El Conde de Torrefiel insiste en su concepción insulsa de las artes escénicas para crear una performance en siete episodios

Para hacerse cargo de la práctica escénica de este tipo de creadores es muy necesario aproximarse a su teoría, que suele ser tan extensa como ridículamente abstrusa. Romper con la tradición, que cuestiona la llamada «posmodernidad», requiere un nuevo mapa de instrucciones capaz de ofrecer una consistencia compleja que se contraponga a milenios de simbolismo esotérico y adensado. Es decir, una catedral gótica es por definición un «acto performativo» colosal. Frente a eso, ¿qué brindan gentes como El Conde de Torrefiel? Si son unos bufones, unos satirizadores del arte contemporáneo que emplean sus mismas herramientas, todavía puedo concederles algo de ingenio; aunque sea ya bastante repetitivo. Si van en serio a proponer un discurso propio y auténtico, entonces se la están cargando con todo el equipo; porque se han situado en todo un Teatro María Guerrero para quedarse un mes. Por lo tanto, reclaman la atención de los habituales espectadores teatrales, quienes deben adoptar el rictus de fascinación de aquellos que pacientemente asisten a performances en museos diseñados para tal cometido.
Si tomamos como referencia uno de sus anteriores proyectos ─Una imagen interior─, podemos descubrir unas similitudes evidentes. Lo que choca es que nos convoquen a un espectáculo titulado LEXIKON, término que señala al vocabulario, a pesar de que ha dado para mucho filosóficamente. No obstante, la racanería conceptual de estos ejecutores es tal que por ahí no se inmiscuye ni Wittgenstein, ni el idiolecto de Barthes y de otros tantos en tantas épocas. Es abracadabrante que en diferentes medios de comunicación y en su propio dosier de prensa hablen de colección de cuentos y que sitúen como influencia nada más y nada menos que el Decamerón, los Cuentos de Canterbury y Las mil y una noches. ¡Qué tendrá que ver esto con aquello! Aquí no hay un marco narrativo, no se dan unos personajes, ni siquiera un contexto que permita dar cohesión a un montaje que está pergeñado con algunas piezas inconexas sin el más mínimo argumento.
Los artífices, después de muchos años, vuelven a «plantar» a un intérprete a palabrear. Punto este que posee, además, su significancia, pues su ansia de vanguardia también los lleva al antiexpresionismo. Es decir, como un locutor o un guía insulso de cualquier museo, se colocan frente a un micrófono, de espaldas al patio de butacas, para contar una historia. La parrafada queda muy lejos de la ironía insidiosa de un verborreico crítico como Rodrigo García (de quien se recuerda su Gólgota picnic, en este espacio). No hay punch, hay humor, aunque no maledicencia, ni insulto. Tampoco hay cadencia y fuerza locutiva. Es tan monocorde que, por ejemplo, la propia Tania Beyeler pierde demasiadas veces el texto. Sí, aceptemos que se lo aprenderá mejor con más representaciones; pero reconozcamos que ahora resulta muy poco atractiva su manera de discursear. Los demás apenas proporcionan nada mejor. Para eso podemos volver a las voces pregrabadas o a las frases sobreimpresionadas. Se supone que debemos inquietarnos por la música ruidista de Rebecca Praga (seudónimo de Pablo Gisbert, creo).
Una cuestión palpable es que trabajan con objetos, gestos y artefactos que sorprenden y que sí cautivan al público. Una escultura gigante, un gran lienzo que se pinta en directo, unos bustos robóticos parlantes, etc. Sin embargo, más allá de esa rareza no se vertebra algo interesante, algo que nos habilite para profundizar o conectar con lo siguiente o con nosotros mismos en la realidad a través de ideas potenciadoras. Todo se queda muy a medias. La crítica o la sátira se suspenden cuando podrían ir al fondo de algún asunto planteado. Alguien podría afirmar que no tiene por qué haber asunto; pero entonces para qué esa ideación con la que se exponen.
