Pablo Remón insiste en su estilo narrativo para contar una historia punk del postfranquismo en el Matadero

Las obras de Pablo Remón se han ido bifurcando por diferentes vericuetos, a pesar de que todas se pueden identificar por una prosa abigarrada, irónica y perspicaz que vuela dramatúrgicamente. Gran parte del elenco de Vania x Vania se ocupa de la nueva propuesta de este creador y, de varios de sus proyectos anteriores, reverberan algunos ritmos, pues el autor macera su estilo definido. La línea de referencia hasta llegar a Verborrea va desde 40 años de paz ─una de sus piezas fundacionales─, que ya recogía la impronta franquista en una familia del llamado periodo democrático, hasta Los mariachis, no porque el argumento venga al caso, sino por el tono descabalado. Sigue leyendo




Uno intuye que debe existir una secta secreta de admiradores del cuadro el Descendimiento y que de forma subrepticia acuden a la sala 024 del Museo del Prado como si fuera una capilla. Mi propio padre pertenece a esa secta y, de alguna manera, es una pintura más cercana que otras para mí. Si Carlos Marquerie decide concitar el poemario de Ada Salas, del mismo título que la obra de Van der Weyden, y que según la autora —así lo escuchamos de un magnetófono que desciende lentamente— esa pintura flamenca era una presencia, una atracción casi nebulosa que ahora le había provocado una mirada más insistente; entonces, nosotros, los espectadores, debemos estar preparados. Acudir a este acontecimiento sin haber observado este óleo, sin haber leído alguno de los poemas convocados, sin asumir ciertos códigos del simbolismo religioso —no solo católico o cristiano— es destinarse a la constante confusión de la Estética, como estudio de las emociones. Caer en el emotivismo, en el apabullamiento sensitivo —si es que llega—, es reducir una expresión artística a una percepción fatua, a una espuria asistencia nihilista, que se desvanecerá al poco tiempo como los fuegos artificiales. Todo ello, si no aparece la sentencia inevitable de la estupidez. 

