¿Que no…?

Jesús Cracio se atreve a dramatizar en el Matadero el peculiar libro de Raymond Queneau, Ejercicios de estilo

Que no - Foto de Jesús Ugalde
Foto de Jesús Ugalde

Me resulta muy satisfactorio que alguien haya tenido el atrevimiento de traer a colación —ya sería mucho para los tiempos que corren— el libro de Raymond Queneau, Ejercicios de estilo (1947), y que, encima, se haya lanzado a llevarlo a escena. El fracaso, desde luego, estaba garantizado; pero merecía la pena intentarlo hasta donde fuera posible y eso es una valentía. Primero, porque a ver dónde se encuentran hoy en día los apasionados (los frikis) de la retórica, de la literatura literaria, de los juegos de palabras con ínfulas estéticas, de los que se pirran por los espíritus lingüísticos haciendo de las suyas (acaban de reeditar Larva, de Julián Ríos, después de que llevara descatalogada ni se sabe). El formalismo hace tiempo que supone una boutade y como mucho nos encontramos a juguetones como el escritor y librero Carlos Frontera, quien tiene una ingenio inagotable (síganle, por favor) o Vicente Luis Mora, quien acaba de publicar una rara avis, Micronesia. En Estados Unidos, Kenneth Goldsmith está con su «escritura no creativa» que, quizás, puede es lo más oulipiano del momento. Al Oulipo, la revista Quimera le dedicó un número completo en 2004 y Ramón Gómez de la Serna va cayendo en el olvido. Por otra parte, el fracaso sería irremediable si, como ha ocurrido, el planteamiento era la traslación a escena del susodicho libro y no, como podría haber sido, tomar esa inspiración para hacer lo mismo con la retórica propiamente dramatúrgica, es decir, recurrir a todo tipo de géneros, subgéneros, estéticas y estilos (tragedia, en verso, performance, autoficción, metateatro, narraturgia, costumbrismo, absurdo, etcétera, etcétera); aunque algo de esto hay. Y es que muchos de los efectos que uno descubre en la lectura (atenta y pausada de aquella creación en la traducción que ideó Antonio Fernández Ferrer allá por 1987) se pierden completamente escuchados, nos pasan algo desapercibidos. Una vez aceptado esto, lo mejor es disfrutar de la dimensión lúdica y de un montaje que posee, en muchos momentos, ese esteticismo del cine francés, jazzístico, sutil, inocente y algo infantil, pienso en el Playtime de Tati. Y muchos, muchos aciertos; porque la dramaturgia de Jesús Cracio y su equipo es tan precisa como fascinante, repleta de cambios, de detalles y de sorpresas que nos mantienen atentos a las derivas inesperadas. La cuestión es, tan sumamente sencilla, como harto compleja. A partir de una anécdota tremendamente nimia (quizás, en el propio libro, provocó, a posteri, un agotamiento del arte por el arte. Una insignificancia). ¿Qué hacer con una anécdota nimia una vez ha terminado la función? ¿Y si no hubiera sido nimia? Pues ya no sería digna del Colegio de Patafísica. Tengamos, en cuenta, cómo la cultura pop ha exprimido el procedimiento en camisetas, en la entradilla de los Simpsons, en tazas, en la moda, etcétera. Eso es lo que tiene ser deudor del dadaísmo), de la misma forma que hizo Bach en su famosa «Tocata y fuga», con el contrapunto (que de manera insistente y variada suena en el espectáculo). Aquí los 99 estilos se quedan en 34, que ya es una cantidad más que estimable; pero que transcurren entre la estupefacción del respetable. Se dispone de un elenco que funciona muy bien en el movimiento, dentro del engranaje que Marta Gómez ha elaborado para que la coreografía general ofrezca una vistosidad gustosa. No se puede afirmar lo mismo de las interpretaciones, pues unos tienen mejores oportunidades para lucirse que otros. Así le ocurre a Álex Villazán, quien ya demostró sus dotes expresivas en El curioso incidente del perro a medianoche; pues en la pieza circense —auténtico homenaje a Pepe Viyuela— logra fascinar. También lo hace como personaje mudo que hila las primeras escenas; para luego ser policía y aprovechar la voz de Ramón Langa para retrotraernos a la Jungla de cristal («Yippee-ki-yay») o llevarnos a un prostíbulo. Se exprime la historieta del tipo larguirucho de unos veintiséis años, que Arturo Martínez Vázquez impone con chulería sin igual; mientras desde «otro punto de vista subjetivo», Fernando Sainz de la Maza, adopta la prosapia del lumpen con igual vigor en ese encontronazo en el bus. Por su parte, Nur Levi gana protagonismo en una pieza de lucha, de «empotramiento» kafkiano contra un muro imposible de derribar; pero creo que está mejor cuando flirtea en ese fragmento digno de Jacques Demy (como si estuvieran en Los paraguas de Cherburgo), con Javi Ballesteros, Este, que todavía anda enfrascado en Cluster, es otro de los que sabe plantarse en el escenario como si fuera su hábitat natural. En el ejercicio de estilo más sobresaliente: toda una cena cargada de repeticiones como un Día de la Marmota, el mecanismo, en su redundancia explora ese espacio de lo inédito en el machaque. Rosa Martí, por ejemplo, aprovecha su papel de cocinera para ganar enteros. Luego, en la escena más sugerente, la picassiana, el vestuario de Beatriz Robledo alcanza gran categoría —hagámonos cuenta de los todos los cambios de vestimenta que se suceden—. El surrealismo cae sobre la sala a través de un Magritte bajo el paraguas homenajeando a los grandes literatos. En cuanto a Paloma de Pablo, destila elegancia principalmente en sus primeras intervenciones, y es la más parisina de todos en su delicadeza. Finalmente, Claudia Salas emana dureza y sensualidad erótica a partes iguales. El inmejorable final es un colofón recursivo y desintegrante. Una vuelta a la calma haciendo un guiño a Rashomon y deconstruyendo la anécdota morfológicamente. El espacio escénico propuesto por Pablo Menor Palomo, con una iluminación de Pilar Velasco creadora de recovecos y de sugerencias que reclaman nuestra atención, me recuerda a esos lugares sicodélicos y algo estrafalarios donde Bob Fosse organizaba sus coreografías, algo así como si estuviéramos inmersos, en ocasiones, en Noches en la ciudad (1969). En fin, que Jesús Cracio ha realizado una exquisitez; aunque los límites estrictamente literarios —la lectura del original así lo demuestran— son insuperables.

¿Que no…?

Dirección: Jesús Cracio

Adaptación: Antonio Fernández Ferrer, Christian Boyer y Jesús Cracio a partir del libro Ejercicios de estilo de Raymond Queneau

Reparto: Javier Ballesteros, Nur Levi, Rosa Martí, Arturo Martínez Vázquez, Paloma de Pablo, Fernando Sainz de la Maza, Claudia Salas y Álex Villazán

Voz en off: Ramón Langa

Diseño de espacio escénico: Pablo Menor Palomo

Diseño de iluminación: Pilar Velasco (AAI)

Diseño de vestuario: Beatriz Robledo

Diseño de sonido: Iñaki Ruiz Maeso

Coreografía: Marta Gómez

Ayudante de dirección: Pablo Martínez Bravo

Residencia de ayudantía de dirección del Teatro Español: Íñigo Santacana

Una producción del Teatro Español y SEDA

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 21 de noviembre de 2021

Calificación: ♦♦♦

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