Nao d’amores convierte esta pieza de Valle-Inclán en todo un artilugio satírico representado con virtuosismo

Las ilustraciones que mejor favorecen el imaginario de nuestra Reina de los Tristes Destinos se plasman en el álbum Los Borbones en pelota, que falsamente se les adjudicó a los hermanos Bécquer. Cuando en el tapiz observamos cómo vienen elaborados a través de la papiroflexia y el ingenio unos gorros a partir de periódicos satíricos, entre ellos Gil Blas, conectamos con el ambiente de putrefacción antes de la revolución de 1868. El mismo Valle, en 1920, cuando publicó esta Farsa en La Pluma contemplaba cómo se las gastaba Alfonso XIII (recordemos la parodia que nos entregó el Club Caníbal en el Teatro María Guerrero). Basta con seguir el hilo de la tradición, desde la picaresca más humilde hasta los sainetes de Ramón de la Cruz (algunos de los intervinientes en este montaje participaron en La comedia de maravillas) pasando, por supuesto, por los entremeses cervantinos, con El retablo de las maravillas en primer instancia. La propia Nao d’amores ya practicó el desbarajuste guiñolesco con el Retablillo de don Cristóbal, de Lorca. Y Paula Iwasaki, que encarna a «Paquita», con esos pómulos colorados que llevan todos, con arte excepcional, pues se ajusta al cante, a la danza con castañuelas y a la caricatura con desparpajo, ya estuvo inmersa en un espectáculo sobre Fernando VII ─también en el Español─ tan peculiar como desafortunado que se titulaba Trágala, trágala, expresión y canción popular que vuelven a sonar en escena. Isabel Zamora se encarga al piano de trufar la propuesta con múltiples temas bajo la dirección musical de Víctor Pliego de Andrés, quien ha elegido entre fandangos y seguidillas para poder recrear un baile del candil al que acude la monarca. Además, la Marcha Real (nuestro himno) regresa cada poco, mientras nos animan a tararearla.
La pieza terminó publicándose, junto a otras dos, entre ellas La cabeza del dragón, que pudimos ver representada hace varias temporadas, bajo la denominación Tablado de marionetas. El movimiento que ha ideado Ana Zamora es como una espiral continua hacia dentro y hacia fuera, como una peonza que nos hipnotiza ante tanto desconcierto aristocrático. Un mástil en el centro sostiene un miriñaque gigante que primero funciona como tienda para el juego de los niños que podemos imaginar en un dormitorio, para después elevarse hasta convertirse en una sombrilla o, mejor, en un tiovivo blanco. El vestido enorme ofrece trampillas por donde se cuelan los amantes. La directora ha dispuesto una velocidad que a veces nos atrapa con el pie cambiado, pues los intérpretes se deben asumir varios papeles en un abrir y cerrar de ojos con tan solo cambiarse el sombrero.
Tres jornadas de pura truhanería que llevan el lenguaje más torticero y matritense, con diversas germanías, hasta un punto inasible: conceptista y barroco, con intromisiones e ironías que descuajaringan a todo el que se pone por delante. Pillos y pendencieros, como los que escuchábamos no hace demasiado en Los cuernos de don Friolera, para trazar una sociedad tan descompuesta en su jolgorio y en su hipocresía cristiana que uno da gracias por que España siga existiendo. La cuestión es que un listo quiere chantajear al Gran Preboste, el único rol un tanto más serio, probablemente inspirado en Narváez o en Luis González Bravo, que Rafael Ortiz perfila con una seriedad que se contrapone la algarabía del resto. Llegan a la corte un sopón y un buscavidas que afirman poseer unas cartas comprometedoras firmadas por la propia reina. Pretenden, efectivamente, obtener todo tipo de beneficios económicos y hasta el obispado de Manila. Aisa Pérez, entre la dulzura y el brío, alcanza a mostrarnos las misivas escritas en sus enaguas y hasta en el culo. Un enjambre de caracteres castizos con Gargarabete, Torroba o Jorobete que entran en disputa y jaleo con sus altezas. Alejandro Pau se inmiscuye entre diferentes personajes imprimiendo mohínes, mientras que Miguel Ángel Amores encarna al consorte con verosímil delicadeza para aumentar la mofa. La propia Iwasaki caricaturiza con pericia a la madre del susodicho, la Infanta Francisca. Los endecasílabos vuelan en el entuerto con una viveza tremenda y en un espacio limitadísimo. Como un engranaje de reloj que se monta y se desmonta, que se da cuerda entre la penumbra que Juan Gómez-Cornejo va detallando.
No hace mucho revisitábamos el Ubú, de Jarry, y entrábamos en esa turbulencia de lo grotesco. Ahora, descubrimos algunas de esas mismas premisas, pero atravesadas por el esperpento y el casticismo. La virguería de Nao d’amores es innegable para engrandecer una obra menor de nuestro insigne dramaturgo.
Farsa y licencia de la reina castiza
Autor: Ramón del Valle-Inclán
Versión y dirección: Ana Zamora
Elenco: Miguel Ángel Amor, Paula Iwasaki, Alejandro Pau, Aisa Pérez, Rafael Ortiz e Isabel Zamora
Dirección musical: Víctor Pliego de Andrés
Escenografía y trabajo de objetos: David Faraco
Vestuario: Deborah Macías
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Coreografía: Javier García Ávila
Voz y palabra: Vicente Fuentes
Ayudante de dirección: Alba de la Cruz
Ayudante de dirección musical: Isabel Zamora
Ayudante de escenografía y vestuario: María Teresa Ferrara
Relaciones públicas Nao d’amores: Josi Cortés
Coordinación técnica Nao d’amores: Fernando Herranz
Producción Nao d’amores: Germán H. Solís
Producción: Teatro Español y Nao d’amores
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 26 de julio de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐⭐
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

Deja un comentario