una dolorosa despedida maternofilial escrita por Santiago Loza

Foto de Sergio Parra

¿Qué le ocurre a ese muchacho de mirada perdida que parece disfrutar del bolero que suena en la radio? No sabemos dónde está su pensamiento, pero desde luego no convive con su cuerpo, algo espástico, dubitativo, lento y antojadizo. Nacho Sánchez se recuesta en un mutismo expresivo que marca distancia. El actor, después de su memorable interpretación en La piedra oscura, se cuela en este personaje para otorgarle una gestualidad compasiva a través de un rostro casi congelado en un mundo lejano. Nos seduce desde el principio y nos conmueve hasta el final. Desconocemos qué pudo ocurrirle durante su adolescencia para que ahora un trastorno mental lo incapacite para la comunicación normal. Se deja caer que era capaz de sumirse horas y más horas en lecturas interminables de libros voluminosos y profundos («Eran libros ásperos. Aburridos. No sé cómo llegaste a leer ese tipo de cosas. No toda lectura es saludable. Yo tendría que haberte quitado los libros a tiempo. Sigue leyendo