Orlando

El estilo del teatro filmado se impone en la dramaturgia contemporánea europea; y una de sus principales artífices, Katie Mitchell, nos ofrece una adaptación de la novela de Virginia Woolf

Orlando - Foto de Stephen Cummiskey
Foto de Stephen Cummiskey

Lo más normal es que Paul B. Preciado se apropie del Orlando, de Woolf, para emprender su autobiografía fílmica en el desarrollo de ese mundo disfórico en el que parece vivir y en el que defiende que deberíamos vivir todos. Una egolatría más que puede tener repercusión en el arte performativo, como un revival setentero, pero que filosóficamente hace aguas, pese a quien le pese.

El Orlando, la novela de 1928, no para de ganar adeptos, no para de resimbolizarse en esta atemorizante disolución queer que están padeciendo las nuevas generaciones en el cuestionamiento de su existencia sexual, mientras las eternas distracciones les provocan ansiedad generalizada. Ya tuvo éxito la versión de Sally Potter con la idónea Tilda Swinton y, bastante después, Guy Cassiers nos aburría hasta la saciedad con su mortuoria monotonía dramatúrgica. Ahora llega Katie Mitchell a desbordarnos con su «mecanismo». Sigue leyendo

La gaviota

Los Teatros del Canal acogen un espectáculo que interconecta cine y teatro para ofrecernos nuevas perspectivas en esta versión del clásico chejoviano

La gaviota - Foto de Simon Gosselin
Foto de Simon Gosselin

Ya hace tiempo que asumimos como habitual en la escena contemporánea la mezcla de cine y teatro (el film performance), y que puede entreverarse desde distintas posibilidades, con más o menos pericia y, sobre todo, con un sentido más conveniente o forzado según los casos. Sin ir más lejos, esta temporada hemos podido contemplar varios montajes con procedimientos de este tipo. Véanse los casos de Entre chien et loup, de Pieces of a Woman o, recientemente, de Kingdom. Pero creo que aquí tenemos una referencia mejor y más concreta en Under the Influence, porque Łukasz Chotkowski también buscaba más la simultaneidad totalizante —además, Cyril Teste ya se había enfrentado al cine de Cassavetes con su Opening Night—. Sigue leyendo

Kingdom

Anne-Cécile Vandalem monta un espectáculo grandioso que mezcla drama y cine para representar el enfrentamiento de dos familias de europeos en plena taiga rusa

Kingdom - Foto de Christophe EngelsCuesta creer que un mediometraje como Braguino, de Clément Cogitore, que ganó un premio en el Festival de San Sebastián de 2017 pueda reconvertirse en drama. Quizás los etnógrafos saquen algo en claro; pero el común de los ciudadanos apenas pasará de impactarse con el descuartizamiento de un viejo oso y de avistar cómo dos familias están mal avenidas, parece —según escuchamos en las pocas frases de los «protagonistas», cuando hablan de los Kiline—. Estamos en la taiga rusa. Unos europeos han decidido buscar la «vida retirada» para hallar la felicidad y regresar al modo de comportamiento propio de los forrajeadores. No queda más remedio que pensar en Thoreau e, incluso, en Unabomber. Si no queremos caer en comparaciones hippies con Captain Fantastic. Sigue leyendo

Sorry

Bobo Jelčić presenta en los Teatros del Canal una supuesta farsa sobre la sociedad estadounidense a partir de la obra Peyton Place

Sorry - FotoVamos a pensar que director croata Bobo Jelčić con este Sorry, que ha presentado en los Teatros del Canal, ha pretendido satirizar las ya ridículas telenovelas estadounidenses nacidas en los años cincuenta, para ilustrarnos sobre los modos de anestesia que aplica aquella sociedad y así recrear la fantasmagoría de la democracia. La palabra ‘democracia’ se repite hasta la saciedad en el espectáculo, sobre todo en el desenlace, como una manera bastante simplona, en absoluto analítica, de esos mantras estadounidenses sobre la patria, el sueño americano y la defensa de los derechos a través de su antigua constitución asaeteada por enmiendas. Sigue leyendo

La mosca

El relato de Langelann, célebre gracias a sus versiones cinematográficas, salta a escena con una adaptación paródica

La mosca - Foto de Fabrice Robin
Foto de Fabrice Robin

Aunque el relato de George Langelaan es célebre por las dos versiones cinematográficas que ha tenido, la de Neumann en 1958 y la de Cronenberg en el 86, a nosotros no nos valen; porque aquí se nos plantea una confluencia cómica entre personajes algo marginales –antes de que utilizáramos con tanta alegría el término friki-, y una especie de parodia retrofuturista.

Sus creadores se han fijado en el capítulo «La soucoupe et le perroquet» (1983), del programa documental de la televisión francesa y belga llamado Strip-Tease. Nos damos cuenta, al fijarnos en YouTube, de qué rollo van. Un tipo de campo que se hizo famosete, cuando construyó un platillo volante. Quizás pensemos en nuestro Callejeros; pero, inevitablemente, también en ese catálogo de especímenes únicos que caricaturizaba, aún más, Javier Cárdenas, cuando en Al ataque, entrevistaba a gente como Carlos Jesús en conexión con el planeta Raticulín.

