Animal negro tristeza

Julio Manrique nos inserta en un incendio para recrear la obra de Anja Hilling, una historia de combustión existencial

Animal negro tristeza - David Ruano
Foto de David Ruano

Desde que las producciones posdramáticas se han ido imponiendo como proceder moderno (las décadas pasan y pasan) en la escena contemporánea europea, la invasión de las artes novelísticas, de las artes de contar (que no del mostrar, como debe ser en el teatro), en los dramas uno ya no acude a las salas a degustar el acontecimiento que delante de uno se recrea, sino que asiste a una donación propia de su imaginación. No diré que el texto firmado en 2007 por la alemana Anna Hilling es tan abusivo como alguno de los proyectos de Guy Cassiers (véase Orlando o Antigone in Molenbeek + Tiresias) o como aquella Sopro de Tiago Rodrigues, o de aquellos abusos narrativos de varios de los proyectos de nuestro Pablo Remón (y podría continuar con otras narraturgias patrias). El amor al micrófono más que sorprenderme me cansa y me sigue pareciendo un truco falaz contra la esencia del teatro.

Lástima me ha parecido que Julio Manrique, que me parece un director atrevido (véase Jerusalem), nos muestre este Animal negro tristeza en español, en el Matadero, sin estar completamente afinado —más allá de un fallo técnico que obligó a parar la función—. Esperemos que ustedes puedan disfrutar del montaje con el brío y el ritmo pertinentes; porque Màrcia Cisteró, quien se encarga de las extensas descripciones de todo, ya sea del espacio o de los personajes, como si fuera una narradora omnisciente, está muy dubitativa y la pronunciación se le trastabilla. También les ocurre a otros intérpretes, pero no es tan pronunciado. Por otra parte, me pregunto qué ocurriría si se renunciara a esa parrafada que nos atenaza y que nos dirige en exceso. Bueno, la propuesta se entendería; aunque algunos detalles sobre las relaciones de los protagonistas se quedarían en el tintero. La novelización de la tragedia nos da demasiada información, en cualquier caso. Por eso, cuando esa narración se disgrega en las expresiones autoconfesionales de cada personaje, cuando se narran a ellos mismos, o cuando dialogan, la pieza gana enormemente y nos deshacemos de las explicaciones.

Dicho esto, atentos, ¡cómo mejora este espectáculo en su segunda parte! La enormísima deflagración, el bosque ardiendo, y las vidas anodinas de esos desangelados comienzan a extraer su humanidad o, lo que es mejor, lo que queda de ella a pesar de todo. Ahí la dramaturga demuestra un mérito enorme en la demarcación sicológica (me corregiré más adelante). Puesto que, hasta ese instante de clímax, el asunto huele a trasnochada y cansina barbacoa en medio de una frondosa arboleda de un grupo de individuos (entre los treinta y los cincuenta) que demuestran su desencanto vital con ironía sardónica, agarrándose unos a otros en la autodefensa emocional; porque la soledad más absoluta los acecha. Mima Riera, que hace de Miranda, ha acudido con su bebé Gloria. En ella, observamos con gran claridad cómo en esta obra se nos exige mirar desde mucha distancia, hasta el punto de que la frialdad es preponderante en las expresiones y el pavor. Cuando llega el fuego, el discurso es interno, seco, propio de un forense que va detallando los daños como un funcionario que administra los datos del horror sin inmutarse. Al menos ella danza, como un alma huyendo de las llamas para siempre. Y este proceder enmascarador luego se concentra en su marido, Paul, un Ernest Villegas altamente ensimismado por su ambición como arquitecto que recibirá una oferta para viajar a Tanzania. Es el ejemplo de cómo la herida lo corroe, mientras nos despista con su coraza. Se ha salvado (no revelaré la lista de fallecidos), ha conseguido evitar la deshidratación plena, y se ha refugiado en casa de unos lugareños para ayudarles a recuperarse del desastre. Una penitencia en el shock. Estos —ahora sí, Màrcia Cisteró fluye hablando en catalán a su esposo, un Norbert Martínez, que ha sido responsable hasta el momento de inmiscuirse musicalmente en la acción—. Los otros amigos se compactan de una manera harto azarosa; pero muy comprensible por la personalidad que deducimos. Mireia Aixalà, que hace de Jennifer y que es la exnovia de Paul, es uno de esos eslabones más patentemente «débiles», pues aún sigue enamorada del susodicho; aunque ahora tenga a un nuevo compañero. En ella percibimos una humanidad que anhela brotar. No así en ese nuevo novio, el tal Flynn, que interpreta de la manera más sosa Joan Amargós. Pensemos que aporta un macabro punto de humorismo, ya sea por su actitud tan desencantada de músico que hace versiones pop y que tiene dentadura postiza debido a un puñetazo insolente. Es un personaje que se me escurre y que pierde credibilidad cuando parece que sorpresivamente puede terminar emparejándose con Martin, el mayor de todos, el más soberbio y adinerado. David Vert sí tiene su carácter aprehendido y muestra su suficiencia desde el primer instante y lanza su papel hasta el insoportable engreimiento, capaz de abandonar a Oskar, el hermano de Jennifer, un artista con claras inseguridades en su haber. Un Jordi Oriol que, como le ocurre a su hermana (otra lógica más), es el otro personaje que nos deja ver en su interior y en su desgarro.

