Un idioma propio

Minke Wang da el paso definitivo para desintegrar lo puramente dramático con esta experiencia críptica

Foto de Lau Ortega

Si nos detenemos el tiempo suficiente para reflexionar acerca de lo que se observa y se siente delante de Un idioma propio, y no nos dejamos llevar por la estupefacción que anida en el rostro de la mayoría del público; tenemos la opción de rechazarla de plano por considerarla una tomadura de pelo o, por el contrario, aceptar que Minke Wang realmente quiere mostrarnos algo. Pero todo son problemas, dificultades que convierten el montaje en un producto inaccesible. ¿Qué cuenta? Si no fuera por el programa de mano donde se nos relata que vamos a ver a una familia «oprimida por el régimen comunista», que ha venido a España a labrarse un futuro mejor, saldríamos como habíamos entrado. Esta circunstancia implica, para los chinos, una dificultad idiomática considerable. Bien lo sabemos todos aquellos que nos hemos encontrado, por ejemplo, con jóvenes recién llegados, y cómo van aprendiendo la lengua. Asumamos que eso es lo que se narra; porque, eso sí, con esta función hemos dado un paso más —seguramente el definitivo— en la inclusión de lo narrativo en el drama. Aunque no es necesario para escuchar el texto, nos proveen de unos auriculares; quizás para que nos adentremos al fondo en el acontecimiento, pero poco más. La coreógrafa (responsable aquí, además, de la asesoría de movimiento) Claudia Faci toma su carpetilla con los folios y comienza a leer desde el principio hasta el final —hubiera sido bien coherente alguien con acento chino. Uno, lógicamente, quiere prestar atención; pero el lenguaje empleado es el propio de las leyendas envueltas en fantasía, me recordó a la japonesa Genji Monogatari o a la española Escuela de mandarines, de Miguel Espinosa. Luego afinas el oído y entiendes que se revuelven traducciones aproximadas, circunloquios, perífrasis que pretenden rodear el término con un significado cercano o puras invenciones. Comprendamos, por ejemplo, que «madre madre» pudiera ser abuela o «país de nosotros», nuestro país. El error, los conglomerados lingüísticos («espacio-tiempo-desconsuelo») se suceden y, entonces, la voz se deshilacha y pierdes el hilo, y cuando quieres retomar la posible historia recogiendo lo que observas en escenario; asumes que el suceso es mínimo durante gran parte de la hora y cuarto de obra. Las acciones son tan escuetas que poco se puede sacar de ellas: pelar una naranja, introducir un oso panda gigantesco, cocer arroz, meter una piedra en un acuario,… Hasta los movimientos vienen encriptados: Sara Martín y  Ji A Yu (único que emite un par de frases) se enamoran y echan un polvo que parece ejecutado por extraterrestres en acto espeleológico. Huichi Chiu, de quien podemos atestiguar su valía como actriz; puesto que es habitual de la escena madrileña, tan solo se desplaza de aquí allá e interacciona lo justo con el resto de compañeros. Así le ocurre a Wenjun. Mientras que Xirou Xiao se desnuda completamente para quedarse con una linterna en la mano como si quisiera señalar que vive a la intemperie en este nuevo país y que se siente observada. La narración lleva al elenco a su casi inutilidad, los despoja de su rol, los desgaja y los deja flotando en el espacio con un cometido incierto. Un detalle importante es la presencia José Pablo Polo componiendo en directo la música, ya desde el ordenador o con la guitarra. Marca los ritmos apropiados y nos podemos apoyar en su cadencia. Víctor Velasco se pone al frente de este artefacto y, acepta, por lo tanto, el reto imposible de empatizar con el público —todo un mes en la Sala de la Princesa, ahí es nada. El director está acostumbrado a dirigir textos enrevesados (Furiosa Escandinavia, sin ir más lejos); aunque en esta ocasión creo que los párrafos de Wang marcan todas las directrices posibles hasta el agotamiento. Si hubiera sido más larga habría que reconocer que sería insoportable, tediosa y nos sacaría de nuestras casillas. Comparto que el concepto del idioma propio, del idiolecto mental, de la lengua que no termina de ser la que comúnmente hablan el resto de habitantes, es pertinente para explorarlo visualmente. Que tu expresión sigue siendo extranjera, extraña; donde el hablante no llega a ser consciente en su plenitud de los matices estrictos de las locuciones. Ese idioma propio afecta a la configuración de tu nuevo mundo, de ese hábitat al que te tienes que enfrentar, y más si lo destinas a la creación —y no te recluyes en el barrio con tus compatriotas. Vale, posee un interés. ¿Pero verdaderamente lo ha desarrollado en una obra de teatro? O directamente ha lanzado por un lado su relato esotérico y por otro una performance que no nos permite el acceso a la vivencia de esos personajes para que podamos deducir su visión peculiar de emigrantes con un idioma, el chino, tan distinto al español. Con esta función ocurre como con el arte conceptual. Viene construido con un lenguaje tan personal que requiere unas instrucciones pertinentes. Aunque en esta vez, al menos, creo que se ha logrado uno de los objetivos: que nos sintamos como los protagonistas, ávidos por descifrar unos mensajes emitidos en nuestro lenguaje; pero sin llegar a lograrlo totalmente. Lo que tengo claro es que aquí se han tocado una serie de límites dramatúrgicos que abren callejones sin salida. ¿Qué hay más allá de esto? A pesar de todo recordaré durante bastante tiempo que un tipo llamado Minke Wang se atrevió con su experiencia «verbivocovisual» a usar un idioma propio para anular la labor primordial del actor. O no.

Un idioma propio

Texto: Minke Wang

Dirección: Víctor Velasco

Reparto: Ji A Yu, Huichi Chiu, Claudia Faci, Sara Martín, Wenjun y Xirou Xiao

Escenografía y vestuario: Paola de Diego

Iluminación: Lola Barroso

Música: José Pablo Polo

Ayudante de dirección: Óscar Nieto

Diseño de cartel: Javier Jaén

Fotos: Laura Ortega

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 3 de junio de 2018

Calificación:  ♦♦♦

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3 respuestas a “Un idioma propio

  1. Si realmente te estás cuestionando si la función de Wang es teatro, tienes un problema. Se percibe el poco tiempo que has dedicado a documentarte y, lo más preocupante, que no te permites disfrutar de algo nuevo para ti puesto que estás muy acostumbrado a las “pièce bien feite” de Madrid. Hay que estudiar más.

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