Jauría

Miguel del Arco dirige este drama repleto de emocionalidad sobre el caso de La Manada que ha recreado Jordi Casanovas con las declaraciones de los protagonistas

Foto de Vanessa Rabade

Internamente, el drama que se plantea sobre el caso de La Manada logra una tensión de alto calibre teatral con la concatenación de los hechos presentados. Pero Jauría es mentira, es ficción, por mucho que las frases que escuchamos hayan sido expresadas por sus firmantes. Tomar lo interpretado por real es la equivocación a la que no puede llegar ningún espectador y a la que no se puede llevar a ningún alumno en las sesiones escolares que se tienen preparadas (si se desea algo de nobleza didáctica). Alcanzar conclusiones certeras sobre la justicia española, o sobre el comportamiento de ellos o de ella, es falta de criterio y es caer en el amarillismo propio de los medios de comunicación.  Lo que se cuenta en Jauría es muy verosímil; porque tiene lógica en su disposición, en su ordenamiento; aunque este sea sesgado (tiene todo el derecho su autor a serlo). Ya que se acentúan de una manera muy distinta los matices de cada protagonista (ahí está la creación, la invención). En esta obra se aplica la técnica del verbatim, tal y como se utilizó también con la anterior función (Port Arthur) que configura este programa doble sobre teatro documento en El Pavón. Pero en esta todos estamos volcados en nuestra particular composición de lugar, amasada durante estos años, donde las especulaciones y las diversas discusiones sobre lo fue o no, sobre la condena y su gravedad nos atenazan con prejuicios y posicionamientos ideológicos. Sigue leyendo

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Port Arthur

Representación teatral del interrogatorio al que fue sometido Martin Bryan, el asesino de 35 personas en 1996 en Australia

Seguramente sea porque no es algo de lo que se haya hablado en los últimos años, ya se sabe, alguna conmemoración, algún recuerdo; desde luego, algunos países, aunque su cultura pueda ser muy similar a la nuestra, nos quedan muy lejos. Lo cierto es que la masacre de Port Arthur ocupa el tercer lugar de un ranking bastante luctuoso: personas asesinadas por un solo individuo en un tiroteo. Que el hecho en cuestión nos quede algo lejos, que carezcamos de información suficiente para contextualizar el caso y bastantes datos como para darle la trascendencia que aquello tuvo ―incluidas varias teorías conspirativas, como que, en realidad, el acusado fuera un cabeza de turco de un atentado que tendría como fin acabar con la venta de armas en Australia―, hace de esta obra teatral un acontecimiento falto de atractivo a priori. A posteriori, si uno acepta investigar sobre el caso puede llegar a la conclusión de que, en efecto, la tragedia es impactante y que suscitó el esperado debate sobre la posesión de armas en nuestras antípodas y la subsiguiente aprobación de leyes restrictivas. Indudablemente, el protagonista, Martin Bryan, es un clarísimo ejemplo de espécimen de asesino en serie (más allá de que realmente lo fuera o no), al que habitualmente estamos acostumbrados. Sigue leyendo

Suaves

Gon Ramos firma esta pieza de teatro simbólico y kafkiano sobre la relación entre una madre y su sobreprotegida hija

Foto de Luz Soria

No creo que deba quedar la más mínima duda de que Gon Ramos es hoy por hoy uno de los grandes dramaturgos de este país. Es un autor que se está adentrando en vericuetos de auténtica complejidad humana. Está adoptando unas perspectivas genuinas y fascinantes para estamparnos ante la duda, y ante ese pensamiento que se envuelve en lo irracional. Por lo tanto, cada una de sus obras es un acontecimiento sorpresivo y una prueba para el espectador. Con Suaves continúa indagando en las relaciones familiares, como ya hizo con su anterior texto, La familia No; aunque desde una óptica muy distinta. Suaves se maneja en una concatenación de planos simbólicos que deben ser desentrañados, aun sabiendo que cada paso implica asumir una nebulosa y una exégesis destinada al fracaso. Muy probablemente el escritor tenga claro su concepto, su percepción de aquello que desea mostrarnos; pero su habitual lenguaje críptico es una hojarasca feraz que se nos impone para nuestra estupefacción. Afirma que delante de nosotros hay una hija y una madre que es un perro y un padre que es de azúcar. Lo que a nosotros nos llega es, primeramente, una mujer nerviosa, dubitativa, aterida, tapada de arriba abajo. Esther Ortega se enfrenta a un papel de una exigencia creciente y de un sometimiento casi total. Una progresión de emociones desbaratadas para una mamá tan protectora de una niña como temerosa de su soledad, de quedar a la intemperie. Sigue leyendo