Otro punto fundamental del montaje es la pretendida inmersión de los espectadores en el interior del bosque. Sinceramente, ya que ocupas la nave principal del Matadero, se podría haber sido todavía más ambicioso, y mira que lo han sido; no obstante, yo hubiera querido quemarme más, hubiera querido oler más la carne quemada desde dentro. Pero sí, el fuego está en toda su magnitud, pues así lo han dispuesto con ingenio Alejandro Andújar, experto en estas lides, y Francesc Isern con las proyecciones (y que no falten las imágenes de la camarita en mano, que esto es posteatro. Micrófono y cámara. Es el obligado pack). Luego, son fundamentales la iluminación de Jaume Ventura, pues no es sencilla la combinación de efectos que se conjugan en ese espacio; y el sonido Damien Bazin, quien potencia nuestra imaginación con el crepitar terrible.

El verdadero valor de esta obra es, a pesar de que resulte un tanto repetitivo ya, el retrato social actual de los supuestamente bien avenidos. Es otra vez la visión pesimista, a través de un narcisismo que cancela la empatía. Aunque realmente, lo que podemos valorar como espectadores es que el hecho real del incendio, producto de la irresponsabilidad, no precisamente de unos ignorantes domingueros, sino quizás de unos altivos que van de sobrados y a los que poco penalizan sus tropelías cívicas. Y, también, el incendio metafórico, observado por esa mirada a la que me refería antes del forense. Es una mirada casi antropológica o etológica mejor, pues se ajustaría a ese título tan elocuente como Animal negro tristeza.

Función grandilocuente, demasiado novelística (en todo su sentido formal), larga; pero que debemos observar y vivenciar porque merece la pena introducirse en ese acontecimiento abisal.

Animal negro tristeza

De: Anja Hilling

Traducción: Maria Bosom

Dirección: Julio Manrique

Con: Mireia Aixalà, Joan Amargós, Màrcia Cisteró, Norbert Martínez, Jordi Oriol, Mima Riera, David Vert y Ernest Villegas

Diseño de escenografía: Alejandro Andújar

Diseño de iluminación: Jaume Ventura

Diseño de vestuario: Maria Armengol

Diseño de sonido: Damien Bazin

Diseño de videoescena: Francesc Isern

Diseño de movimiento y coreografía: Ferran Carvajal

Ayudante de dirección: Ferran Carvajal

Estudiante en prácticas (Institut del Teatre): Esteve Gorina i Andreu

Colaboración en la traducción: Goethe Institut

Una producción de Sala Beckett y Teatro Español

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 20 de mayo de 2022

Calificación: ♦♦♦

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Oceanía

Carlos Hipólito encarna a Gerardo Vera en una pieza que nos sirve para descubrir la infancia y la juventud del fallecido dramaturgo y cineasta