En el primer capítulo, «Basquiat», se elabora durante varios minutos un lienzo del grafitero, aquel presentado en la documenta de Kassel, «Sin título» (1982). Quedará esbozado y únicamente servirá para que una narradora en primera persona observe la acción desde una ventana. Quizás, el episodio RAE habría podido ser el que mejor encajara en cuanto al «lexikon». Escultura enorme que dialoga con Julia, de Jaume Plensa, que se asienta en la plaza de Colón. La magnitud no es suficiente para alcanzar lo sublime. Por momentos, esta parte tiene su gracia; aunque aquí, en lugar de incidir en los lingüistas, se recurre a chascarrillos a través de literatos famosos, ya sean académicos (Juan Mayorga o Pérez Reverte) o no (Cristina Morales). Esa pieza en la RAE es el claro ejemplo del pleno desenfoque de toda la función. Si no eres capaz de aportar una propuesta conceptual sobre la labor de esta institución y del lenguaje a través de una actuación, entonces para qué planteas que esto va del «uso de la palabra para construir mundos». Ni siquiera se establece un juego ulterior con Enrique Vila-Matas (lo que vemos es un trasunto de la marioneta con la que se manifiesta en el supuesto discurso de ingreso), quien ha dedicado toda su obra a jugar con los límites de la ficción y sus bartlebys; y que hemos de pensar que viene aquí a colación por su novela sui géneris Kassel no invita a la lógica. Concluiremos que tanto aparataje para veinte minutos no es de recibo. Podemos reconocer los tics humorísticos; pero no se va más allá. Lo que sigue me parece regresar sketches ya practicados por El Conde de Torrefiel. O sea, performances que podrían darse en la comentada documenta. Así ocurre con un performer en bolas que sirve para que dos turistas españolas le contemplen los testículos y, después, para desbarrar en una arenga potente sobre la genealogía alemana de los tipos que nos dirigen como Elon Musk o Trump, por no hablar de los Rothschild. Aún ahí cabría especular sobre la relación entre la estulticia en la celebérrima feria de arte y la vesania de origen germánico. Una pena no transitar hasta el fondo y jugársela en esa línea política. Seguimos viendo performances estúpidas como la caída de un micrófono sobre la cabeza de una mujer con tal de registrar un sonido. O una película (muda, sin palabras) que no sabemos muy bien qué pinta. Paradise nos descubre una cinta experimental, un film creado por cada uno de nosotros y que solo podremos ver individualmente. En escena son secuencias en negativo absolutamente anodinas. Como insensata es la última tesela. Cinco cabezas robóticas dicen obviedades y sueltan chorradas hasta que el respetable se cansa y abandona la sala.
Quizás debiéramos tomar todo el espectáculo como un artilugio de posthumor como el que explota Miguel Noguera o como algunos sketches de Museo Coconut, creado por humoristas con formación en Bellas Artes, disciplina esta que da nombre a la inteligente serie que satiriza el mundo museístico. Pues si el genuino hilo conductor va a ser la documenta de Kassel (Kassel tiene k como LEXIKON) mejor será abrazar la perspectiva adecuada. Volvemos con una pregunta que atiza al espectador actual: ¿qué hacer cuando una supuesta obra de arte no vale para nada?
Una creación de El Conde de Torrefiel
Texto y dirección: Tanya Beyeler y Pablo Gisbert
Reparto y colaboración en la creación: Tanya Beyeler, Carmen Collado, Amalia Fernández, Ion Iraizoz y Mauro Molina
Escenografía: Isaac Torres y El Conde de Torrefiel
Iluminación: Andrea Forlenza
Vestuario: Javier Muñoz
Máscaras y atrezo: Mireia Donat Melús
Espacio sonoro: Rebecca Praga
Sonido y vídeo: Uriel Ireland
Videoescena: María Antón Cabot, Teo Guillem y Carlos Pardo
Edición de textos: David Mallols Tomás
Robótica: José Brotons Pla
Ayudante de dirección: Roberto Baldinelli
Diseño de cartel: Emilio Lorente
Tráiler: Macarena Díaz y Bárbara Sánchez Palomero
Fotografía: Ricardo Cases y Bárbara Sánchez Palomero
Realización escenográfica: Isaac Torres, Artefacto Escenografía SL, Decohogar Ontinyent, Soldaduras Planells, Modacolor Estampados Ontinyent y Los Reyes del Mambo
Producción ejecutiva: Cielo Drive
Producción: Centro Dramático Nacional, Odeón Théâtre de l’Europe, Festival d’Automne y Teatre Lliure.
Con la ayuda a la producción de ICEC – Generalitat de Catalunya y el apoyo de El Canal y Centre de creació d’arts escèniques, Salt.
Teatro María Guerrero (Madrid)
Hasta el 24 de mayo de 2026
Calificación: ⭐
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