Una humilde propuesta

Mariano Llorente se encarna en un satírico promotor dispuesto a solucionar la pobreza de nuestro país

Foto de David Ruiz

Viene muy a cuento lo que se critica en esta obra satírica de Jonathan Swift. Apenas un panfleto de unas cuantas páginas donde vuelve a desbordar los planos de la crítica con esa inteligencia tan soberana. Desde luego, no es en su forma la misma ironía con la que procedía Sócrates para obtener la sabiduría; pero este recurso retórico conserva ese efecto revelador que produce tanta estupefacción. Proceder así en esta proclama, proponiendo técnicamente, con toda clase de detalles matemáticos y estadísticos, sobre un proyecto serio para «zamparse» a los hijos de los pobres cuando cumplan un año y alcancen un estimable peso (entre diez y doce kilos), es una provocación que no dejará a nadie indiferente. El truco discursivo es idóneo para exigir, precisamente, todo lo contrario; a saber, una responsabilidad política y social sobre esa parte depauperada de la sociedad. Y si señalo que el contenido del texto es muy pertinente para la observancia de nuestra querida España, es porque la pobreza infantil anquilosada ofrece datos tan descomunales como desalentadores ―aunque se encubran en nuestro mundo estetizado de virtualidades virtuosas. Según el INE, la pobreza infantil afecta a uno de cada tres niños. Estamos en 2019 y parece que eso no es una urgencia. En las democracias liberales, la capacidad de los pobres (por sus circunstancias no solo socioeconómicas, sino socioeducativas) para protestar, para manifestarse y para presionar políticamente, son muy bajas (evidentemente no se pueden poner en huelga, por ejemplo). Sigue leyendo

Hermanas

Bárbara Lennie e Irene Escolar se emplean a fondo para representar este enfrentamiento sobre los desgarros familiares

Foto de Vanessa Rabade

Hace tres años aproximadamente, el dramaturgo francés Pascal Rambert pegaba un buen aldabonazo con la presentación de La clausura del amor. Su planteamiento era bastante radical en cuanto a la disposición dramatúrgica: tomar a una pareja real de actores y someterlos a una experiencia destructiva bajo dos monólogos agónicos y eternos como un diálogo solapado y ya imposible. Después conocimos Ensayo, e igualmente sondeó terrenos metateatrales, esta vez con cuatro intérpretes, que exprimió al máximo en la implosión de una compañía. Pero ahora, con Hermanas, tan solo se aprecia un manierismo. Una dejadez en las perspectivas dramatúrgicas, ya sin gestos metaficcionales, ni monólogos abusivos. Aquí solo quedan unas extraordinarias actrices y los fluorescentes a tope de la escenografía aséptica firmada por el propio autor. Y si en aquella primera obra el contenido no era en sí mismo una revolución, al menos poseía entraña; en esta, directamente nos encontramos el consabido tópico ―bastante tontorrón―, de la hermana segundona que vive herida por todo el cariño que sus padres le han usurpado en pos de la primogénita, la ganadora, la gran esperanza familiar. Familia, por cierto, de burguesitos ilustrados, exigentes en grado sumo y clasistas de sutileza incomparable. Papá, arqueólogo de prestigio. Sigue leyendo

El precio

Aires de elegancia melancólica para esta obra de Arthur Miller, interpretada por un elenco muy afinado

Foto de Javier Naval

Es común aplicarle el término de clásico a ciertos dramas estadounidenses concretados por el desarrollo psicológico profundo de sus personajes, bajo unas circunstancias determinadas. Son textos firmados por O`Neill, por Tennessee Williams o, como es en este caso, por Arthur Miller. El precio saltó a escena en 1968 y continuaba ese discurso tan meditado sobre el devenir de las familias tras el crac del 29. Estas obras, en definitiva, se las apoda de clásicas; porque infunden seriedad y están escrita bajo unos parámetros perfectamente identificables; porque el público al que van dirigidas es precisamente esa clase media que las hace revivir a cada poco; ya que son ellos quienes padecen estos conflictos propios de la sociedad urbanita inmersa en los ciclos económicos de crisis y de crecimiento alborozado. Otro tema será que lleguen a formar parte del canon por virtudes literarias. Al fin y al cabo, lo que contemplamos es un manierismo chejoviano. Más allá de que nos conmueva la historia o que la reconozcamos cercana, posee unos diálogos que, por su adensamiento pausado, permiten a sus intérpretes dibujar al personaje en toda su extensión; lo pueden matizar con parsimonia y con madurez. Sigue leyendo