Oceanía - Foto de José Alberto PuertasResultará inevitable para gran parte del público al que va destinado concretamente este espectáculo identificar ipso facto la voz de Carlos Hipólito con la del narrador de Cuentáme cómo pasó. Son demasiadas temporadas y, además, el actor trae a este montaje unas formas que tienen que ver mucho con un contador de historias. Su alocución se recrea con cierto deleite con las frases y con las palabras para que se suspendan en el aire como si esto fuera el radioteatro que tanto abundaba antaño, y que él mismo ha practicado en eventos especiales en los últimos tiempos. Ahora, ¿por qué debería interesarnos un montaje así, donde Gerardo Vera dejó escrito un texto sobre su juventud? Por un lado, porque reproduce parte de esa posguerra de los vencedores, y eso ya conlleva cierta originalidad en nuestra época; y, por otra parte, porque resultan atrayentes algunas de las peculiaridades que lo destinaron al mundo del espectáculo. Sigue leyendo

El Golem

Con esta obra que dirige Alfredo Sanzol en el Teatro María Guerrero, Juan Mayorga alcanza su cumbre como autor dramático. Su texto se adentra por los meandros de la conciencia y el lenguaje en una atmósfera onírica

El Golem - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Observar cómo un gran dramaturgo se atreve a ir más allá en su concepción artística es fascinante. Juan Mayorga ha escrito un viaje hacia esas áreas del cerebro donde presumimos que se asienta la gramática profunda con la que nacemos, y donde vamos haciéndonos con el lenguaje que nos han hecho aprender y con el que luego alcanzamos el pensamiento de nosotros mismos. Asistimos a una compleja función, donde el espectador se sentirá inerme y saldrá de la sala confuso ante tales parlamentos de carácter filosófico. Pero la clave está en considerar que el dramaturgo nos remite a la propia conciencia de la protagonista y que, por lo tanto, todo lo que ocurra abre diversas posibilidades; pues solo podemos apoyarnos en su onírica manifestación. Otras de las claves que puede emplear el público en su exégesis consisten en tomar lo observado como una alegoría, por un lado; y, por otra parte, en acoger el pensamiento posthumano. A ello, añadamos como referencia inequívoca el mundo borgiano y, concretamente, su poemario El otro, el mismo (1964), donde aparecen los textos «El Golem» y, no lo olvidemos, «Spinoza», un filósofo que debemos tener en cuenta; puesto que la pulsión ateísta y mecanicista está en esta obra, donde un tal Matemático, ha creado todo aquel lugar. Sigue leyendo

El bar que se tragó a todos los españoles

Alfredo Sanzol crea una de sus obras más profundas y compactas para biografiar tanto a su padre, un ex cura, como a España

Foto de Luz Soria

La última obra de Alfredo Sanzol se sitúa entre las mejores y más profundas de sus creaciones, y podemos relacionarla claramente con otro de sus importantes hitos: La calma mágica, un texto que parte del padre fallecido. Lo que observamos, entonces, sobre las tablas del Teatro Valle-Inclán, bien puede tomarse como una precuela de aquel doloroso acontecimiento. Pienso que el dramaturgo ha atravesado una etapa marcada por la hipersensibilización, por el humor más amable, matizado respecto de sus esplendorosos comienzos, que le han propiciado éxito de crítica y de público, que le han deparado una serie de premios y que lo han llevado, finalmente, gracias a todas sus andanzas, a dirigir el CDN. Con La respiración, con La ternura y con La valentía, me había desencantado con un autor admirable; pero ahora con El bar que se tragó a todos los españoles percibo que se aúna su parte más punzante, su agudeza en el relato paradójico y su análisis de nuestras costumbres. Ha creado una magna obra, algo sobredimensionada, como vamos a ver, que deambula por el neorealismo con toques mágicos, con esos vaivenes de metateatralidad y de autoficción que se disponen en una aventura, que nos hace pensar en las road movies americanas; aunque termine por decirnos mucho de nosotros y de nuestro pasado. Cuando uno cuenta con una peripecia así en su familia, realmente está obligado a contarla. Resulta que al padre de Alfredo Sanzol, navarro como él, lo mandaron para el seminario con doce años para que, con el tiempo, se pudiera ordenar sacerdote, como así ocurrió. Sigue leyendo

Macbeth

Gerardo Vera nos deja una mirada aciaga y oscura de esta tragedia shakesperiana en un espectáculo apabullante

