La película que Ingmar Bergman realizó para televisión en 1984 es llevada a las tablas por Ernesto Caballero con menos taciturnidad

Con gran profusión se «ha reflexionado» sobre el oficio de la interpretación en el propio transcurrir de una obra, en una imbricación metateatral que juega una y otra vez a entrar y salir del personaje. Los actores se desdoblan delante de nosotros para enseñarnos el truco, mientras nos seducen con la trampa que somos incapaces de apreciar en su totalidad. Así se ha empeñado en llevarlo a cabo Álex Rigola en algunos de sus espectáculos, como aquellos pergeñados en su «caja» (Hedda Gabler o Vania). De otro modo, Pascal Rambert en Ensayo también incluyó esta recursividad. O de forma similar ocurrió en aquella Lady Anne, de Inma Nieto. Podría seguir poniendo ejemplos; aunque también debo recordar que Gutiérrez Caba protagonizó Después del ensayo en el 2017. Sigue leyendo



Uno intuye que debe existir una secta secreta de admiradores del cuadro el Descendimiento y que de forma subrepticia acuden a la sala 024 del Museo del Prado como si fuera una capilla. Mi propio padre pertenece a esa secta y, de alguna manera, es una pintura más cercana que otras para mí. Si Carlos Marquerie decide concitar el poemario de Ada Salas, del mismo título que la obra de Van der Weyden, y que según la autora —así lo escuchamos de un magnetófono que desciende lentamente— esa pintura flamenca era una presencia, una atracción casi nebulosa que ahora le había provocado una mirada más insistente; entonces, nosotros, los espectadores, debemos estar preparados. Acudir a este acontecimiento sin haber observado este óleo, sin haber leído alguno de los poemas convocados, sin asumir ciertos códigos del simbolismo religioso —no solo católico o cristiano— es destinarse a la constante confusión de la Estética, como estudio de las emociones. Caer en el emotivismo, en el apabullamiento sensitivo —si es que llega—, es reducir una expresión artística a una percepción fatua, a una espuria asistencia nihilista, que se desvanecerá al poco tiempo como los fuegos artificiales. Todo ello, si no aparece la sentencia inevitable de la estupidez. 


