La mujer más fea del mundo

El monólogo estratosférico y desaforado de Ana Rujas construido con retazos biográficos sobre el peso de su belleza

Foto de Carlos Luque

Ana Rujas es objetivamente bella. Cualquier cerebro humano detectará ipso facto que su rostro es hermoso. La belleza es un valor; porque nos produce satisfacción (a veces enorme) y nos informa, además, de ciertas ventajas biológicas (si nos ponemos darwinistas). Pero llevar ese atractivo encima las veinticuatro horas del día puede suponer un agobio. Lo que nos encontramos en el ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze es a una actriz desgañitándose para expulsar sus demonios, como una especie de personaje perfilado por Koltès; pero aderezado con aires pop. Dispuesta como una virgen sobre el altar, llorosa no por la muerte de ningún hijo, sino por estar ahogada en un vacío interior que la impide respirar, nos escruta. Que a continuación, una vez se ha desprendido de su atuendo y se ha colgado su camiseta (con mensajito de mamá, por supuesto) y su pantaloncito corto, tome a alguien del público porque necesita bailar, supone una acción que no encaja, que desde la frialdad y sin música parece un hecho con poco criterio. El resto es un discurso basado en su propia experiencia y en la de Bàrbara Mestanza, coautora del texto. Tirada en el suelo del cuarto de baño, en plena bajona, en pelotas y en un bloqueo profundo durante horas. Rujas saca toda su furia y lo da todo, y cuando su arenga tremebunda, cargada de palabrotas, con mucho «follar», «follar» y «follar», se aleja de lo que parece puramente biográfico y se diluye en una locura onírica y lisérgica repleta de ironía, autosarcasmo y patetismo nos encontramos con un desfase lógico y terrible en aquellos que se han adentrado por la vía disoluta. Sigue leyendo

Anuncios

Ricardo III

Miguel del Arco y Antonio Rojano versionan el clásico shakesperiano con una propuesta sugerente y algo populachera

Foto de Vanessa Rábade

Resulta muy recurrente acudir en nuestra época a los prototipos de aquellos reyes o mandatarios que demostraron ciertas dosis de psicopatía en su carácter; para realizar la comparativa con líderes de nuestro mundo contemporáneo que parecen adoptar un lenguaje y unos modos que nos hacen dudar de su cordura (llámese Trump o Boris Johnson o Maduro). Volvemos de nuevo sobre la cuestión de si existe el mal en las personas mentalmente sanas. La biología, la costumbre, la cultura y la enfermedad son aristas para una respuesta compleja. Regresamos, entonces, al clásico de Shakespeare, Ricardo III (debemos recordar que las relativamente recientes adaptaciones de Carlos Martín y Sanchis Sinisterra, y la de Yolanda Pallín). De este drama podríamos quedarnos con su protagonista y ya tendríamos la obra entera para dirimir las cuitas del poder; porque es quizás la obra del dramaturgo inglés, donde la figura principal se queda sin contrarréplica eficiente. Y más vale que cada uno haya hecho un poco los deberes antes de asistir, porque si no los árboles genealógicos de las dos rosas se le van a volver enredaderas. Y es que la escoliosis del pobre Ricardo da para encabronarse con sus rivales; pero más consigo mismo por sentir el permanente rechazo de las mujeres de la corte. Ya se sabe de la hermosura de los viejos ricos; así que nada mejor que embellecerse con la corona real para percibir el «cariño» de las damas. En el plano emocional y psicológico se puede relacionar más con el Joker de Joaquin Phoenix (que hayan coincidido ambas obras generará concomitancias), que con otros ínclitos personajes que tengamos más a mano. Sigue leyendo

Sueños y visiones de Rodrigo Rato

El ambigú del Teatro Kamikaze acoge esta dramatización satírica de la vida del político español

