Carlota Ferrer dirige esta adaptación de la novela firmada por el argentino Manuel Puig, donde Eusebio Poncela convence con una interpretación sugerente
Cuando hace unos meses falleció William Hurt, se recordó ampliamente su fantástica labor actoral en la versión cinematográfica de El beso de la mujer araña (1985), con la que consiguió, entre otros prestigiosos premios, el óscar. Aquella cinta y su novela se habían quedado ancladas en un pasado que reverbera mal en nuestro presente; porque poseía reminiscencias culturalistas que hoy resultan algo exquisitas. Es algo que se comprueba en la versión que dirige Carlota Ferrer en el Teatro Bellas Artes, pues si uno de los protagonistas se pone a contar la película de 1942, La mujer pantera, de Jacques Tourneur, entonces el espectador se puede quedar pronto descolocado; si rápidamente no encaja el argumento del film. Con el libro es más sencillo aclararse; no obstante, parece más que conveniente imbricar el simbolismo de esa fémina felinesca que encarnó en el celuloide Simone Simon, y que nos ponía en la pista de cierta paradoja entre amar, perder la virginidad y metamorfosearse en un ser destructor. Sigue leyendo
Será inevitable intuir una moral particular en el trasfondo de este montaje, si viene firmado por un jurista, nuestro actual presidente del Tribunal Constitucional, Pedro González-Trevijano. Plantea, en esta su primera obra teatral, un diálogo entre Adonay (Dios) y Belial (el Diablo), quienes se hacen compañía en el Camino de Santiago, durante el jubileo de 2020, o sea, en plena pandemia. Asunto tan imaginativo nos llevaría a inducir una disputa mucho más maniquea que la que se presenta. Aunque, según vamos avanzando en su devenir por la ciudad gallega, comprendemos —y este sería, a la postre, el auténtico fundamento y significado de esta propuesta— que ambos polos se necesitan.
Quizás, de alguna manera, sea esta una de las piezas más asequibles de María Velasco. Y es que se descubre cierta linealidad que no se abandona, aunque se trabaje oníricamente con otros tiempos. Además de que únicamente nos tengamos que centrar en su única protagonista, la Niña. Dicho esto, el gran valor estético —ya veremos si político— es el paralelo que va estableciendo con la Naturaleza (la referencia a Spinoza es directa y sirve de contrapunto al tradicionalismo católico de su familia) desde distintos puntos de vista. Una amalgama de metáforas que nos destinan a una suerte de ecofeminismo, en la alguna de esas corrientes entre utópicas, infantiles y hasta espiritualistas. Una comunión de las féminas y su poder engendrador con la dinámica divina de los ecosistemas.
Recurrir a un autor exitoso como Jordi Galcerán, responsable de títulos como Burundanga o El método Grönholm, es muy propio del verano y de las épocas de crisis como la nuestra. Lo que ocurre es que el tema del sicópata de turno, con todos los clichés inyectados hasta más no poder, ya no producen el mismo efecto escalofriante de antaño. No obstante, tengamos en cuenta que este texto data de 1994 y que ha tenido múltiples puestas en escena, y hasta una versión cinematográfica de Laura Mañá, quien logró darle mayor sofisticación y consistencia a la obra teatral. 
Sería bastante adecuado discriminar la sustancia filosófica que contiene esta obra de toda esa capacidad para destrozarse cada quince minutos o, incluso, descomponerse según llegamos al final. Porque Variaciones enigmáticas posee un planteamiento dialéctico, tan empleado en Francia desde el siglo XVIII, donde dos visiones aparentemente opuestas sobre el amor descubren sus propias incongruencias. Por ello, los primeros envites resultan sugerentes y te pueden llevar a la reflexión. 
Vamos a reconocer juntos que, si esta historia se enfocara con el marchamo hollywoodiense, el tufo a película (o peor, novela) romanticona tipo El diario de Noa sería patente; porque el espinazo de este texto de Alejandro Ricaño posee algo de ñoñería. Esta se sortea habilidosamente adobando el espectáculo con una contextualización sociopolítica muy pertinente, con unos saltos en el tiempo repletos de dinamismo, con unos rasgos de humor negro más que sagaces y con una interpretación de Diego Luna tan entrañable como cautivadora. Por todo ello, es necesario asumir, más allá de la comicidad, de los trucos de ese teatro cercano con guiños al público, que escarbar en la historia de México, en sus avatares y en sus atrocidades, es disponer más que un paisaje, es una hendidura en la vida cotidiana sobre la que no se puede despreciar el amor; pues de algo hay que existir. 