La última noche con mi hermano

Alfredo Sanzol presenta en el Teatro María Guerrero un drama profundo y consistente sobre una mujer enferma de cáncer

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

En la amplia obra de Alfredo Sanzol encontramos toda una serie de dramas de corte familiar, profundos e intensos, que se ven aliviados por un humor repleto de ironía e, incluso, de chocantes paradojas que sondean la vida con un poco de cinismo. Esta veta comenzó con La calma mágica, aquel texto que hacía referencia a su padre fallecido. Luego llegó La respiración, donde se puso un tanto cursi para discurrir sobre las separaciones matrimoniales. Fue, definitivamente, con El bar que se tragó a todos los españoles, cuando trazó el relato más serio y de largo recorrido. Ahora, en La última noche con mi hermano continúa incidiendo en aspectos esenciales de nuestra existencia. No resulta tan original como la anterior, porque pienso que se omiten temas que merecerían un mayor desarrollo. Me refiero concretamente a los asuntos políticos. Quizás debido a que no ocurren en la trama principal y que, en cierta medida, chafaría la hondura esperable en el acontecimiento central. Pero me quedé con las ganas de escuchar en el Teatro María Guerrero una amarga bronca entre Claudio, el oncólogo que interpreta con cercanía y bondad Cristóbal Suárez, y Ainhoa, encarnada por Elisabet Gelabert con poderosa sensatez, sabiendo ocupar el limitado margen que se le deja en el duro meollo que vive su familia. Ambos son guipuzcoanos, y llevan cinco años sin hablarse. La cuestión etarra los separó. Ella no actuó adecuadamente cuando unos tipos insultaron y pegaron a su hermano. Entre ellos creo que hubiera sido fundamental (o, al menos, yo lo deseé) que la controversia ideológica y moral se plasmara. En el planteamiento de nuestro dramaturgo se echa en falta una mayor discusión sobre los conflictos anquilosados como este. Demasiada elipsis que nos evita descubrir frases presumiblemente duras sobre el pasado (y presente) de nuestro país. Después, él parece que se encuentra más afincado en el conservadurismo y por eso conecta tan bien con su sobrino. Este encaja en el estereotipo que se va perfilando entre los jóvenes varones españoles en la actualidad. Biel Montoro, al meterse en la piel de Oier, ofrece agilidad en su tono y una apreciable intuición. Ha congeniado con su hermanastra, con quien no comparte ideario político. Ariadna Llobet despliega un gran arrojo y logra que su pequeño papel posea presencia.

El gran emparejamiento es el formado por Jesús Noguero y Nuria Mencía. El primero construye un hombre entregado, verdaderamente auxiliador; no obstante, sin caer en el patetismo. Conlleva dureza, empatía y, a la vez, desmoronamiento. El actor entrevera esa cantidad de sentimientos para conmovernos. Su actuación me parece decisiva para que la gran protagonista pueda expresar no solo el dolor y la valentía, sino también ese agobio que le brota cuando pide aire ante la buena voluntad de sus allegados. La intérprete se hace cargo desde el inicio de la función. Nos anuncia en el prólogo su muerte y luego nos guía con unas cuantas notas narrativas. Sobre las tablas nos confiamos a ella, porque, a pesar de conocer el desenlace, nos infunde esperanza. Además, le hace una promoción inmensa a las Meditaciones, de Ignatius Farray, que son la contraparte humorística de las sentencias del emperador y que aquí tienen un íntimo sentido.

Por otra parte, como no podía ser menos en una propuesta de Sanzol, hallamos una subtrama extravagante ─aunque no tanto, si nos fijamos en las prácticas generalizadas de nuestros conciudadanos─. La visita engañosa a una curandera aumenta la comicidad del montaje y nos encamina hacia un extenso epílogo impregnado de consistencia. La última noche es desgarradora y hermosa, cotidiana, confortable y triste. La realidad se cruza por delante de nosotros una vez más en una obra de teatro y nos recuerda nuestra propia existencia a través de la ficción.

El director nos propone un espectáculo muy compacto, dirigido con gran orden y atractivo, aprovechando ese espacio que es muchos espacios. Es capaz de forzar nuestra imaginación y de lograr que olvidemos que ahí se crea un microcosmos de manera fluida. El apartamento que ha recreado Blanca Añón no solo contiene los detalles necesarios, sino que se expande para habilitar el hospital y otros pisos. El fondo muestra una grieta enorme que permite ver un bosque. Cada uno podrá tomar ese símbolo como ansíe según sus creencias. Tal vez un Paraíso o la Naturaleza, donde la nada vuelva al todo.

La última noche con mi hermano

Texto y dirección: Alfredo Sanzol

Reparto: Elisabet Gelabert, Ariadna Llobet, Nuria Mencía, Biel Montoro, Jesús Noguero y Cristóbal Suárez

Escenografía: Blanca Añón

Iluminación: Pedro Yagüe

Vestuario: Vanessa Actif

Música: Fernando Velázquez

Sonido: Sandra Vicente

Movimiento: Amaya Galeote

Caracterización: Chema Noci

Ayudante de dirección: Eva Carrera

Ayudante de escenografía: Lidia Gómez

Ayudante de iluminación: Paloma Cavilla

Ayudante de vestuario: Sandra Espinosa

Ayudante de sonido: Pablo de la Huerga

Diseño de cartel: Emilio Lorente

Fotografía y tráiler: Bárbara Sánchez Palomero

Realizaciones:

Escenografía: SCNIK

Utilería: Pablo Velasco

Producción: Centro Dramático Nacional y Teatre Nacional de Catalunya

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 5 de abril de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐⭐

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