Tampoco lo que acontece en escena es tan grotesco como estos ejemplos; no obstante, vale para hacerse una idea si se pretende darle alguna base de realismo. El asunto es que hay poco asunto, y cien minutos de función solo pueden caer en la repetición de gags, que pierden efectividad según vamos llegando al final. Y, como siempre ocurre con el humor francés más popular, el cariz infantil e inocuo se impone sin remisión, y ya cada cual con su gusto. A mí no me hace mucha gracia, más allá de algunas bromas macabras que tienen su aquel, como el teletransporte del perro.

Claramente, la escenografía de Audrey Vuong cobra una preponderancia fundamental, e igualmente se le acompasa sugestivamente la iluminación de Pascal Laajili. Por un lado, tenemos la detallista y versátil caravana, donde se hospedan la madre, Odette, una Christine Murillo, extraída directamente de 13 Rue del Percebe que, a pesar del ambiente, no olvida ponerse la peluca cada vez que viene una visita. Toda la tosquedad puesta al servicio de unas rutinas (recoger los rábanos para venderlos) y unas órdenes que se le insuflan a su hijo, aunque inicialmente creamos que es su marido.  Christian Hecq se convierte en el verdadero artífice de esta propuesta. Él se lleva el gran protagonismo y en él se concentran todas la gracietas que de forma virtuosa desempeña a través de unas posturas corporales monstruosas. Su lugar de acción, claro, es la otra fascinante zona de la escenografía: su laboratorio. Escondido tras la trapa de acceso, observamos las dos grandes cabinas de teletransporte, unos ordenadores que nos destinan irremediablemente a los inicios de la informática, con esos monitores en verde que también dan su juego irónico, cuando aparece encerrada Marie-Pierre, como si estuviera en Tron. Aunque han querido situarnos más atrás, en los 60, lo cierto es que el espectáculo, por su tono de entretenido divertimento, tiene mucho de ochentero, con esos artilugios que parecen extraídos de cintas como Exploradores (1985). Y es que esta pieza vale perfectamente, por su simplicidad, para espectadores de todas las edades.

La mosca que contemplamos en la Sala Roja de los Teatros del Canal se «olvida» de aspectos críticos respecto de nuestra modernidad. No faltan experimentos en el CERN con las partículas, posibles viajes en el tiempo. Por no hablar de técnicas como CRISPR, los transgénicos o los trasplantes de órganos interespecies como ha ocurrido con el empleo de corazones de cerdo en humanos. Es decir, todo lo que tiene que ver con las ya inveteradas ínfulas científicas de domino de la naturaleza y de las leyes físicas que, en la ciencia-ficción, desde Frankenstein han caído con frecuencia en el género de terror, debido a las trágicas consecuencias en las que han devenido.

Por todo ello, el argumento queda en muy poco. Las pruebas de ensayo-error nos preparan para la verdadera prueba de fuego. Nuestro Robert, que al principio parece un Pepe Viyuela enredándose con la mesa plegable, y que luego se acogerá a la tradición de Louis de Funès (nosotros sostendremos en la memoria a Paco Martínez Soria), desarrolla enseguida sus tics de clown con los que evita que se vaya más allá cuando se fusiona con la susodicha mosca. Marca unos modos tan risibles, que después parece que está el pescado vendido si lo que se procura es derivarlo todo hacia lo cómico. No tiene problema en probar su aparato con un duende de jardín, un calcetín, con un filete, con un perro (de verdad en escena) y hasta con la que podría llegar a ser su novia. Esta es una compañera de colegio y vecina que hacía mucho que no veía. Valérie Lesort, otra de las máximas artífices del montaje, hace de Marie-Pierre, con gestos guiñolescos, que con su ingenuidad y candidez profundiza en ese humor inofensivo. Finalmente, aparecerá el inspector Langelaan, un Jan Hammenecker que apenas puede rematar la jugada con unas pocas escenas bien trazadas.

Este espectáculo no traspasa el mero entretenimiento. No aspira a rascar en las ideas que subyacen al hecho de que una especie de científico loco aspire a lograr ese imposible actual del teletransporte. Aunque, claro, la factura es formidable y posee su atractivo visual.

