Consentimiento

Un drama de parejas donde la validez de la justicia se pone a prueba en una indagación de las insidias humanas

Foto de marcosGpunto

El envoltorio de comedia ajustada a los cánones más que manidos de la lucha entre sexos que Nina Raine ha utilizado para indagar en el alma humana, está cargado de trampas y es conveniente no caer absolutamente en ellas. Señalemos que la estructura fundamental está compuesta por dos matrimonios con hijos y otros dos individuos dispuestos a entenderse amorosamente. El primer truco de la dramaturga es cargar las tintas sobre los varones. Ellos son personajes redondos, complejos en la simpleza de esos machos estereotipados que ya no deberían engañar a ninguna fémina. Tipos con poder, pertenecientes al mundo judicial (abogados, fiscales), encantados con su cómoda vida familiar convencional, adornada por las inexcusables aventuras. Seres que en el fracaso sacan la furia y el lloriqueo de unos púberes malcriados. Ellas, sin embargo, no sobredimensionan su esbozo. Así, María Morales (Raquel) es un «poco» abogada, apenas aporta su visión del asunto cuando tiene oportunidad; pero su papel no tiene demasiado recorrido. Su interpretación mantiene la solidez habitual. Luego, Candela Peña (Kitty), a la que precisamente ya hemos visto acogiendo este rol en la lucha marital (véase Los vecinos de arriba), le ocurre algo parecido, si tenemos en cuenta que es editora, una mujer independiente, con cierto genio; pero que va a rebufo de su marido en cuanto que solo parece importante el caso judicial de turno. Finalmente, Clara Sanchis (Sara) es una actriz; pero como no es una estrella, pues resulta que tampoco posee mucho atractivo, más allá de estar soltera. Otra cuestión, como digo, son los hombres. Ellos requieren nuestra atención, ellos van a estar cargados de actitudes, muchas de ellas burdas, que provocarán nuestras críticas. Sin duda, Jesús Noguero (Eduardo) es el macho alfa a batir, el típico abogado con pocos escrúpulos, el hipócrita redomado que no puede soportar que su honor quede mancillado y que necesita vencer de cualquier modo (su arsenal de falacias es de profesional). En verdad, se le da estupendamente mostrarse avieso, sabe gesticular para ello y arrastrar la energía adensada de toda la función (así lo comprobamos en Ensayo, junto a María Morales). En cuanto a su amigo Jaime, hay que reconocer que le da viveza y gracia al espectáculo. Es como un niño, un fantasmilla que quiere ser el alma de la fiesta. David Lorente vuelve a llevarse el personaje más excéntrico —no tanto como en Festen—, para entregarse con desparpajo y comicidad. Cierra el trío Pere Ponce (recién venido de metamorfosearse en Rousseau), quien encarna a un fiscal inteligente; aunque sin la soberbia que nace del éxito social. Por eso, sostiene un tibio comportamiento, apuntalado con destellos de cinismo, hasta que puede asestar un buen golpe. En la subtrama que se desarrolla casi desde el principio hasta los dos tercios del montaje y que está ciertamente lograda en intensidad (la lástima es no imbricarla más hasta el desenlace); aunque se resuelva con algo de desdén dramático, nos topamos con una víctima de violación. Nieve de Medina es Adela (nombre maldito para el teatro), una mujer alcohólica, muy desmejorada, de aspecto y modos marginales, dispuesta a comprobar cómo la justicia para ella será un puro prejuicio. La composición actoral es espléndida, creo que está inmejorable y que es estupendo contemplarla en un registro tan diferente (la temporada anterior estuvo con Modelos animales, donde también brilló). En ella tenemos a la víctima propiciatoria para crear nuestro sesgo. Con ella tenemos un relato, mientras que en la segunda «violación» (violación) con la que nos toparemos —la de Eduardo sobre Kitty—, tendremos una acción. El público ya no juzgará de oídas; sino que será un privilegiado observador omnisciente. Y aunque el acto sexual se representa de manera algo ambigua y sin mucho regodeo, el espectador queda mediatizado para la siguiente disputa entre los amigos. La cuestión para mí esencial es que los personajes femeninos —excepto Adela— están descafeinados y esto reduce la hondura al argumento. Por otra parte, no parece en absoluto justificado que la duración alcance las dos horas más cuarenta y cinco minutos (descanso incluido), máxime si no se aprovecha para desarrollar la trama con más equilibrio. Esto no quita para que Magüi Mira (no entiendo que en su versión haya mantenido las pelucas de abogado propias del mundo anglosajón) haya realizado una dirección poderosa para ofrecernos una propuesta visualmente muy atrayente. Por eso es necesario felicitar a Curt Allen Wilmer, quien ha diseñado una escenografía que es, por un lado, diáfana, con un tatami luminoso (certera iluminación de José Manuel Guerra, sobre todo en las coreografías de Toni Espinosa que ejecuta el elenco en las transiciones) en el centro, con el público muy cercano; y, por otra parte, un fondo que es una muralla simbólica de cartón, donde los personajes viven encorsetados, embalados en su vida emocionalmente mudable. Valga, por supuesto, esta obra de Nina Raine como radiografía de la clase media que, sin obviar la ironía (muchas frases son tan memorables como punzantes), disecciona la miseria de los pequeños poderes y de los grandes arañazos, del hedonismo egoísta y de cómo la ética debe ser una constante en nuestro proceder como sociedad. Nuestra vigilancia moral no puede quedar socavada por nuestro estatus.

Consentimiento

De Nina Raine

Traducción: Lucas Criado

Versión y dirección: Magüi Mira

Reparto: David Lorente, Nieve de Medina, María Morales, Jesús Noguero, Candela Peña, Pere Ponce y Clara Sanchis

Escenografía: Curt Allen Wilmer (AAPEE) con estudio deDos

Iluminación: José Manuel Guerra

Vestuario: Ana López Cobos (AAPEE)

Música y espacio sonoro: Bruno Tambascio

Coreografía: Toni Espinosa

Ayudante de dirección: Juanma Romero

Fotos: marcosGpunto

Cartel: Javier Jaén

Producción: Centro Dramático Nacional

Con la colaboración de British Council

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 29 de abril de 2018

Calificación: ♦♦♦

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