El jardín quemado

La historia y la verdad se plantan cara en este drama repleto de simbolismo escrito y dirigido por Juan Mayorga

Foto de Javier Naval

Observar ahora un montaje como El jardín quemado, publicada en 1998, es una experiencia de intromisión retroactiva del mundo ficticio de Juan Mayorga. Ahora podemos ver algunas figuras que resuenan en textos posteriores y conceptos que el autor ha desarrollado en proyectos que hemos contemplado en los últimos años. La historia, la memoria y la verdad se aúnan conflictivamente en Himmelweg, El cartógrafo o, por supuesto, en 1936, donde el dramaturgo también aportaba su firma.

Un jardín quemado puede funcionar como paradoja o como oxímoron, pues si está inerte ya no es en sentido estricto un vergel; aunque, si nos fijamos en el karesansui, podríamos descubrir remisiones auténticamente reveladoras sobre lo planteado en esta obra. Un territorio zen, como el ideado por Elisa Sanz y con la inestimable iluminación de Juan Gómez-Cornejo, quien trabaja los azules marinos y cerúleos, la verdosidad y el reflejo preponderante de esos seres cenicientos. El árbol tan yerto como la arena y los aperos desperdigados. Todos los pacientes vestidos de blanco, de un modo similar, pero distinta, para el despliegue de su carácter. El espacio, ya lo remarca el título, es un elemento fundamental: lugar de reclusión, pero también de protección, de seguridad frente a una contingencia exterior que ya ha variado y se va a transformar más, pues nos situamos al final de una dictadura. En La Fundación de Buero Vallejo, estrenada en 1974, su protagonista enloquece para no aceptar la realidad. Pero mayor influencia todavía es El tragaluz, que, como sabemos, se afana con el simbolismo y la verdad sobre lo acontecido en la Guerra Civil. De forma parecida procede nuestro creador, quien se apoya nuevamente en la filosofía de Walter Benjamin, de la que es un acérrimo estudioso. El pensador alemán dejó escrito en Sobre el concepto de historia: «Tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo si este vence. Y ese enemigo no ha dejado de vencer».

El propio Mayorga dirige su texto, como viene haciendo con sus últimas propuestas, y ha decidido que dos mujeres encarnen a los doctores. Benet arriba a una isla, se ha llegado a especular que fuera Menorca, a la clínica San Miguel (la referencia al arcángel no es baladí). Loreto Mauleón se impone el rostro de vengadora, adalid de todas las certezas, propio de los bisoños. Hacia el desenlace matizará mucho más su papel y nos resultará más convincente. Se topa inicialmente con Periquito Lila, uno de esos artistas callejeros que se convierten a diario en estatuas vivientes para obtener alguna limosna: «me dijo: “Ni una hora podrás vivir fuera de San Miguel». Por su parte, Garay es acogida por Adriana Ozores, quien mantiene su apostura desde el comienzo. Su cumpleaños nos enseña a alguien que prefiere mantenerse al margen de celebraciones. Además, su jubilación dentro de dos años nos destina a esa doble transición, por un lado, el cambio de régimen para el país y, por otro lado, su propia sustitución. El enfrentamiento bronco entre las dos siquiatras es una manera de concebir dos posturas morales y políticas, también dos paradigmas médicos. Se nos exige aplicar los prejuicios. Garay debe ser inhumana, dictatorial. La otra, sin embargo, progresista y bondadosa. La joven viene con nuevos procedimientos, con la pátina del entusiasmo encima y con el ánimo de ajustar cuentas con los adeptos a la anterior coyuntura. Cree ilusoriamente destapar la exactitud de un hecho que ocurrió al inicio de la contienda. La veterana ha logrado que sus protegidos se coloquen en una especie de frágil equilibrio que ella sostiene con cierto orgullo. Lo formidable interpretativamente es cómo nos van dejando a nosotros frente al retablillo de espectros con su incardinación de recuerdos e invenciones sobre su propio personaje.

Los nombres y los términos que se van escuchando a lo largo de la función nos aluden muy claramente a obras literarias. Se nos empuja hacia la esfera de la ficción en esa ficción con todos esos malhadados que parecen caracteres de Los gigantes de la montaña de Pirandello. El pabellón número 6 (como en el extenso cuento de Chéjov), el novelista Benet (automáticamente identificamos Volverás a Región) o Sorel (George). Apellidos de cantautores como Báez o Cohen. Y los pacientes definidos como «ángeles viejos» (remisión evidente al Angelus Novus, que empleó Benjamin para establecer que el ángel ve la historia como una catástrofe acumulada, no como progreso).

El meollo radica en que doce intelectuales llegaron en la Nave de los Poetas (se nos plasmará El Bosco) a la institución y terminaron en un pelotón de fusilamiento. ¿Qué sucedió realmente? Tendremos un relato tan verosímil como inconveniente. Uno de ellos era el poeta Blas Ferrater (quien nos hace evocar a Lorca) autor del poema «Entre naranjos». Durante gran parte de la representación Miguel Hermoso adoptará una posición huidiza, con la melancolía de Bruno Ganz en El cielo sobre Berlín. Su discurso es mucho más firme y es capaz de embaucarnos. Su movimiento es atractivo y su modo de expresarse produce una disonancia cognitiva en Benet. Los otros internos se comportan de una manera más grupal. Cada uno posee su idiosincrasia, pero se apiñan en el banco en esa búsqueda del amparo. Desde luego, Mariano Llorente, como ajedrecista (así empieza el susodicho ensayo de Benjamin, con el autómata jugador de ajedrez y también pensaremos en Reikiavik), pone gran énfasis y se adentra mucho en su rol. A continuación, Jesús Barranco se le une, como tipo desvalido que es, con su brazo malherido, y resulta conmovedor. Mientras que Joserra Iglesias es un adiestrador de perros imaginarios y se muestra con esa afabilidad que tan bien bosqueja.

Quizás se pueda esgrimir que, si la confluencia de ideas es lo que debe fascinarnos y enrevesarnos hasta después de la función, también se halla que la trama como tal, ese desvelamiento de lo ocurrido allí, se queda un tanto corta. Es decir que se nos «entretiene» con las actuaciones de cada ser enmascarado, cuando, en realidad, se manifiestan como guiñoles o como ciudadanos que han perdido su propia biografía. Son un colectivo y como así permanecen. A pesar de esto, contamos con otra gran obra de Juan Mayorga, de esas que sitúan grandes cuitas sobre las tablas.

El jardín quemado

Texto y dirección: Juan Mayorga

Reparto: Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias, Mariano Llorente, Loreto Mauleón y Adriana Ozores

Ayudante de dirección: Virginia Rodríguez

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz (AAPEE)

Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.)

Música y espacio sonoro: Jaume Manresa

Diseño gráfico y fotografía: Javier Naval

Asistente de dirección: Mel·lina Algarra

Ayudante de vestuario: Mariana Cordero

Ayudante de producción: Rocío Peláez / Marta Gabaldón

Material audiovisual: David González | 2VISUAL

Jefa de maquinaria: Elisa Araúz

Programador luces: Álvaro Guisado

Microfonía y sonido: Ismael Aguilar

Confección de vestuario: Prendería ES

Realización escenografía: Mambo Decorados

Director técnico: Daniel Alcaraz

Producción ejecutiva: Jair Souza-Ferreira

Director de producción: Miguel Cuerdo

Distribución: Julio Municio

Agradecimientos a Ana Barceló

Producción: Teatro de La Abadía y Lazona

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 12 de julio de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐⭐

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