Edurne Rubio recarga de humo la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán para llevarnos a una experiencia anodina

El lenguaje performativo se ha adentrado en el Centro Dramático Nacional con ganas de permanencia, a la espera de que el público menos acostumbrado a ese tipo de espectáculos los descubra o se espante. Si en el Teatro María Guerrero se aposenta LEXIKON, en el Valle-Inclán hace lo propio Tinieblas. Una propuesta que no se extiende más de una hora y que vuelve a exigirnos un compromiso más que excesivo. Completar, aumentar, añadir y otras tantas tareas para que el gesto mínimo no sea una nimiedad. ¿Se puede hacer teatro con tan poco? ¿O una vez que se establece como performance uno ya debe atenerse a sus laxas reglas?
Por encima de todo, este es un montaje extremadamente exiguo, tanto en duración como en los elementos que se ponen en juego. En un mundo donde abundan las experiencias inmersivas, esta podría haberlo sido mucho más. Creo que el procedimiento es bastante rácano desde la perspectiva de la disposición espacial. El acontecimiento transcurre en la Sala Francisco Nieva, aunque es cierto que en un momento determinado una actriz hace sonar la campana a lo lejos hasta difuminarse en el hall. Si Edurne Rubio suele trabajar a partir de un site-specific, quizás aquí con los asistentes sencillamente ocupando la grada el asunto tiende a lo convencional. Además, la imperante luz de sala con fluorescentes molestos y anticlimáticos nos permite ver desde el inicio el «truco». Aparece Tania Arias sentada de espaldas a nosotros. En un punto concreto comienza a describirnos un paseo por el campo de una mujer. A su lado una máquina de humo empieza a funcionar hasta que todo el escenario queda repleto de la correspondiente neblina. Es verdad que nos alcanza, pero afirmar que eso es inmersión me parece un exceso. Hasta ahí llega la «originalidad» del proyecto. Esa será la gran curiosidad. El resto es conceder demasiado de nuestra imaginación, de nuestra crítica, de nuestra natural propensión a trazar un relato, máxime si se trata de espectadores habituales de teatro. Se escuchará en el epílogo una leyenda que ni por asomo se parece, por ejemplo, a El Monte de las Ánimas, de Bécquer. Es pura anécdota en el camino.
Antes de atrapar ese final, la escena más extensa consiste en que esa mujer se pierde en las tinieblas que la envuelven. Oímos su voz. Escucharemos a otra chica que intentará hallarla. ¿Perderse de esa manera en un bosque debemos tomarlo como un símbolo únicamente porque estamos sentados en una butaca de un centro artístico?
Solo considero que existe un momento levemente sugerente, que alienta a continuar un misterio: surge una chica y le entrega el cabo de una cuerda a un espectador para que lo sostenga con fuerza hasta que se ve impelido a soltarla debido a los tirones. Luego, otra mujer que habla en árabe aparece soltando unas piedrecitas y desaparece entre la niebla. Simplemente eso. Por supuesto, abre la puerta a que ocurra algo; sin embargo, apenas se profundiza en el silencio o en el sonido de algún cencerro. Una estructura con focos es desplazada de acá para allá despacio. Después traerá cuerpo tumbado. Hemos escuchado la sirena de un barco y sonido de grandes olas. Sostener que esto tiene que ver con los migrantes en el tenebroso fragor del cayuco es torticero. Realmente solo eso. Regresan los fluorescente en otro de los instantes, con lo que podemos descansar de tanta nada. Esto no es un oficio de tinieblas, no parece que tenga influencia de la religión; no obstante, nosotros podemos aportar lo que ansiemos. Alguien que se pierde en un camino siempre ha significado crisis vital o de fe. Pongan aquí lo mismo. Qué más da.
Recordemos que en esta misma sala en 2015 se representó Los ciegos, de Maurice Maeterlinck, y su director Raúl Fuertes decidió que durante más de media hora todo estuviera a oscuras. Ciertamente, el simbolismo, que era lo buscado, funcionaba. A veces no hace falta inventar nada.
Texto y dirección: Edurne Rubio
Reparto: Tania Arias Winogradow y Somaya Taoufiki
Con la presencia de Eva Shirlee Garcia Schulman y Hafida Tisrou
Iluminación y escenografía: Leticia Skrycky
Sonido: Lieven Dousselaere y Sandra Vicente
Ayudante de dirección y de dramaturgia: María Jerez
Diseño de cartel: Emilio Lorente
Fotografía y tráiler: Bárbara Sánchez Palomero
Con la colaboración de Caroline Daish y Dounia Mohammed
Producción: Centro Dramático Nacional y Kunstenwerkplaats con Kaaitheater, Kunstencentrum BUDA y C-Takt
Con el apoyo de Gobierno de Flandes
Teatro Valle-Inclán (Madrid)
Hasta el 31 de mayo de 2026
Calificación: ⭐
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

Deja un comentario