Las últimas

Lucía Miranda satiriza nuestra historia con los filipinos en un espectáculo difuso en el Teatro Valle-Inclán

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Después de que hace unas pocas semanas Lucía Trentini abordara su condición de Perra cimarrona y nos recordara las diversas atrocidades cometidas sobre mujeres indígenas en distintos países hispanoamericanos, e insistiera, además, en que hubo un tiempo en que existían los zoos humanos, llega otra Lucía, Miranda, para poner su perspectiva en Filipinas. También nos demostrará en 1887 que hubo un «asentamiento antropológico» en El Retiro con filipinos dentro.

La creadora tiene en su haber diferentes proyectos sustentados en el verbatim (Casa, por ejemplo), ese método objetivista por el cual se exponen testimonios sin más intervención. A mí me echa para atrás la explicación metateatral de quién dice qué. Sigue leyendo

Cluster

La Sala Exlímite se convierte en un acogedor bar, donde discurren las biografías autoficcionadas de ocho magníficos intérpretes

Foto de Luz Soria

Creo que llegados a este momento es necesario hacer una salvedad, pues la autoficción aparece abusivamente en los escenarios de nuestro país en los últimos tiempos. Y es un estilo que se aprovecha, en ocasiones, para el egocentrismo (véase El bramido de Düsseldorf, de Sergio Blanco), para acotar el teatro documento (véase Curva España, de los Chévere), para tratar la muerte (véase Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero, de Rigola). Pero si nos aproximamos más a la cuestión generacional que nos compete, entonces encontramos referencias inequívocas como Catástrofe, de Antonio Rojano, Hoy puede ser mi gran noche, de Teatro en Vilo o Hacer el amor, donde aparece la propia Ángela Boix. O, todavía más, la que debemos tener como gran modelo: Los Remedios, que es producción de la Compañía Exlímite y que se podrá ver (deben verla) el próximo mes de marzo en el Teatro María Guerrero. Es significativo de esta obra, que posea un contexto tan claro, el barrio; pero también una época, una ciudad, un país, unas clases sociales. Todas estas cuestiones resultan esenciales para desarrollar un proyecto crítico y limitante, un enjuiciamiento de culpas y de responsabilidades, un acto de ironía e, incluso, sátira de un tiempo sobrevenido para una juventud que debe zafarse de toda una serie de atribuciones y de exigencias. Bien, pues todo esto es lo que falta —y se echa de menos—, en Cluster. Recordemos que la autoficción juega de manera extrema al hiperrealismo, a cierto objetivismo inequívoco, a documentar con insistencia aspectos vitales genuinos, verdaderos, personales, etcétera. Sigue leyendo