Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach

Nao Albet y Marcel Borràs han creado otro artefacto cargado de referencias cinematográficas para desarrollar un espectáculo cautivador

Foto de Luz Soria

Si del apabullante artificio que han dispuesto Albet y Borràs, hemos de tomar una referencia inequívoca para poder deconstruir críticamente lo observado, parece evidente que el nombre del guionista y director (y judío, por supuesto) Charlie Kaufman debe salir a colación desde el principio. Este genio ha escrito los guiones de El ladrón de orquídeas (ahí tienen un juego metaliterario sobre la acción de escribir), Cómo ser John Malkovich, otra virguería ontológica, o, la fundamental Synecdoche, New York (tampoco debemos perdernos su última maravilla, Estoy pensando en dejarlo). Desconozco si este autor ha influido a nuestros dramaturgos o si sus efluvios han viajado por otros derroteros hasta llegar a su mollera fantástica; pero las claves esenciales están ahí. Y hablamos de metacine, de la concepción posmoderna de la realidad que imprimió Baudrillard con su idea de simulacro, del cuestionamiento de la verdad auténtica en la conjunción ficcional del teatro y todo un etcétera sobre la teoría metafísica del acto propio de actuar. Si a esto, claro, le sumamos algunos procedimientos como el contrapunto, que indefectiblemente nos lleva por la vía violenta a Tarantino, entonces vamos atando cabos. Porque se nos ha concedido contemplar el frontal y el envés del atraco, con la repetición de escenas, en una coreografía de la confusión que se aclara para tergiversarse en un giro que va más allá de lo que se cree esperar. De alguna manera, ya vimos algo parecido con Bienvenido a casa, que el uruguayo Roberto Suárez nos presentó en 2013. Además, la narración con la que se procede al principio, tan irónica y soez, tan cautivadora —con el guiño cinematográfico del playback—, resulta muy propia de Scorsese. Y el humor que enseguida se destila es enteramente judío, y ya nos da la pista Albet al portar un borsalino negro y los tirabuzones; por lo tanto, no hay freno para la ironía un tanto absurda y paradójica al más puro estilo hermanos Coen. Desde luego, las expectativas eran altísimas, porque Mammón (con Los esqueiters, el asunto fue decepcionante) había sido un montaje lleno de fuerza; y con Atraco… pienso que se han superado, ya que han sido capaces de imbricar capas más complejas y con una visión mucho más trascendente, como vamos a ver. La propuesta, ciertamente, es un proyecto de 2013 que ahora se muestra madurado y expurgado, listo para epatar al personal y apuntarse otro tanto esta temporada. La última gran película sobre atracos también parece una buena referencia. En El robo del siglo (2020), del argentino Ariel Winograd, toda la meticulosidad increíble de la preparación, se combina con un hecho muy significativo, pues uno de los protagonistas se entrena como actor para resultar creíble ante el negociador. La cuestión de la credibilidad es un tema profundo en este espectáculo. Partimos de la escritura de un libreto para una obra de teatro que le han encargado a una pareja de amateurs bastante quinquis, amigos de toda la vida, de cuando se criaron en un puticlub ganándose unas propinillas mientras limpiaban las habitaciones entre servicio y servicio, y luego se entretenían haciendo manualidades mientras metían el ojo en la mirilla. El magnate y dueño del Kaczynski Theatre, les ha encomendado una obra que trate sobre un atraco. Ellos no quieren ser convencionales. La estructura magnífica de work in progress, con ese malabarismo de creación, corrección y recreación en directo pone en funcionamiento un mecanismo que gana en sofisticación según avanza la función hasta desencriptar su propia escritura a través de los anagramas ocultos. Nao Albet perfecciona ese estilo tan suyo que tiende a combinar el panfilismo, la ingenuidad y el desparpajo. A su vez, su compadre Marcel Borràs, demuestra mucha seguridad y hálito directivo. Él, a la postre, parece el muñidor de todos los entuertos, el aspirante a verdadero demiurgo. Su máximo fetiche es la actriz y performer Maria Kapravof, una chiflada que vive obsesionada por el (re)productivismo, una vanguardia consistente en llevar a los personajes a la vivencia total. Deglutir la ficción para ganar en realidad. Irene Escolar encarna a este trasunto joven de Marina Abramovich para realizar un triple salto mortal escénico. La actriz interpreta su papel en ruso y, a veces, en inglés rusificado, para manejar con soltura inigualable las ínfulas con las que expresa su pasión mientras bebe leche (¿será moloko-plus como en La naranja mecánica?). Algo que les ponga a tono para danzar en un interludio fascinante al ritmo de los tonos electrónicos in crescendo de Rp Boo y su «02-53-03». Porque al atraco en sí, en ese argumento superficial que esconde todo un andamiaje metaliterario, llegamos para que la dinámica fulgurante nos desvele lo que anteriormente se nos ha velado con engaños y disfraces de animales marinos. Puesto si han de ser reproductivistas, el atraco ya no debe ser en un teatro, si no en el banco real. Ese banco real, algo anticuado en su estilo, lo ha diseñado Jose Novoa con todo tipo de detalles y listo para darse la vuelta, con su cámara acorazada central. Además de llevar el escenario hasta más allá de las primeras filas —para que los espectadores lo sientan como una inmersión—, con toda una serie de objetos propios de dos vagabundos. Con una iluminación de María de la Cámara y Gabriel Paré que amplía el espacio con grandiosidad y perfila los ocultamientos cuando se funciona simultáneamente. Por otra parte, el vestuario de Paula Ventura ha logrado remarcar en los protagonistas ese horterismo actual de la mezcla urbana imposible con camisetas de fútbol y cazadoras coloristas. Visualmente la reunión de los distintos elementos logra trasladarnos perfectamente el ambiente de collage contrahecho y onírico. Porque, contra toda previsión, llevan su propia deconstrucción hasta los extremos, lanzando un epílogo próximo al surrealismo, donde el director, Boris Kaczynski, que será encarnado por un actor que conoceremos en ese momento, «sufrirá», aunque sea como juego metaficcional y cervantino, las consecuencias de la venganza. El tira y afloja entre las pretensiones artísticas de nuestra pareja choca con la rentabilidad comercial de los productos que el magnate desea. Morir ante la voz operística de Alina Furnam, es el guiño culturalista que se merece. Puesto que ese Agbanäspach, parece ser un campo de sueño, una sensación de somnolencia sostenida donde operan, por supuesto, otras reglas, y puede trasladarse a las tablas para que los humildes se conviertan en el dueño y señor de lo acontecido. A ese punto hemos llegado gracias al buen hacer de un nutrido elenco que se multiplica en papeles y en perspectivas: el electricista de Vito Sanz posee la comicidad de lo intrascendente, Carlos Blanco (tan popular ahora, después de aparecer en Fariña) infunde ternura como tipo desahuciado que suplica ayuda a Francesca Piñón, una oficinista que se las sabe todas. Por su parte, Eva Llorach se lleva su instante de cabreo desconcertante. Toda la función está plagada de detalles que pretenden apuntalar cada una de las escenas. A veces, con exceso y con ansia por el gesto humorístico, como la intromisión del sobretitulista queriendo comunicarse con el respetable (quizás esto sobra, precisamente porque rompe el propio engranaje interno). Y alguna que otra frase con alusiones demasiado evidentes a nuestra realidad. Aspectos nimios para un montaje soberbio, en el que estos tíos, el Albet y el Borràs, me han cautivado.

Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach

Escrita y dirigida por Nao Albet y Marcel Borràs

Reparto: Nao Albet, Carlos Blanco, Marcel Borràs, Irene Escolar, Alina Furman, Eva Llorach, Francesca Piñón y Vito Sanz

Escenografía: Jose Novoa

Iluminación: CUBE.BZ (María de la Cámara y Gabriel Paré)

Vestuario: Paula Ventura

Cesión de vestuario: Compañía Nacional de Teatro Clásico

Espacio sonoro: Roc Mateu

Vídeo y subtítulos: Oslo Albet

Asesoría de movimiento: María Cabeza de Vaca y Oriol Pla

Ayudante de dirección: Anabel Labrador

Ayudante de dramaturgia: Juan Miranda

Ayudante de escenografía: Laura Ordás

Ayudante de vestuario: Sandra Espinosa y Rubén Martín

Traductora y coach de ruso: Anastasia Kostyuchek (Instituto Ruso Pushkin de Madrid)

Fotos web y banderola: Kiku Piñol

Fotos espectáculo: Clàudia Serrahima y Luz Soria

Fotos cartel: Luz Soria

Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Producción: Centro Dramático Nacional

Con la colaboración de Instituto Ruso Pushkin y Teatro Accesible

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 21 de marzo de 2021

Calificación: ♦♦♦♦♦

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3 comentarios en “Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach

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