Foto de Vanessa Rábade
Foto de Vanessa Rábade

Estamos tan necesitados de salvadores que cualquier individuo que es elevado a los altares de los nuevos templos ―llámese Fondo Monetario Internacional―, que enseguida nos cegamos ante su buena nueva. Si es de los nuestros nos quedamos sin excusa para no invertir en él y en su negocio lógicamente fértil. Así dio cuenta de ello hace años con su DioS K, Antonio Rojano, para retratar a Dominique Strauss-Khan. Ahora le toca a su antecesor Rodrigo Rato caer del podio en una especulación dramática. Y quien más y quien menos tendrá fresca su historia y, si aún sigue leyendo la prensa, habrá podido descubrir o rememorar sus antecedentes familiares. El dispositivo ―ya habitual en Pablo Remón, ahora en compañía de Roberto Martín Maiztegui― juega con todos los elementos y las características tan propias del cine que nos ha engatusado en los últimos veinte años. Ya sabemos: ritmo de rock and roll para una prosa electrizante, una ironía sagaz que va puntualizando este vía crucis con sus catorce capítulos perfectamente medidos, con sus grandes dosis de distanciamiento teatral para ganar en falsa modestia, tirarse el rollo con los rasgos de la verosimilitud puesta en tela de juicio, la narración informadora y explicativa para que nadie se pierda, la descripción caricaturesca de situaciones tan conocidas como estrafalarias, sacar punta a lo inverosímil, pegarse a la realidad consabida por el respetable para confraternizar con él. Sigue leyendo

Las canciones

Una experiencia salvadora a través de la escucha profunda de esos temas musicales que configuran una biografía emotiva

Foto de Vanessa RábadeOír o escuchar. La música está con frecuencia demasiado al fondo en nuestras vidas. La música suena mientras realizamos otra actividad. La música suena mientras nos pretenden vender un objeto. La música suena para tapar el angustioso silencio, cuando una pareja ha perdido la conversación. El melómano vive rodeado de vinilos y cada día se sienta en un sillón de cuero para deleitarse con la escucha. Una experiencia estética que indudablemente puede ser transformadora y que posee el influjo mágico de la intromisión abstracta. A través de personajes que nos remiten inequívocamente a Chéjov (por ahí andan algunas de las Tres hermanas, por ejemplo) asistimos a una liturgia, a una cura; pero, también, a una escapatoria, a una reclusión, a una dictadura de la emoción salvífica. El padre músico ha muerto; pero su fama ha quedado desvanecida por un acto terrible, que nos hace pensar en un asesinato. Los hijos sufren por su pérdida; aunque da la impresión de que la ausencia de su guía y su anclaje terrenal ha evidenciado dosis de inmadurez y de proyecto vital consistente. La extrañeza de la situación ―ya desde el principio, la gran parte de la función consiste en escuchar canciones―, nos puede recordar a esa visión tan angustiosa con que mira la realidad el director de cine Yorgos Lanthimos. La primera parte, la cara A, me parece algo prosaica, como si al dramaturgo le resultara bastante serio y sentencioso entrar en honduras de manera radical. Se da cierto distanciamiento y se maneja una comicidad un tanto chabacana, concretamente a través del papel que interpreta Carlota Gaviño; pues hace de «maruja canaria». Sigue leyendo

El viaje

El segundo volumen de Las crónicas de Peter Sanchidrián no consigue sobredimensionarse y deambula sin suficiente gracia

