Taxidermia de una alondra

Iván López-Ortega plantea en su montaje junto a Macarena Sanz un estudio peculiar de nuestra tendencia a lo morboso

Para que sigamos lanzando loas sobre Iván López-Ortega (acaba de dirigir de manera elocuente Tormenta, de Strindberg), antes de que abandone su condición de joven promesa, debemos contemplar Taxidermia de una alondra, que es su creación más genuina y la que nos puede dar la pista acerca de sus concepciones estéticas y filosóficas. A priori, me animo a relacionarlo con Nao Albet y Marcel Borràs, por aquello de la falsificación y la infinita autoficción, y por todos esos efectos de la autorrecursividad que procura la escritura metaficcional. Mecanismos que hallo igualmente en Las apariciones, de Chaves y Delgado-Hierro. Por otra parte, rezuma la influencia de Pablo Rosal, quien presentó, por ejemplo, en este mismo Teatro del Barrio, su Castroponce. Es decir, ironía, posthumor, paradojas que se ensamblan performativamente en espectáculos de carácter ensayístico y conferencial.

El cañamazo, pronto lo descubriremos, es una taxonomía de diecisiete casos, que supuestamente ha estudiado un experto, sobre el morbo, o sea, la atracción por lo extraño, lo asqueroso, lo vergonzoso, el error y el dolor ajeno, etcétera. Así se verá reflejado en el letrero con los sobretítulos, cuando vayamos atravesando las diferentes etapas. Para ello, el dramaturgo y su acompañante, Macarena Sanz, quien viene de participar en la adaptación de Las gratitudes, plantean una primera escena que provoca una gran estupefacción. Asistimos a una de esas historias que explotan con una anagnórisis y que se regodean en el lenguaje más bizantino posible, relamido y de un lirismo insoportable. Hace reír claro, y nos predispone a la sensación de la vergüenza ajena (como ocurre constantemente en el programa del mismo nombre que se retransmitía en la MTV o en la serie protagonizada por Javier Gutiérrez). Se traza una conexión espectacular entre el relato de un joven asesino en un pueblo español que derivará hasta la virguería que completa la fantasía final. Será un epílogo que consigue vigorizar el argumento y dotarlo de gran consistencia. Entre medias tenemos un sketch memorable sobre el atentado fallido contra Donald Trump en Pensilvania y que vale para crear toda una caricatura conspiranoica. Para ello, la actriz aporta su afabilidad y su generosa disposición para apuntalar con inglés macarrónico ese acontecimiento televisivo y tan, tan americano, donde el futuro presidente se alzó como hombre fuerte. Así lo representa nuestro actor dentro de una vitrina similar a las que nos encontramos en los museos de ciencias. Lo ha dispuesto él en su dimensión de escenógrafo, con esos animales disecados dentro, y la alondra a la que hace referencia el título. Hablamos de un elemento muy destacable dentro de la propuesta y que se exprime enormemente, pues los convierte en unas criaturas taxidermizadas, unos individuos expuestos para que nosotros los auscultemos más allá todavía del pacto ficcional del teatro. Además, sirve para proyectar distintos vídeos, en esa movilización del artefacto que disponen como si fueran unos ilusionistas que pretenden llevarnos al equívoco en cada paso.

Para rizar el rizo de todo este desarrollo, el autor no se resiste a embutir la consabida capa metateatral que coloniza tantas y tantas obras contemporáneas. No desvelaré cómo se introduce a una «espectadora» en la propia función y cómo se tensiona el ambiente. Pero sí afirmaré que me resulta ya un tanto redundante, y que el ritmo del montaje se pierde; aunque aumente con ello la humorada, y suponga, a la postre, uno de los momentos fundamentales. Por otra parte, las explicaciones que nos ofrecen sobre el propio proceso de elaboración de esta performance muestran farragosas: sobre si cada día inventan una escena inédita que ponga en marcha todo, sobre si se fijan en vídeos de redes sociales con testimonios verídicos, sobre lo que han realizado en otras funciones anteriores… Son demasiadas capas agolpadas en un breve lapso, que tienen coherencia con la concepción general del análisis sobre el morbo que quieren acometer; no obstante, embarullan el suceso. Al menos, técnicamente se van resolviendo todos esos aparentes fallos en los que cae la actuación y que nos mantienen atentos. Ambos intérpretes se manejan con excelente espontaneidad, mientras adoptan posturas contradictorias.

Verdaderamente es una propuesta de gran atractivo, que recoge con inteligencia y comicidad tendencias metaficcionales que intentan observar la realidad en el permanente desdoblamiento. Es una veta muy sugerente, que aborda la filosofía del simulacro, de asumir que nuestra vida está repleta de ficciones que se imbrican unas dentro de otras.

Taxidermia de una alondra

Creación: Iván López-Ortega

Dirección: Iván López-Ortega y Sergio Iglesias

Interpretación: Macarena Sanz e Iván López-Ortega

Videoescena y diseño promocional: Margo García

Fotografías: Olivier Theurillat

Teatro del Barrio (Madrid)

Hasta el 13 de junio de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.