Un roble

Luis Sorolla se pone al frente de este experimento creado por Tim Crouch, interpretado cada función por un actor distinto

Foto de Luz Soria

Con los prejuicios a flor de piel cada vez que un dramaturgo pretende transgredir las formas teatrales con un experimento al uso, uno siempre espera que el formalismo no se sustente en el vacío y que al final todo resulte una pirueta tan llamativa como intrascendente. Avancemos que Un roble no supone una gran trasgresión y que su contenido se deshilacha en su redundancia. La propuesta estructuralmente se propone convocar a un actor (cada día será uno diferente; no obstante, el margen para encontrar grandes diferencias será exiguo, si no se rompe el «pacto»), que no debe conocer el texto, a participar en una función donde se encontrará con Luis Sorolla, quien no solo hará de maestro de ceremonias, sino que interpretará a un hipnotista. El primer participante de este asunto es Israel Elejalde; que aguarda sentado entre los espectadores. A continuación, es llamado a escena para recibir instrucciones (por lo visto se han reunido una hora antes, lo que incumple el previsto halo de espontaneidad) y nosotros también recibimos alguna indicación. Sigue leyendo

Monta al toro blanco

Cuatro relatos que satirizan políticamente sobre una Europa en permanente tensión ante un futuro aciago

Foto de Carmen Prieto

La incuestionable mirada satírica de Íñigo Guardamino se inmiscuye en nuestra Europa y su devenir. Tema verdaderamente necesario y, en absoluto, manoseado. Digamos rápidamente que las cuestiones que aborda resultan verosímiles, inteligentes y, además, pavorosas. También reconozcamos que, a pesar del tono humorístico, se ha puesto algo más serio en el lenguaje; no parece aspirar el autor a remarcar con chistes sorpresivos cada frase de cada diálogo ―como suele ser habitual en él. Y si ha rebajado la comicidad, ha aumentado el análisis y, por lo tanto, la profundidad de casi todas las piezas que componen este fresco tremebundo de un futuro que podría llegar ipso facto. Asistimos a cuatro piezas que se nos ofrecen entremezcladas. Todas ellas podrían interpretarse como las pesadillas de una Alta Representante de la Unión Europea, quien ha decidido echarse la «siesta de la cuchara» antes de reunirse con los Ministros de Exteriores. No faltan los aderezos mitológicos sobre el Rapto de Europa, varias interpolaciones, como esa interesante declaración engreída de un chino, un estadounidense, un árabe y un ruso portando la balsa hinchable donde terminarán los europeos; o el tema musical tan hortera y pegadizo que los espectadores deberán tener verdadero cuidado si no quieren que el estribillo les retumbe durante una semana. Sigue leyendo

Yerma

El ambigú del Teatro Kamikaze se llena de tierra para representar esta mirada sugerente a la tragedia de Lorca

Foto de David Ruano

En un intento moderado de traer la Yerma lorquiana al presente, Marc Chornet ha conseguido que uno se olvide de que aparecen un móvil, un test de embarazo o unos auriculares. Si esos elementos no hubieran aparecido; pues casi mejor. Efectivamente, no entorpecen el espectáculo; pero no son, desde luego, suficientes ―entre otros detalles― como para que uno se piense que en algún pueblo de España el patriarcado sigue funcionando de esa manera. De hecho, no funciona de ninguna, salvo en algunas etnias que necesitan atrapar en el tiempo su «raza». Es preferible dejarse provocar por el lenguaje del poeta granadino, aceptando que su protagonista viste vaqueros; pues lo que acontece, insisto, puede mantener algunos vestigios en alguna familia muy concreta; pero no en una sociedad que le dé soporte cultural. Ante todo, el montaje funciona por dos hechos, esencialmente: por la escenografía y los movimientos que propicia, y por el cariz que le aporta Alba José. En cuanto a lo primero, Laura Clos ―quien seguramente habría deseado unos cuantos metros más en ese ambigú del Teatro Kamikaze―, esparce arena, va floreando de vides todo el suelo y sitúa una cama deshecha en el centro junto a un váter. Sigue leyendo