Foto de Vanessa Rabade

Si uno acude a ver el segundo volumen de Las crónicas de Peter Sanchidrián, lo mínimo que se espera es que el tono, el ritmo y el ambiente sean parecidos; y que la diversión sea similar. Pero lo que nos encontramos en esta ocasión es algo verdaderamente decepcionante y, lo que es peor, aburrido. Y a falta de razones de mayor trascendencia, si no hay risa, tampoco habrá buen sabor de boca. Jose Padilla parece haber perdido fuelle o haberse olvidado de que la primera parte era un chispazo permanente, y de que la sorpresa estaba a la vuelta de la esquina constantemente. Se puede afirmar que a El viaje le sobra media hora o, incluso, más. Para quien no esté al tanto, la estética del cómic, del pastiche, de la historieta irónica de ciencia-ficción están presentes en la cabeza del millonario filántropo Pedro Sanchidrián (a.k.a. Peter Sanchidrián), el cual se ha extraviado en el espacio sideral; aunque su imaginación vuela para que sus compañeros «disfruten» con una serie de peripecias. Todo resulta moroso, desde el prólogo, donde C.R.I.S.T.I.N.A., el ordenador de a bordo, nos da cuenta de la situación en la que se encuentra la nave (y otras); y toda una serie de detalles absolutamente excesivos ― sobre todo, porque no calientan la atmósfera y no provocan un clímax propicio― hasta las diferentes piezas que componen el espectáculo. A todo ello, el marco narrativo, con Cristóbal Suárez haciendo de comandante (sabrá que apenas les quedan dos días de oxígeno), cuando se topa con el vehículo (La Vorga) de Pepe Viyuela, que hace de Oleg, un tipo avieso que quiere aprovechar la oportunidad y que debería ser, hemos de suponer, quien sostuviera humorísticamente la propuesta (al menos para que alguien sustituyera en ese sentido a Juan Vinuesa, que aquí solamente aparece en imágenes). Sigue leyendo

Andrea pixelada

Teatro comercial y electrizante para representar la vida de una exitosa recomendadora de libros en Youtube

Foto de Kiku Piñol

No podemos descartar la opción de tomar esta obra como una tremenda parodia a ese nuevo submundo de los booktubers, esos prescriptores, esos publicistas (también muy narcisistas), de libros ―la mayoría pseudonovelas rosa o de género fantasy―. Si lo miramos de esta manera todavía podemos sacar algo en claro. Aunque mucho me temo que la comedia Andrea pixelada, sencillamente, quiere mostrar, de manera un tanto alocada, la existencia de una de esas celebridades de YouTube. Hay que reconocer que los vídeos de estos individuos están grabados, muchos de ellos, bajo ese estilo tan electrizante y, diríamos, que agobiante, que cada frase es un eslogan, un lema, una directriz que se enfatiza como si te fuera la vida en ello. Más el aderezo de esas sentencias no aptas para diabéticos con las que abren y cierran su intervención. Y así lo ejecuta Roser Vilajosana, una actriz que arrastra una energía enorme y que demuestra tener grandes dotes para la actuación, pues su expresión es segura y directa y, además, asume con naturalidad la excitación de una muchacha algo endiosada y ególatra. Andrea nos canta su rap con mensajitos floridos y monos, con bailoteo incluido; y, después, nos deleitará con otras intervenciones musicales también con proclamas harto manidas en su gremio. Ya se sabe, que los profesores del instituto mandaban libros coñazo e insoportables y que eso ahuyenta a los futuros lectores. Otra chica que confunde la literatura con los libros. Podíamos por empezar a aceptar que el libro como tal está sacralizado y que el contenido de la mayoría de ellos merece perderse en el olvido. Sigue leyendo

Jauría

Miguel del Arco dirige este drama repleto de emocionalidad sobre el caso de La Manada que ha recreado Jordi Casanovas con las declaraciones de los protagonistas

