Los precursores

Luis Sorolla nos sitúa en el final del mundo a través de un gran mito que encierra otros tantos relatos posibles

Los precursores - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

El final, entonces, puede ser como los albores; debe imaginar Luis Sorolla cuando deja que sus tres protagonistas sean abandonados en un bosque por sus padres. Tres niños de edades similares que van a crecer juntos con su memoria huidiza y su imaginación desbordada por una misión tanto salvífica, como esperanzadora. Uno piensa en El señor de las moscas; pero aquí el asunto es mucho más quebradizo, porque son tres chavalines que apenas cuentan con un cometido, que es contarse cuentos para relatar a la humanidad; y, punto importante, desde la inocencia rousseauniana. Dos chicos y una chica con la suficiente civilidad como para no atacarse furibundamente ante la mínima carencia de su egocentrismo; pero sin la conciencia de ser prepuberal. O eso debemos elucubrar, puesto que no parece que Sorolla haya explotado con intensidad su hipótesis inicial. Sí resulta convincente el prólogo. Sigue leyendo

Un roble

Luis Sorolla se pone al frente de este experimento creado por Tim Crouch, interpretado cada función por un actor distinto

Foto de Luz Soria

Con los prejuicios a flor de piel cada vez que un dramaturgo pretende transgredir las formas teatrales con un experimento al uso, uno siempre espera que el formalismo no se sustente en el vacío y que al final todo resulte una pirueta tan llamativa como intrascendente. Avancemos que Un roble no supone una gran trasgresión y que su contenido se deshilacha en su redundancia. La propuesta estructuralmente se propone convocar a un actor (cada día será uno diferente; no obstante, el margen para encontrar grandes diferencias será exiguo, si no se rompe el «pacto»), que no debe conocer el texto, a participar en una función donde se encontrará con Luis Sorolla, quien no solo hará de maestro de ceremonias, sino que interpretará a un hipnotista. El primer participante de este asunto es Israel Elejalde; que aguarda sentado entre los espectadores. A continuación, es llamado a escena para recibir instrucciones (por lo visto se han reunido una hora antes, lo que incumple el previsto halo de espontaneidad) y nosotros también recibimos alguna indicación. Sigue leyendo

Un cuerpo en algún lugar

Gon Ramos nos vuelve a someter a una experiencia plenamente cautivadora sobre la búsqueda de un amor sublime

Foto de Samuel García

No es fácil situarse ante el planteamiento aparentemente sencillo de Gon Ramos. La complejidad aparece en cuanto uno se da cuenta de que ninguno de los interlocutores es fiable y de que debemos reconocer que el discurso parte del interior. Inicialmente, a modo de prólogo o de manual de instrucciones, Luis Sorolla —él mismo como actor o como demiurgo o como narrador o como conciencia o como trasunto del dramaturgo— nos avisa de que una vez iniciada la acción, una vez ese cuerpo arrojado en el suelo (Fran Cantos) que ahora no es nada, todo transcurrirá como un rizoma. Como conceptualizaron Deleuze y Guattari, pensar rizomáticamente significa auscultar el sistema desde fuera del supuesto centro que lo sustenta. Se apoya en la filosofía hegeliana de proceder dialécticamente a través de la historia arrastrando el Todo hasta llegar al Saber Absoluto. ¿Dónde queda el individuo ante tal tesitura? Pues encima de un escenario; o bien como un loco o bien como una conciencia que pretende observarse desde fuera, cuando inevitablemente solo puede mirarse desde dentro. La solución es el espejo o, mejor, enfrentarse a la diferencia, a lo que uno no es, para asumir la repetición. Sigue leyendo