El sueño de la vida

La Comedia sin título es completada de la mano de Alberto Conejero en una propuesta que vislumbra la esencia del arte teatral

Foto de Sergio Parra

Un ejercicio imposible que debe materializarse con el ingenio de otro artista. No creo, en absoluto, que deba tomarse El sueño de la vida como una continuación de la Comedia sin título; debe ser más bien un motivo para embarcarse en un proyecto personal ―aunque auspiciado por el espíritu de Lorca―. El resto de especulaciones, mientras no aparezca ningún vestigio arqueológico que lo desmienta, es una tarea inútil. El propio primer acto, el único conservado del dramaturgo de Fuentevaqueros, es ya una especie de incompletud, una mise en abyme, un caos de proclamas y remisiones al teatro como arte que debe trascender en lo político, que debe provocar reacciones en el público. Una clara defensa del denostado binomio Alta Cultura / baja cultura. Así observamos cómo el Espectador 1º se solivianta desde la platea y no aguanta en su butaca: «No he venido a recibir lecciones de moral ni a oír cosas desagradables», esputa César Sánchez; mientras su esposa, inicialmente, se siente abochornada. Cuando se marchan defendiendo el Teatro de La Latina (como un espacio para la escena de puro entretenimiento, que ya no corresponde con nuestra estricta actualidad) se percibe en el respetable la carcajada del clasismo satisfecho. Antes ha irrumpido de improviso, desde su asiento entre los espectadores, Nacho Sánchez, quien se enmascara en el Autor. Creo que comienza desaforado, excesivo y que Lluís Pascual, no lo ha refrenado. Es un actor que en el grito no luce, su voz se agota y se desgañita sin fuerza. Como intérprete me parece que es uno de los más singulares del presente panorama y así lo demuestra después, cuando su seguridad se manifiesta en el límite con la debilidad y su cuerpo a punto de quebrarse expele el cuidado necesario en sus palabras. En la crítica a todos los factores que repercuten al propio mundo teatral se pasea por allá hasta el dueño del teatro. Antonio Medina imprime esa veteranía y ese toque de desfachatez propio de aquellos que se consideran más allá del bien y del mal: «¡Mano dura!», grita. En la misma línea se expresa el Espectador 2º. Sergio Otegui se entrega con un discurso virulento, defensor de Dios y del ejército; mientras su mujer, María Isasi, clama por sus hijos. Lo que vemos queda reseñado por el siguiente fragmento: «¡Sermón!, sí, ¡sermón! ¿Por qué hemos de ir al teatro a ver lo que pasa y no lo que nos pasa? El espectador está tranquilo porque sabe que la comedia no se va a fijar en él, ¡pero qué hermoso sería que de pronto lo llamaran de las tablas y le hicieran hablar, y el sol de la escena quemara su pálido rostro de emboscado!». Circundar el propio acto teatral, posicionarse incluso en el paso previo al metateatro (aunque lo sea; qué duda cabe), en la teoría, en el cuestionamiento de su utilidad y de su pertinencia. Por esta razón, quizás, el enganche con los actos dos y tres se vea con menos enjundia en el sentido de que uno esperaba que nunca llegara a levantarse el telón y que el teatro terminara por ser un refugio o una trinchera. No es así. Alberto Conejero ha logrado su mejor obra ya que se ha atrevido a ir más allá, a sondear terrenos menos seguros de los hasta ahora trazado en su dramaturgia. Cuestión aparte es que el espectáculo que acoge el Español se llame únicamente El sueño de la vida, es decir, como ha titulado a sus dos actos el dramaturgo de Vilches. No parece muy correcto. Depende de cómo se tome, el montaje puede ser un pastiche, una apropiación, una continuación, una suma o una resta. No obstante, el añadido debe tomarse como una obra única que debe funcionar por sí sola, aparece frente a nosotros otro parecer, otra dirección que la aparta del «teatro imposible» de la trilogía que compone con El público y con Así que pasen cinco años. Interpolado por versos, por ejemplo, de Poeta en Nueva York. Curiosamente algunos personajes van a cobrar vida y desarrollo; aunque la acción caiga en un estatismo que no se remedia con la música vivaz de Miguel Huertas e Iván Mellén. La muerte es una constante y la atmósfera onírica no es más que un trampantojo de un ensayo sobre Sueño de una noche de verano. Así, los personajes de aquella comedia de Shakespeare se azuzan. Como Luis Perezagua, haciendo de Leñador, quien regresa a esa vis infantil que de forma tan natural tan bien le sale. Es evidente que el sermón se transforma en proclama política y luminosa del teatro como símbolo de liberación vital (las bombas siguen sonando y el espacio está listo para salvaguardar a quien sea). En este sentido, el público, al contrario de lo que deseaba Lorca, se marcha indemne porque al final la ficción ha permeado de nuevo tras la cuarta pared. De lo más valioso es la transformación de Emma Vilarasau, cómo se despoja de sus personajes shakesperianos hasta la desnudez para ser solamente la Actriz de carne y hueso. Alcanza la máxima expresión de ese sentimiento de comunión con la vida real, la que ha penetrado en el teatro para cobijarse. O esa Madre que Ester Bellver interpreta con la ternura entremezclada de candor. O el Joven que toma tanta presencia en el tercer acto Daniel Jumillas. Es un elenco muy extenso que logra en el último tramo llevarnos a un tenebrismo bárbaro. El sueño de la vida posee la disonancia lógica de lograr un imposible; aun así, tiene valores dramatúrgicos muy apreciables y el intento de Conejero ―además de ser un enorme orgullo para él (¡cuántos quisieran estar en su piel en tan magna tarea!)― resulta pertinente.

El sueño de la vida

Autores: Federico García Lorca y Alberto Conejero

Dirección: Lluís Pasqual

Reparto: Dafnis Balduz, Ester Bellver, María Isasi, Raúl Jiménez, Daniel Jumillas, Jaume Madaula, Juan Matute, Antonio Medina, Chema de Miguel, Koldo Olabarri, Sergio Otegui, Juan Paños, Luis Perezagua, César Sánchez, Nacho Sánchez y Emma Vilarasau

Músicos: Miguel Huertas e Iván Mellén

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar

Iluminación: Pascal Merat

Dirección musical: Dani Espasa

Espacio sonoro: Roc Mateu

Videoescena: Bruno Praena

Ayudante de dirección: Carlos Roó

Ayudante de escenografía y vestuario: Silvia de Marta

Una coproducción del Teatro Español y la Comunidad de Madrid

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 24 de febrero de 2019

Calificación: ♦♦♦

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