Escena – Fin de temporada 2018-19

Una vez terminado el curso, llega la hora de repasar lo más destacable de la esfera teatral

Foto de marcosGpunto

Al final siempre ocurre lo mismo, los montajes excelentes se reducen a un escueto puñado; pero, si echo la vista atrás y comparo esta temporada con las cuatro o cinco anteriores, parece que la cosecha ha sido, en general, peor. Puede ser por diferentes motivos, entre otros, mi propia percepción subjetiva (puedo estar equivocado) o que la crisis no se ha terminado para el mundo teatral (seguramente nunca pase ya y sea necesario acostumbrarse a esta situación), o, también, que cuesta más atrapar a un público que vive sometido por muchas tentaciones «culturales», como, por ejemplo, las series de televisión. La clave sigue siendo el espectador. Y la crítica, claro. Aunque no pueda competir en influencia contra cientos de retweets claqueros. Merece la pena hacer un repaso para recalcar cuáles han sido los mejores montajes y señalar, además, alguna obra que, por distintos motivos, si no ha sido grandiosa sí que ha conllevado detalles sobresalientes. Primeramente, es justo reconocer que algunas de las versiones o adaptaciones de clásicos (antiguos o de nuevo cuño, de aquí o de otros lares) han ofrecido facturas encomiables. Como fueron La fiesta del viejo, con la idiosincrasia argentina para traer a la actualidad El rey Lear (lo pudimos disfrutar durante muy pocas fechas en El Umbral de Primavera). Sigue leyendo

La geometría del trigo

Alberto Conejero dirige su propio texto sobre las consecuencias de un amor «inconveniente» dentro del ámbito rural

En los últimos años al menos dos obras han tocado el tema de la homosexualidad en el ámbito rural, por un lado, Tom en la granja, y, con mucha más sintonía, Juguetes rotos. Pero Alberto Conejero lo ha hecho con extremada sutileza, tanta, que, en ocasiones, se ha pasado de frenada en las elipsis. Porque lo que debiera ser la trama principal, la vivencia de dos hombres unidos por el amor y por el destino azaroso, queda en segundo plano; para que nos la imaginemos a través de los entrelazamientos de otros personajes, otros familiares, otros allegados, en otro tiempo y de otra manera. Nos situamos en tierras de Jaén ―el propio dramaturgo es de Vilches y de allí se trae esta historia escuchada a su madre―, el calor abrasa y a la casa de Beatriz y de Antonio, un minero, llega, tras quince años de ausencia, Samuel. José Troncoso se imbuye en este individuo venido de París ―parece que la lengua francesa no ha hecho mella en su acento andaluz oriental― a su lugar de origen para emprender un negocio con la reconstrucción del viejo molino. Vuelve también para reencontrarse con ese amigo especial, con el que sostuvo una tímida relación imposible, un atisbo de algo inconcreto. Juan Vinuesa encarna a este dubitativo currante; se desenvuelve con esa peculiaridad del tipo que no quiere desembarazarse de la máscara. Sigue leyendo

El sueño de la vida

La Comedia sin título es completada de la mano de Alberto Conejero en una propuesta que vislumbra la esencia del arte teatral

Foto de Sergio Parra

Un ejercicio imposible que debe materializarse con el ingenio de otro artista. No creo, en absoluto, que deba tomarse El sueño de la vida como una continuación de la Comedia sin título; debe ser más bien un motivo para embarcarse en un proyecto personal ―aunque auspiciado por el espíritu de Lorca―. El resto de especulaciones, mientras no aparezca ningún vestigio arqueológico que lo desmienta, es una tarea inútil. El propio primer acto, el único conservado del dramaturgo de Fuentevaqueros, es ya una especie de incompletud, una mise en abyme, un caos de proclamas y remisiones al teatro como arte que debe trascender en lo político, que debe provocar reacciones en el público. Una clara defensa del denostado binomio Alta Cultura / baja cultura. Así observamos cómo el Espectador 1º se solivianta desde la platea y no aguanta en su butaca: «No he venido a recibir lecciones de moral ni a oír cosas desagradables», esputa César Sánchez; mientras su esposa, inicialmente, se siente abochornada. Cuando se marchan defendiendo el Teatro de La Latina (como un espacio para la escena de puro entretenimiento, que ya no corresponde con nuestra estricta actualidad) se percibe en el respetable la carcajada del clasismo satisfecho. Antes ha irrumpido de improviso, desde su asiento entre los espectadores, Nacho Sánchez, quien se enmascara en el Autor. Sigue leyendo

