Mammón

Los Teatros del Canal acogen la comedia irrefrenable sobre la avaricia que han creado Nao Albet y Marcel Borràs

Todos los elementos que han propiciado el cine postmoderno, el que no ha tenido reparos con la cultura popular, con la ironía pertinaz, con el juego metaliterario, con la crítica social en forma de sarcasmo y con todos esos divertimentos que mezclan la alta con la baja cultura aprovechándose de la combinación de técnicas antiguas y modernas; también han encontrado, aunque muchísimo menos, su vertiente teatral. Mammón es un artefacto magnífico que recoge esa veta deconstructiva de fingir que no se cuenta lo que sí se cuenta, de bordear el tema, de marcar distancia y regodearse en el marco del cuadro, como si se quisiera despistar al espectador para, al final, haber consumado el hecho. Si ya había quedado demostrado el talento en la interpretación de Nao Albet (véase El público) y de  Marcel Borràs (véase Las bodas de Fígaro), con la creación dramatúrgica van a por todas. Y han sido inteligentísimos para llevar a cabo su proyecto tan simple en medios y, a la vez, tan espectacular. En el trasfondo del relato está el concepto de avaricia. Partimos de la intención de montar un magno espectáculo (al aire libre en Madrid con sangre por todos los lados y una escenografía impresionante) que represente el mito de Mammón. Para ello, los dos directores han logrado importantes ayudas económicas y el apoyo de verdaderos referentes artísticos para su puesta en marcha, desde Jan Fabre y el Toneelhuis a Carmen Machi o Eduard Fernández (por imaginar que no quede); además de disponer de una orquesta y varios migrantes sirios. Porque todo esto no deja de ser una propuesta que no termina de fraguarse. Así lo narran desde el prólogo Irene Escolar y Ricardo Gómez. Son ellos los que inician, a través de pistas, vídeos y fragmentos de un diario, una especie de mockumentary (o falso documental) sobre la razón por la cual no han comenzado los ensayos de una obra en la que ellos debían participar. ¿Qué ha pasado? Tras relatar diversos avatares de Marcel Borràs en Siria, que vienen a concienciar al actor sobre las ansias de dinero que llevan a las guerras y donde descubre la leyenda de Mammón (inicialmente simbolizaba la bonanza); saltamos a Las Vegas. Desde ahí, lo narrativo (suficiente y entreverado de datos que dan credibilidad al asunto), pasa a la representación de lo que pudo haber ocurrido. Este simulacro, este fingimiento nos puede remitir teatralmente a obras recientes de la escena española y europea. Así es fácil recordar DioS K de Antonio Rojano, o Five Easy Pieces, de Milo Rau, o Eroski Paraíso, de Chévere o, hace bien poco, Tebas Land, de Sergio Blanco. Referencias que nos sirven para reconocer esas fronteras difusas entre la realidad y la ficción. Aunque aquí la apuesta es la comedia desbaratada, sin ínfulas moralistas de ningún tipo; pero reconociendo que la fiebre del oro permanece asentada en nuestro genes. Han ido allí a jugarse la pasta de los Teatros del Canal que, definitivamente, es la única —e insuficiente— ayuda financiera de la que han dispuesto (40.000 euros). Han contactado con Dylan Bravo, un desastrado jugador que les servirá de guía en La Meca kitsch de los anhelos lúdicos. Lo encarna Manel Sans como uno de esos farsantes que Tarantino tan bien ha bosquejado en sus westerns como Django desencadenado o Los odiosos ocho. El actor borda su papel con esa suficiencia y vanagloria de quien verdaderamente ha descubierto la máscara perfecta para sobrevivir en una ciudad tan hostil con los perdedores. Sus pupilos —que hacen una caricatura de ellos mismos— pretenden ganar a toda costa y, encima, grabar un documental de su aventura. Albet se impone el perfil de pánfilo y nos regala toda una gama de gestos alucinatorios (sin incluir el peyote), mientras que Borràs, pretende ajustarse a las circunstancias en una creciente ansiedad. Ambos están espléndidos y marcan un ritmo formidable. Se apuntan a la fiesta Ricardo, Gómez con distintos papeles —destaca Bernardo, un mejicano ludópata y fanfarrón—; e, Irene Escolar, con Crystal, una stripper que nos deleita con sus habilidades eróticas en la barra. Los cinco actores configuran una función compacta y manejada con brío, trufada de recursos, insinuaciones, escapatorias a los camerinos y hasta con un «cameo» de Miki Esparbé como repartidor de comida a domicilio. No falta de nada: saltos temporales, música sensual, rap para su «thug life» o el desmadre lógico después de una timba clandestina destinada a la historia. La diversión es irrefrenable en una consecución de giros y números cómicos adobados por un humor inteligente que nos suena a los Coen. Un desfase espolvoreado por la fariña en la demostración fehaciente de cómo los billetes nublan el sentido hasta la metamorfosis plena. Han contado con una escenografía mínima, con una gran pantalla donde se plasman las diferentes filmaciones y unas cuantas mesas. El resto es mímica, gesto permanente, guiños imparables a su realidad ficcionada. Y lo han sacado adelante sin que el resacón terminara en caos. El montaje es dirigido con sensatez. Mammón es de lo mejor que se ha podido ver esta temporada. Es totalmente recomendable.

Mammón

Creación y dirección: Nao Albet y Marcel Borràs

Reparto: Nao Albet, Marcel Borràs, Irene Escolar, Ricardo Gómez y Manel Sans

Escenografía y vestuario: Jose Novoa

Diseño de sonido: Igor Pinto

Iluminación: Adrià Pinar

Caracterización: Paula Ayuso

Realización del documental: Guillermo A. Chaia

Producción y distribución: Joseba Gil

Producción y gestión: Anabel Labrador

Fotos: Felipe Mena / Kiku Piñol

Espectáculo coproducido por el Teatre Lliure y la Brutal, en colaboración con los Teatros del Canal.

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 1 de abril de 2018

Calificación: ♦♦♦♦♦

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