Foto de Luz Soria

Llevar a escena una de las tragedias más completas y célebres de Shakespeare es repetirse ineludiblemente. ¿Cómo traerla a nuestros días sin que se acartone con los remedos del pasado? Pues abordándola con una proyección estética que nos sugiera todo ese abordaje de pasiones que enfrentan la codicia y el tormento moral. Antes de morir en septiembre, Gerardo Vera dejó todas sus ideas en marcha y, a la postre, ha consguido abandonarnos por la puerta grande. Su Macbeth, al igual que muchos de sus proyectos, quedarán en nuestro recuerdo; sus enseñanzas forman parte del acervo personal de aquellos que ahora toman su relevo. Estoy seguro de que Alfredo Sanzol ha hecho un grandísimo trabajo y que José Luis Collado, quien ha perfilado una versión tan medida en el tiempo, como clara en la palabra (los versos fluyen sin angosturas arcaizantes); pero pensemos que el espíritu de Vera y sus intenciones son las que han fraguado en el escenario. Y en este montaje, destaca con una potencia sin paragón la escenografía apabullante de Alejandro Andújar, unas colecciones de lamas gigantes, como si nos situáramos a la sombra de un bajel que sube y baja avanzando hacia la platea. Esta estructura magna y sanguinolenta delimita un espacio sorpresivo y límpido; mientras las videoescenas de Álvaro Luna ralentizan las heridas y el dolor de los grandes protagonistas. La impresión que nos crean es auténticamente aterradora. Y a todo ello contribuye una de las mejores bandas sonoras que se han podido escuchar en los últimos tiempos en el teatro. Alberto Granados Reguilón ha compuesto una música que magnifica la épica y que, a la vez, nos lanza a un mundo posapocalíptico repleto de bases electrónicas que incitan a la batalla. Sigue leyendo

Jerusalem

Pere Arquillué encarna a un desastrado anacoreta en un montaje dirigido por Julio Manrique en el Teatro Valle-Inclán

Jerusalem - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Si descodificamos todos los símbolos de esta alegoría es probable que caigamos en la tentación de interpretar la obra como un relato bíblico. En parte, posee un andamiaje que inequívocamente va por esos derroteros religiosos; pero tenemos mucho más, porque la fantasía pagana se imbrica como un contendor de literaturas que nos llevan desde la Odisea hasta Un monstruo viene a verme (no es que sea una influencia, sino que más bien podemos encontrar un paralelo reciente) pasando por la materia de Bretaña, Chaucer, Rabelais, Cervantes, los hermanos Grimm y un larguísimo etcétera que se rinde a la imaginación desmedida y maravillosa. Por otra parte, cómo no descubrir una crítica acibarada a los desastres de la crisis económica ―el estreno data de 2009― en esta Inglaterra preBrexit, donde los chavs buscan sus vías de escape a través de las drogas, el alcohol, la fiesta y, directamente, la nada, antes de volver al curro (si es que lo tienen). Jerusalem ―en referencia al famoso poema de William Blake, todo un himno para los ingleses―, también contiene buenas dosis de Babilonia, como bien establece san Agustín en La ciudad de Dios. La confusión y el refugio se concitan en el medio de ese bosque habitado por un espécimen icónico en demasía. Allí está apostada la cochambrosa caravana de Johnny «El Gallo» Byron, con todos sus enseres repartidos por doquier como si aquello fuera un preludio de vertedero ―Alejandro Andújar se ha afanado para crear una escenografía repleta de cachivaches que nos entretienen visualmente como pequeñas sorpresas―. Sigue leyendo

Las canciones

Una experiencia salvadora a través de la escucha profunda de esos temas musicales que configuran una biografía emotiva

