Orlando

El estilo del teatro filmado se impone en la dramaturgia contemporánea europea; y una de sus principales artífices, Katie Mitchell, nos ofrece una adaptación de la novela de Virginia Woolf

Orlando - Foto de Stephen Cummiskey
Foto de Stephen Cummiskey

Lo más normal es que Paul B. Preciado se apropie del Orlando, de Woolf, para emprender su autobiografía fílmica en el desarrollo de ese mundo disfórico en el que parece vivir y en el que defiende que deberíamos vivir todos. Una egolatría más que puede tener repercusión en el arte performativo, como un revival setentero, pero que filosóficamente hace aguas, pese a quien le pese.

El Orlando, la novela de 1928, no para de ganar adeptos, no para de resimbolizarse en esta atemorizante disolución queer que están padeciendo las nuevas generaciones en el cuestionamiento de su existencia sexual, mientras las eternas distracciones les provocan ansiedad generalizada. Ya tuvo éxito la versión de Sally Potter con la idónea Tilda Swinton y, bastante después, Guy Cassiers nos aburría hasta la saciedad con su mortuoria monotonía dramatúrgica. Ahora llega Katie Mitchell a desbordarnos con su «mecanismo».

Aquí se destila ironía, nuevamente; nuestra época no lo puede evitar. Desde lo alto, en una esquina, en un cubículo insonorizado, tenemos a una narradora —también ella que se quedará con algún gesto cómico, cuando aparezca en pantalla— que ofrece el ritmo necesario para desplegar ese encanto que posee la literatura de Woolf, con su fluidez imparable, como se observa, ante todo en su Mrs. Dalloway. Los anacronismos van trufando tímidamente la escena con música de hoy, por ejemplo, o con otro que se fuma un chino (boutades). Todo este work in progress tan fascinante por momentos, como una coreografía tremendamente perfilada de técnicos e intérpretes, se asemeja, precisamente por ese tono de humor en su forma, a aquella peculiar mirada cinematográfica que perfiló Michael Winterbottom del Tristam Shandy, y que tenía toda la lógica, al colarnos, como aquí, el aparataje de los sonidistas, con sus fastidiosas pértigas, y las intervenciones de la cámara por todas partes usando, incluso, el travelling.

Ya sabemos que la peripecia trata de mostrarnos la fantasía de un joven aristócrata en el periodo isabelino que, una vez alcanzados los treinta años, se transformará mágicamente en una mujer para avanzar a lo largo de los tiempos como un ser eterno. No da para mucho el argumento entre amoríos, folleteos y descripciones varias sobre la Gran Helada, de 1608 y otras tranquilidades primaverales, mientras llegan las desgracias (cuando se lee a Woolf la incursión metafórica y devenir alcanza otra dimensión, pues es gran literatura). La novela no se deja adaptar demasiado bien; porque requiere de una narración abusiva. La cuestión es que, evidentemente, podríamos profundizar mucho más, ya que el texto se lleva mitologizando años para dar cabida a todas las teorías del género que nos apabullan por doquier; pero lo que tenemos delante, ante todo, es la creación de una película.

Solo es expedita la imagen en la pantalla; porque lo que acontece en escena, sobre las tablas, es un barullo feísta, que funciona más por la comicidad, al descubrirse permanentemente el truco —luego va perdiendo efecto, claro— que como planteamiento teatral donde se produzca algún encuentro verdaderamente dramático, es decir, dialógico. La artificiosidad prima sobremanera y uno se ve inmerso —así lo hemos comprobado una vez más en el Babylon, de Damien Chazelle con su exposición del cine mudo en aquellos estudios polvorientos de Hollywood— en el fulgor y el ansia por alcanzar la marca en el piso para completar el sketch y pasar al siguiente.

Jenny König, indudablemente, nos desborda con su vertiginosa capacidad para encarnarse en ese ser tan complejo en su totalidad, un protagonista tan libidinoso en la primera parte, tan decaído, una vez comprende que, como mujer, ha perdido las posesiones de fallecido ente masculino. La actriz realiza un ejercicio casi deportivo corriendo de acá para allá, mientras se cambia (o la cambian) de ropajes y sitúa el gesto para el insolente plano detalle. De igual manera, el resto del elenco ejecuta este engranaje con una solvencia extraordinaria, y este sería, a la postre, el gran mérito de Katie Mitchell; aunque podríamos pensar que se abusa de las imágenes pregrabadas que se van intercalando para que la película sea viable.

Hace bien poco, en esa misma sala de los Teatros del Canal, Cyril Teste, con su Gaviota chejoviana, nos demostraba cómo se puede realizar de una forma tremendamente limpia este procedimiento tan de moda en la dramaturgia europea del film performance. En este Orlando, ya lo he dicho, uno se queda con las ganas del drama.

Orlando

Autora: Virginia Woolf

Traducción: Brigitte Walitzek

Versión: Alice Birch

Dirección: Katie Mitchell

Reparto: İlknur Bahadır, Philip Dechamps, Cathlen Gawlich, Carolin Haupt, Jenny König, Isabelle Redfern, Alessa Schmitz, Konrad Singer junto con Andreas Hartmann, Nadja Krüger y Stefan Kessissoglou (sonido)

Director adjunto: Lily McLeish

Diseño de set: Alex Eales

Diseño de vestuario: Sussie Juhlin-Wallen

Dirección de vídeo: Grant Gee,

Diseño de vídeo: Ingi Bekk

Colaboración de diseño de vídeo: Ellie Thompson

Diseño de música y sonido: Melanie Wilson

Dramaturgia: Nils Haarmann

Diseño de iluminación: Anthony Doran

Coproducción: Teatros del Canal (Madrid), Odéon – Théâtre de l’Europe (París), Göteborgs Stadsteater/Backa Teater y São Luiz Teatro Municipal (Lisboa)

En colaboración con la red europea de teatros PROSPERO

Con el apoyo de los Amigos de la Schaubühne de Berlín

Con el apoyo del Goethe-Institut Madrid y los Amigos Goethe-Institut España

El espectáculo se realiza dentro del proyecto internacional «Prospero Extended Theatre»

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 15 de abril de 2023

Calificación: ♦♦♦

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