La mosca

Versión libre del relato breve de George Langelaan

Adaptación y dirección: Valérie Lesort y Christian Hecq

Reparto: Christian Hecq, Valérie Lesort, Christine Murillo y Jan Hammenecker

Escenografía: Audrey Vuong

Diseño de iluminación: Pascal Laajili

Composición y música: Dominique Bataille

Guitarra: Bruno Polius-Victoire

Vestuario: Moïra Douguet

Artistas visuales: Carole Allemand y Valérie Lesort

Concepción de vídeo: Antoine Roegiers

Proyección de vídeo: Eric Perroys

Atrezo: Manon Choserot y Capucine Grou-Radenez

Asistente de dirección: Florimond Plantier

Dirección técnica: Pierre-Yves Chouin

Producción: Centre International de Créations Théâtrales / Théâtre des Bouffes du Nord & Compagnie Point Fixe

Coproducción: Les Célestins, Théâtre de Lyon; Espace Jean Legendre – Théâtres de Compiègne; Le Grand R, Scène nationale de La Roche-sur-Yon

La Mouche en NOUVELLES DE L’ANTI-MONDE de George Langelaan © Robert Laffont

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 12 de febrero de 2023

Calificación: ♦♦

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Las cartas de Cristián

Los Teatros del Canal dan cabida a la última propuesta de Antonio C. Guijosa, un drama sobre la ambición y el desencanto en un presentador de televisión

Foto de Pablo Lorente

Da la impresión de que Antonio C. Guijosa tenía en la cabeza ideas para escribir una novela; no obstante, que al plasmarlas en una pieza dramática los distintos asuntos o se desparraman o se quedan inconclusos. Por eso, la función se hace larga. Esto se evidencia en algunas subtramas, cuando descubrimos que el desarrollo de algunos personajes es insolvente, como ocurre con el papel de Cristina Bertol, quien hace de asistente personal de un jefazo y, a la vez, quiere emprender su carrera artística como cantante. Quizás se le da demasiados minutos a un carácter secundario dentro del argumento. Tal es así, que se siente forzada la inclusión de varios temas musicales. Uno escrito ex profeso por el propio dramaturgo y, luego, el «Halo», de Beyoncé. En fin, parece que tenemos dos obras en una. O una a medias. Sigue leyendo

Todas las canciones de amor

Eduard Fernández se apropia del texto de Santiago Loza en los Teatros del Canal para homenajear a su madre fallecida

TEATRO por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Parece que el dramaturgo argentino Santiago Loza empieza a ser constante en los escenarios de nuestro país (Matar cansa, El mal de la montaña). Cuando nos aproximamos a esta nueva propuesta indefectiblemente nos viene a la cabeza He nacido para verte sonreír, que es un drama que igualmente posee una indagación intimista, más profunda si cabe que esta Todas las canciones de amor. Creo que lo que acontece en los Teatros del Canal es más superficial que aquella que dirigió Pablo Messiez, en el sentido de que los aspectos de la cotidianidad apenas poseen interés, y que este procede ante todo de otros elementos espectaculares que se han llevado a cabo con mucho mimo y cuidado. Sigue leyendo

Bovary

Michael De Cock sintetiza la novela de Flaubert y Carme Portaceli dirige el texto en los Teatros del Canal

Bovary - Foto de Danny Willems
Foto de Danny Willems

Si la colaboración entre Carme Portaceli y Michael De Cock ya resultó decepcionante con aquella Mrs. Dalloway, vuelve a ocurrir otro tanto con Bovary. A los belgas les gusta mucho eso de narrar en el teatro y aunque aquí no se llega a los excesos narratúrgicos de Guy Cassiers, sí que lo novelístico se come a lo dramatúrgico. Todo queda muy lejos en la Sala Roja —tan inmensa—, los protagonistas y su falta de compenetración, la ausencia de los amantes y una escenografía que es de una frialdad pasmosa, entre la blancura de los laterales y las boutades habituales que nos llegan de los avanzados europeos y que, después, nosotros terminamos copiando para hacernos los modernos. Sigue leyendo

Amaeru

Carolina Román plantea en este drama una búsqueda a través del ejemplo de su propia familia, de lo que supone el cariño dado y necesitado. Sus dos intérpretes realizan una labor cuidadosa en los Teatros del Canal.

TEATRO por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Tras más de una hora de función, uno llega a pensar que la nueva propuesta de Carolina Román ha caído en el artefacto kitsch o que directamente se ha confiado a un costumbrismo que, quizás, a ella le conmueva; puesto que es su familia quien la ha inspirado. No obstante, el público actual puede sentir que el tema es demasiado naíf.

Ocurre, sin embargo, que en el final (no puedo revelar demasiado) se da tal cambio en la perspectiva que debemos adoptar, que el espectador tendrá que optar por tomarlo como otro incongruente desenlace al estilo de Los Serrano o como una deriva futurista a lo Desafío total o el capítulo 3 de la primera temporada de Black Mirror. Ese epílogo —no me tengo más remedio que insistir— quiero tomármelo como una revitalización de una obra que, en su contenido principal, redunda en los clichés de un teatro de costumbres que me queda muy lejano.

La forma de reflejar la rutinaria vida familiar nos conecta con otras obras de la dramaturga como Adentro; aunque, si es por el juego de travestismo, nos induce a recordar la exitosa Juguetes rotos. Pero, ahora, pienso que se han dado unos pasos atrás. Ya que, por mucho que se quieran imbricar varias capas, observar cómo intentan representar hasta tres veces las escenas de una telenovela resulta poco pertinente y hace que asuntos de mayor calado no permeen. Sigue leyendo