Resumen de lo más significativo de este curso teatral que ha finalizado recientemente

Demasiados cursos ya sin que se obtenga un ramillete de espectáculos destinados a permanecer en la memoria durante un largo tiempo o, incluso, a situarse dentro del canon del siglo XXI. Parece que hemos alcanzado una reconfortante medianía, donde apenas las ideas que pululan en nuestra sociedad se exprimen en las contradicciones. Y los teatristas casi no arriesgan su prestigio abandonando en alguna medida los motivos consabidos. Podría afirmar que el cuestionamiento de la verdad ─sin caer en la posverdad contemporánea, pero aceptando la circunstancia─ ha sido el tema que mejor se ha elaborado durante estos meses. Por otro lado, da la impresión de que las formas de posteatro se han aposentado en lo convencional. Y los que apuestan por lo supuestamente rompedor ofrecen funciones inanes (véase LEXIKON o Tinieblas).
En cualquier caso, siempre hay propuestas excepcionales. A mi juicio, esta temporada Esencia, de Ignacio García May, dirigido por Eduardo Vasco, y protagonizado por Juan Echanove y Joaquín Climent, ha sido el montaje más inteligente y persuasivo. El escritor ha sido capaz de plasmar de modo complejo toda la dialéctica que encierra la verdad dentro de la ficción. Por otra parte, también nos ha situado frente a conflictos de gran calado, como el sempiterno enfrentamiento entre Palestina e Israel, Gigante, donde José María Pou estuvo inconmensurable encarnando a Roald Dahl. Aunque si hablamos de actuaciones portentosas, entonces, creo que todos estaremos de acuerdo en que Oriol Pla en su performance circense Gula superó con creces cualquier expectativa sobre la hipérbole actoral. Desde otros parámetros, también Irene Escolar en Personas, lugares y cosas metió toda su energía para trasladarnos el proceso de desintoxicación de una joven enganchada a las drogas. Me parece importante señalar cómo Eric Balbàs ejecutó las meticulosas órdenes de Oriol Puig Grau con una precisión apabullante en Dibujo de un zorro herido.
Nuevamente Juan Mayorga ha dejado claro con El jardín quemado, una obra que publicó en 1998 y que reflexiona sobre la fragilidad de la memoria y de la manera que tenemos de construir la historia, que es el gran dramaturgo de nuestra época. También Alfredo Sanzol ha presentado un sólido proyecto con La última noche con mi hermano: sus criaturas han sondeado zonas de profunda angustia a partir de la experiencia de la enfermedad.
Luego, otra de nuestras figuras principales ha abordado con gran suficiencia propuestas significativas, como ha ocurrido con la dirección extraordinaria de Ana Zamora en Farsa y licencia de la reina castiza. Igualmente, fantásticas me han parecido las labores de María Folguera a la hora de movilizar a esos fantoches de Ubú y de Juan Carlos Pérez de la Fuente en el aprovechamiento tan perspicaz del Fernán Gómez en su planteamiento de El jardín de los cerezos.
Es necesario destacar los trabajos que ha brindado Iván López-Ortega, pues el creador ha tenido la oportunidad con Tormenta, la adaptación sobre el texto de Strindberg, y con Taxidermia de una alondra de demostrar su valía en diferentes disciplinas. También pienso que la polifacética y singular Cris Blanco nos ha entregado su performance más sobresaliente. Casi ninguna verdad supuso un desdoblamiento de la realidad a través del absurdo que fue fascinante.
Por fin logramos disfrutar del magno espectáculo de El día del Watusi, conducido por Iván Morales y presentado en Cataluña exitosamente hace unos años. Pudimos indagar con esta mirada sobre la novela de Francisco Casavella en las fuentes de una sociedad en permanente descomposición. Por otra parte, pocas representaciones sugerentes vinieron de fuera, me quedo con La distance, de Tiago Rodrigues, quien supo imprimir melancolía en su drama futurista.
Nada más y nada menos. Esto es lo que hubo. Contentémonos con que el teatro siga proporcionando su «verdad» en este entorno de artificialidad creciente.
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

Deja un comentario