Todas las noches de un día

Carmelo Gómez y Ana Torrent representan esta obra sobre la relación amorosa entre una señora y su joven jardinero

Es necesario reconocer que Alberto Conejero (1978) ha logrado hacerse un nombre en el mundo teatral; aunque sería conveniente estudiar a qué se debe realmente. Porque da la sensación de que cierto sector y cierta crítica asumen con soberana connivencia que los dramas que nos presenta el autor deben ser tenidos en cuenta como un ejemplo sublime de aquello que muchos esperan para nuestra contemporaneidad. Cualquiera podría resolver que Todas las noches de un día, no es más que un ejercicio de romanticismo demodé, con ramalazos cursis y un tono de ternura inconsecuente. Una búsqueda agónica del cliché clásico, del ambiente emotivista, de la escena que impresione al respetable por su sensibilidad. Claro es que existe un público, generalmente femenino, que de la misma forma que deglute los novelones rosa que hoy se venden con la faja de algún renombrado premio; también se aproxima a estas propuestas donde lo importante es «atrapar al corazón». Porque, sinceramente, qué se nos quiere contar en esta función; pues la relación entre un joven jardinero y su señora. Ni más ni menos; puesto que sus biografías entreveradas apenas dan para fraguar el reconocido e imposible enamoramiento. A lo largo de la hora y veinte minutos que dura el montaje, parece que el tiempo se adensa y que el espacio no pretende concretarse más allá de un invernadero (diseñado con sencillez y gusto por Monica Borromello. Sigue leyendo

Los días de la nieve

Semblanza sobre Miguel Hernández a través del sentido relato de su viuda, Josefina Manresa

Vuelve Alberto Conejero a inmiscuirse en uno de esos poetas mitificados en nuestra historia, verdaderos fetiches, como el Lorca que evocó en La piedra oscura. Ahora es Miguel Hernández —olvidemos esa etiqueta inadecuada del «poeta pastor»— a quien se aproxima de la mano de su mujer, Josefina Manresa (Quesada, Jaén, 1916-Elche, 1987), la responsable de recopilar todo el legado de uno de nuestros mejores escritores. También regresa el estilo lírico del dramaturgo, esas pinceladas que van creando una ambiente que alegoriza una vida, una época. Porque el discurso de la viuda está tonificado por una pátina grácil, bonachona y sonora. Las palabras se insertan en versos, escuchamos estrofas; la rima se suspende en el aire y eso, una de dos, o nos saca de la situación por inverosímil o nos fuerza a que aceptemos imaginariamente una construcción literaria que se apoya en el recuerdo firme; pero, además, quebrado por los años para reconstruirlo mucho después. Sigue leyendo

Troyanas

Carme Portaceli presenta la versión de Alberto Conejero sobre el clásico de Eurípides con una mirada a las guerras actuales

Foto de Sergio Parra

Desde luego, no es fácil conseguir que una obra como Las troyanas de Eurípides resulte atractiva. Apenas se puede considerar una tragedia, y más tendríamos que tomarla como un largo epílogo de un extenso ciclo (perdido). Digamos que Alberto Conejero ha utilizado procedimientos similares a los que empleó el dramaturgo griego. Si aquel interpretó su época, inyectada de racionalismo, en aquel siglo V de Pericles, para construir textos que se han llegado a denominar «aburguesados» y que tomaban como base tanto la sofística como la retórica; nuestro versionador, mutatis mutandis, ha hecho lo propio. Auspiciado por una corriente del feminismo que la directora Carme Portaceli abraza gustosamente y que expone en el programa de mano: «Hoy seguimos viendo cómo las mujeres son seres de segunda categoría a las que no importa excesivamente lo que les suceda: después de cada guerra, e incluso durante la guerra y sin guerra, a las mujeres se las viola reiteradamente, se les falta al respeto, se les maltrata sin ningún respeto (sic), sin ni siquiera temor a las leyes que prohíben la violencia… No pasa nada, sus problemas, sus sufrimientos siempre quedan en la cola, siempre hay problemas más importantes: los niños, el hambre, los refugiados…». Sigue leyendo

Fuente Ovejuna

La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico dinamiza esta atrayente propuesta sobre el clásico de Lope

