El sueño de la vida

La Comedia sin título es completada de la mano de Alberto Conejero en una propuesta que vislumbra la esencia del arte teatral

Foto de Sergio Parra

Un ejercicio imposible que debe materializarse con el ingenio de otro artista. No creo, en absoluto, que deba tomarse El sueño de la vida como una continuación de la Comedia sin título; debe ser más bien un motivo para embarcarse en un proyecto personal ―aunque auspiciado por el espíritu de Lorca―. El resto de especulaciones, mientras no aparezca ningún vestigio arqueológico que lo desmienta, es una tarea inútil. El propio primer acto, el único conservado del dramaturgo de Fuentevaqueros, es ya una especie de incompletud, una mise en abyme, un caos de proclamas y remisiones al teatro como arte que debe trascender en lo político, que debe provocar reacciones en el público. Una clara defensa del denostado binomio Alta Cultura / baja cultura. Así observamos cómo el Espectador 1º se solivianta desde la platea y no aguanta en su butaca: «No he venido a recibir lecciones de moral ni a oír cosas desagradables», esputa César Sánchez; mientras su esposa, inicialmente, se siente abochornada. Cuando se marchan defendiendo el Teatro de La Latina (como un espacio para la escena de puro entretenimiento, que ya no corresponde con nuestra estricta actualidad) se percibe en el respetable la carcajada del clasismo satisfecho. Antes ha irrumpido de improviso, desde su asiento entre los espectadores, Nacho Sánchez, quien se enmascara en el Autor. Sigue leyendo

La visita

Carmen Resino realiza un juego de realidad-ficción sobre el viaje exprés de Hitler a París en 1940

Foto de Víctor Frutos

Cuando se discute acerca de las diferentes éticas que recorren la historia de la filosofía, no es extraño intentar cercenar la propuesta kantiana con dilemas morales basados en hipótesis como: «De acuerdo, matar está mal; pero si pudieras viajar en el tiempo y tuvieras la oportunidad de matar a Hitler mucho antes de que subiera al poder, ¿lo asesinarías?». Carmen Resino también elucubra con un contrafáctico, cuando nos mete en la piel de aquel guía que mostró La Ópera de París a Hitler, a los arquitectos Hermann Giesler y Albert Speer, y al escultor Arno Breker el 28 de junio de 1940 tras la rendición francesa. Se apoya en un hecho real, documentado, para construir un personaje que fantasea con esa posibilidad perdida de asesinar a ese individuo que ha usurpado su patria. Hasta qué punto su inacción lo convierte no solo en un cobarde, sino en alguien que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, casi un traidor a sus propias ideas. Sigue leyendo