Foto de Vanessa RábadeOír o escuchar. La música está con frecuencia demasiado al fondo en nuestras vidas. La música suena mientras realizamos otra actividad. La música suena mientras nos pretenden vender un objeto. La música suena para tapar el angustioso silencio, cuando una pareja ha perdido la conversación. El melómano vive rodeado de vinilos y cada día se sienta en un sillón de cuero para deleitarse con la escucha. Una experiencia estética que indudablemente puede ser transformadora y que posee el influjo mágico de la intromisión abstracta. A través de personajes que nos remiten inequívocamente a Chéjov (por ahí andan algunas de las Tres hermanas, por ejemplo) asistimos a una liturgia, a una cura; pero, también, a una escapatoria, a una reclusión, a una dictadura de la emoción salvífica. El padre músico ha muerto; pero su fama ha quedado desvanecida por un acto terrible, que nos hace pensar en un asesinato. Los hijos sufren por su pérdida; aunque da la impresión de que la ausencia de su guía y su anclaje terrenal ha evidenciado dosis de inmadurez y de proyecto vital consistente. La extrañeza de la situación ―ya desde el principio, la gran parte de la función consiste en escuchar canciones―, nos puede recordar a esa visión tan angustiosa con que mira la realidad el director de cine Yorgos Lanthimos. La primera parte, la cara A, me parece algo prosaica, como si al dramaturgo le resultara bastante serio y sentencioso entrar en honduras de manera radical. Se da cierto distanciamiento y se maneja una comicidad un tanto chabacana, concretamente a través del papel que interpreta Carlota Gaviño; pues hace de «maruja canaria». Sigue leyendo

Luces de bohemia

El Teatro María Guerrero acoge esta versión austera sobre el drama clásico de Valle-Inclán

No parece nada extraño que Alfredo Sanzol nos ofrezca una visión tan desnuda de la obra magna de Valle-Inclán; pues de forma parecida se acercó a otros clásicos como el Edipo Rey y, la temporada anterior, a La dama boba. El asunto es si esta idea tan distanciadora, austera y hasta feísta, nos conmueve más, nos aproxima de un modo más profundo a la esencia del texto y nos hace ganar artísticamente. Pienso que no, que despojar a Luces de bohemia de las calles de Madrid es dejarnos sin el referente contra el que se debe estampar la pasión expresionista de su antihéroe. Ya sé que la imaginación también se pone a funcionar; pero aquí los elementos estéticos que se lanzan nos procuran una sensación de despojo de los protagonistas. Por esta vez, la escenografía ―no así el vestuario― de Alejandro Andújar me parece insuficiente, no porque el uso de grandes espejos no sea una buena idea; sino porque su manejo parece repetitivo y poco propenso a generar esos juegos de equívocos y de distorsiones; como cuando nos adentramos en algunas de las atracciones de algunas ferias, donde podemos llegar a temblar ante la presencia de nuestra propia imagen. En escena deambulan dos grandes espejos, como si fueran simples muros de fachadas inexistentes. Luego, en una decisión, diríamos que provocadoramente sutil del director, Max Estrella describe el esperpento, no ante los espejos cóncavos del callejón del Gato; sino ante su reverso, ante una oscuridad renegrida de muerte. Sigue leyendo

E.V.A.

Las T de Teatre celebran sus veinticinco años con un drama entrañable sobre las heridas del pasado y la visión renovada para el futuro

Foto de David Ruano

La confluencia de motivos e ideas ha permitido que las T de Teatre se hayan hecho un autohomenaje tras estos veinticinco años desde la creación de esta exitosa compañía. El texto escrito por Marc Artigau, Cristina Genebat y Julio Manrique se configura con una aproximación al thriller, al drama existencial con tintes de comedia; aunque tenemos que reconocer que las dosis de humor son más leves que en otras ocasiones —si recordamos Aventura! o Premios y castigos. Las cuitas personales de las cuatro protagonistas se nos presentan entremezcladas para confluir en un final que nos reconcilia emocionalmente con su devenir. Es precisamente en el desenlace cuando uno puede justificar algunas escenas un tanto anodinas que parecen ocupar un lugar de relleno para que no se descomponga el puzle. Pero si fuera trepidante, perdería la hondura hacia la que nos dirigen. Desde luego, la fantástica escenografía de Alejandro Andújar, un gran cajón rectangular que favorece espacios nuevos y perspectivas inéditas provocando una sensación cinematográfica, apuntalada por los vídeos que se proyectan en el gran frontón superior que ha preparado Francesc Isern, resulta atractiva y provoca nuestra atención. Entre las virtudes de esta historia entrecruzada están los diferentes puntos de vista que se nos plantean. Sigue leyendo