Es, sin duda, una de las obras de teatro español más conocida; se sigue comentando en los institutos e, incluso, leyendo. Aunque también es cierto que los acontecimientos históricos y dramáticos han derivado en una lectura un tanto errónea en el acervo popular; puesto que se habla de ella como la comedia que defiende que la unión hace la fuerza. Hoy en día no parece aceptable a nuestros ojos la actitud de los lugareños de aquel pueblo cordobés frente al comendador, Fernán Gómez. El tiranicidio como justicia y refrendada por los reyes. Fuente Ovejuna siempre ha sido, en cierta medida, una obra desigual. Primero porque la historia de amor entre Laurencia, aquí con una Paula Iwasaki poderosa y, a la vez, zalamera, y Frondoso, que Pablo Béjar, a pesar de que se le ve algo aniñado, es capaz de expresar heroísmo; y en la que interviene el propio comendador —interpretado por Jacobo Dicenta con buenas dosis de engreimiento y aplomo dramático—, no sirve ni de columna vertebral ni de núcleo tensional suficiente como para atraernos, por mucho que nos topemos con encuentros de flirteo entre los amantes o el rapto de la labradora encienda los ánimos. Por otra parte, la tendencia abusiva a remarcar el grupo disuelve en él a los posibles secundarios y a la concreción de subtramas que complejicen el drama. Sigue leyendo

Ushuaia

José Coronado protagoniza un convencional thriller escrito por Alberto Conejero sobre las heridas del pasado

Las puertas del Teatro Español se le han abierto a Conejero gracias al éxito cosechado con su obra La piedra oscura (2014), la cual, a pesar de su corte clásico, poseía ciertas virtudes estructurales y el interés que suele suscitar la figura de Lorca (más otras cuestiones que ya expuse en su momento). Ahora que se ha lanzado el debate sobre aquello de las «artes vivas», la vanguardia, etc.; sí que sería requerible a una institución como esta que, al menos, lo nuevo representado, fuera contemporáneo, o, si se quiere, que los autores vivos que encuentren allí acomodo sean modernos (tampoco exijo que sean absolutamente rupturistas). ¿Por qué? Pues, sencillamente, porque lo mínimo que se le puede exigir a un artista es que nos ofrezca su peculiar visión, su lenguaje y que nos persuada para observar un mundo a través de su mirada. Ushuaia, el texto escrito por Alberto Conejero en 2013, posee claros errores de escritura dramática; algunos de los cuales intentaré desgranar. El primer problema con el que nos encontramos es que el nazismo ha sido observado desde todos los puntos de vista posibles —salen hasta en Cuéntame—; incluso esta semana hemos conocido el caso de un sanguinario nazi de 98 años que está afincado en Minneapolis. La filmografía sobre el tema es extensísima (podemos recordar para este caso, La caja de música, de Costa-Gavras). ¿Ofrece la función alguna novedad que nos cautive? Sigue leyendo

La piedra oscura

Reponen la exitosa obra de Alberto Conejero sobre la fatídica historia del último amante de Lorca

la-piedra-oscura-foto«¿Cómo vais a vivir el resto de los días?», pregunta retóricamente Rafael Rodríguez Rapún ya muy avanzada la función. Solo frente a un inocentón que no frisa los veinte y que le ha tocado del bando nacional, que apenas lee de corrido y que su vida en la Cantabria de los años treinta había transcurrido en el tajo y la tozuda labor en el campo, solo, digo, frente a un timorato muchacho, Sebastián, como el santo patrón de los gays, que sujeta el fusil con el mismo temblor con el que expele sus palabras, se puede mantener un diálogo áspero, una conversación anodina y hasta una charla emotiva y trascendental para la memoria, la literatura y la dignidad de este país.

La pieza de Alberto Conejero ha logrado concitarnos nuevamente frente a esa colección de tópicos que arrastramos desde que se han vuelto a tratar ciertos temas. Regresamos a la guerra civil, a los bandos, y nos trae de vuelta a ese mártir en que hemos convertido a Federico García Lorca. Son motivos que nos conmueven, que reconocemos cercanos y que atravesamos con esa sensación misteriosa del desvelamiento. ¡Cuántas historias nos quedan por conocer y cuántos relatos aguardan en las cunetas! La piedra oscura pudo ser un drama del poeta, similar a El público, donde trataría de forma algo más sencilla el tema de la homosexualidad, según comenta Ian Gibson. Apoyándose en este hecho, Conejero ha recreado los últimos momentos de Rapún inventándose un encuentro con un joven soldado en un hospital militar. Dos vectores de enganche propician el devenir de la función. Sigue leyendo