Foto de Vanessa Rabade

Internamente, el drama que se plantea sobre el caso de La Manada logra una tensión de alto calibre teatral con la concatenación de los hechos presentados. Pero Jauría es mentira, es ficción, por mucho que las frases que escuchamos hayan sido expresadas por sus firmantes. Tomar lo interpretado por real es la equivocación a la que no puede llegar ningún espectador y a la que no se puede llevar a ningún alumno en las sesiones escolares que se tienen preparadas (si se desea algo de nobleza didáctica). Alcanzar conclusiones certeras sobre la justicia española, o sobre el comportamiento de ellos o de ella, es falta de criterio y es caer en el amarillismo propio de los medios de comunicación.  Lo que se cuenta en Jauría es muy verosímil; porque tiene lógica en su disposición, en su ordenamiento; aunque este sea sesgado (tiene todo el derecho su autor a serlo). Ya que se acentúan de una manera muy distinta los matices de cada protagonista (ahí está la creación, la invención). En esta obra se aplica la técnica del verbatim, tal y como se utilizó también con la anterior función (Port Arthur) que configura este programa doble sobre teatro documento en El Pavón. Pero en esta todos estamos volcados en nuestra particular composición de lugar, amasada durante estos años, donde las especulaciones y las diversas discusiones sobre lo fue o no, sobre la condena y su gravedad nos atenazan con prejuicios y posicionamientos ideológicos. Sigue leyendo

Port Arthur

Representación teatral del interrogatorio al que fue sometido Martin Bryan, el asesino de 35 personas en 1996 en Australia

Seguramente sea porque no es algo de lo que se haya hablado en los últimos años, ya se sabe, alguna conmemoración, algún recuerdo; desde luego, algunos países, aunque su cultura pueda ser muy similar a la nuestra, nos quedan muy lejos. Lo cierto es que la masacre de Port Arthur ocupa el tercer lugar de un ranking bastante luctuoso: personas asesinadas por un solo individuo en un tiroteo. Que el hecho en cuestión nos quede algo lejos, que carezcamos de información suficiente para contextualizar el caso y bastantes datos como para darle la trascendencia que aquello tuvo ―incluidas varias teorías conspirativas, como que, en realidad, el acusado fuera un cabeza de turco de un atentado que tendría como fin acabar con la venta de armas en Australia―, hace de esta obra teatral un acontecimiento falto de atractivo a priori. A posteriori, si uno acepta investigar sobre el caso puede llegar a la conclusión de que, en efecto, la tragedia es impactante y que suscitó el esperado debate sobre la posesión de armas en nuestras antípodas y la subsiguiente aprobación de leyes restrictivas. Indudablemente, el protagonista, Martin Bryan, es un clarísimo ejemplo de espécimen de asesino en serie (más allá de que realmente lo fuera o no), al que habitualmente estamos acostumbrados. Sigue leyendo

Suaves

Gon Ramos firma esta pieza de teatro simbólico y kafkiano sobre la relación entre una madre y su sobreprotegida hija

Foto de Luz Soria

No creo que deba quedar la más mínima duda de que Gon Ramos es hoy por hoy uno de los grandes dramaturgos de este país. Es un autor que se está adentrando en vericuetos de auténtica complejidad humana. Está adoptando unas perspectivas genuinas y fascinantes para estamparnos ante la duda, y ante ese pensamiento que se envuelve en lo irracional. Por lo tanto, cada una de sus obras es un acontecimiento sorpresivo y una prueba para el espectador. Con Suaves continúa indagando en las relaciones familiares, como ya hizo con su anterior texto, La familia No; aunque desde una óptica muy distinta. Suaves se maneja en una concatenación de planos simbólicos que deben ser desentrañados, aun sabiendo que cada paso implica asumir una nebulosa y una exégesis destinada al fracaso. Muy probablemente el escritor tenga claro su concepto, su percepción de aquello que desea mostrarnos; pero su habitual lenguaje críptico es una hojarasca feraz que se nos impone para nuestra estupefacción. Afirma que delante de nosotros hay una hija y una madre que es un perro y un padre que es de azúcar. Lo que a nosotros nos llega es, primeramente, una mujer nerviosa, dubitativa, aterida, tapada de arriba abajo. Esther Ortega se enfrenta a un papel de una exigencia creciente y de un sometimiento casi total. Una progresión de emociones desbaratadas para una mamá tan protectora de una niña como temerosa de su soledad, de quedar a la intemperie. Sigue leyendo