Darío Facal firma una comedia generacional que pretende dar cuenta de cómo unos personajes llenos de ignorancia y sin desarrollo vital posible ocupan su tiempo con distintas ocurrencias

Afirmar que esta obra se inspira en Bouvard y Pécuchet es mucho decir. Porque sí, aquellos personajes flaubertianos se conocieron de improviso y tuvieron el enamoramiento de la amistad. Eran unos ignorantes en multitud de materias y, movidos por una fuerza sobrevenida, se pusieron a investigar con afán de dominio; pero abocados al fracaso. Querían saber. No así nuestros Agustín y Mario, que Darío Facal los ha dibujado como a otros perdedores más que se suman a la lista de nuestra España. ¿Y de Erasmo de Rotterdam y su célebre ensayo? Pues únicamente el título; puesto que la ironía que se destila en este montaje va por vía naíf y no aspira a la crítica política.
Elogio de la estupidez es como esas comedias de situación que encapsulan a sus protagonistas en una especie de mundo aparte. Véase Friends —¿cómo pudimos admirar esa serie?—. Ahora que hemos vuelto a la ingenuidad, y muchos jóvenes prefieren quedarse en casa los fines de semana y renunciar al botellón, y se encierra uno muchísimo en la red social favorita hasta quedar ahíto, la función esta, al menos, sirve como ejemplo de la nadería contemporánea. Llamarla nihilista me parecería un piropo. Esto, definitivamente, no es Beavis and Butt-Head. Sigue leyendo

Últimamente, en la extensión del puritanismo, y de todos esos pruritos morales que pican como sarpullidos insolentes, cada ciudadano, afincado en esas cuitas, ha ido manifestando vox populi cuáles son sus líneas rojas con una furia extraordinaria. Gentes que niegan el pecado original y su vinculación al catolicismo parecen buscar una purificación de su alma y un perdón de sus pecados que los tiene viviendo en la angustia permanente. ¿He dicho ya que se reúnen en una supuesta izquierda?
Si el dramaturgo argentino versionó con mucho sentido hace unos años El rey Lear con 
Resulta muy desconcertante esta pieza en los inicios. Uno se siente sin asidero posible en la lentitud de esos individuos que cargan sobre sí a muñecos que visten como ellos, como un doble, como un muerto viviente y su espíritu a punto de salir hacia el cielo. No deja de ser una visión, a la postre, de unos mineros y su entorno, petrificados bajo la lápida, intoxicados, enverdecidos por el cobre que se debe extraer. Pero hasta llegar a esto, la deriva es fantasmagórica, cuasi surrealista, una ensoñación marciana de la que debemos atar cabos. Y eso el espectador lo logra justo en los últimos quince minutos, cuando el montaje cobra gran sentido y hasta grandiosidad conceptual; porque se adentra muy valiosamente en un teatro social sui géneris. 

Conviene no escuchar este monólogo con el runrún de la Ley Trans de fondo, no vaya a ser que uno llegue incluso a considerar tránsfobo al autor, al especular con este gesto tan pirandelliano como cervantino de autodeterminarse, no ya en un hombre, siendo, en apariencia, Clara Sanchis una mujer, sino en un tipo concreto, es decir, toda una usurpación de la personalidad, sin recurrir al deep face, simplemente acogiéndose al pacto mágico de la ficción. Ya digo, cuidado con los efectos performativos del transformismo y de las patologías de nuestra entidad, no vaya a ser que desviemos el tema.