Curva España

La compañía Chévere alcanza su cénit con esta propuesta de teatro documental que recoge la muerte «accidental» de un ingeniero

Foto de José Vicente

Llevamos varios años ya de teatro documental ―entreverado, en muchos casos, de autoficción― con resultados muy diversos. Si el estilo cada vez parece más agotado y carente de atractivo; también es porque los límites asfixian al propio arte teatral. Al romper las propias costuras de este subgénero, los de Chévere han completado su cumbre dramatúrgica. Curva España es una genialidad. Vayamos por partes. Si nos centramos en los procedimientos formales, los méritos de Xron en la dramaturgia y en la puesta en escena me parecen incuestionables. Afirmemos que se ha ajustado a un medio virtuoso. Chévere es una compañía muy cargada ideológicamente y, en otras ocasiones, sus ínfulas políticas les han llevado por la senda populista (véase Eurozone). Aquí observamos contención en pos de un fin superior a sus propios deseos personales. Esto, hoy en día, es de agradecer. Quitar lo panfletario y salpicar la obra de gestos irónicos donde ellos aprovechan para denunciar desafueros inaceptables del poder reinante en Galicia ―también contra ellos, eso es cierto―. Siguiendo la estela de su anterior propuesta, la magnífica Eroski Paraíso, recurren al armazón del documental: varias cámaras van grabando en directo cada una de las escenas para mezclarlas en vídeo con diferentes imágenes y secuencias. La trama se dispone como si fuera un thriller, una investigación reabierta sobre la muerte del ingeniero España. Para ello acuden a una buena cantidad de puntos de vista y de recursos dramatúrgicos que hacen de la función todo un atractivo. Sigue leyendo

Antropoceno

Thaddeus Phillips planta una cúpula giratoria en el Teatro de La Abadía para ejecutar una instalación dramatúrgica sobre el cambio climático

Destaquemos la siguiente frase ―extraída de una entrevista― del actor, dramaturgo y director teatral Thaddaeus Phillips: «La obra es un espectáculo visual donde la escenografía cobra una gran importancia. Hacemos como un truco de magia impactante. Mezclamos danza con imágenes, es muy cinematográfica, muy poética. Hay mucha música, poco texto. Es muy profunda y a su vez divertida. Digamos que es muy cool. (Risas)». Y aquí podría terminar la crítica. Salvar el planeta es cool. Risas cool. Al final parece que es como esas romerías donde se iba a clamar al Cielo para que lloviera porque la cosecha se iba a ir al traste, y entre sacar a la virgen, empinar la bota de vino, zaparte el bocata de chorizo y bailar la jota al son de la dulzaina, pues la angustia se hacía más llevadera. Dios proveerá. O como esas manifestaciones tan coloristas ―nada que ver con las marchas antiglobalización como la de Génova en 2001― con la batukada de rigor. Viva la fiesta. O como la propia Greta Thunberg, convertida en icono pop de la estulticia. Activismo de videoclip y chachipirulismo por doquier. Selfies de coltán y vaqueros lavados a la piedra. Aquellos que encumbran a esta muchacha como líder mundial contra el cambio climático son creaciones de la ridiculez posmoderna, mentes cegadas por los fuegos artificiales que se enfangan con fruición en Twitter. Nos merecemos el Apocalipsis. Antropoceno comienza como una obrilla didáctica, naíf y juguetona que nos explica en qué consiste este nuevo término. Sigue leyendo

Naufragios de Álvar Núñez

Magüi Mira adapta y dirige esta obra de Sanchis Sinisterra en la que se especula con la mirada del otro anónimo

Foto de marcosGpunto

En los últimos años estamos asistiendo a toda una batería de enfrentamientos en relación a la leyenda negra y al revisionismo acerca del Descubrimiento-Encuentro-Holocausto-Conquista de América. Diversos libros convertidos de éxito, alguna estatua derribada y las declaraciones de AMLO en Méjico, generan un contexto propicio para que la obra que José Sanchis Sinisterra comenzó a escribir a finales de los setenta, pero que terminaría en 1991, añada más de esa postura revisionista tan encajada en el multidiscurso posmoderno. Recordemos, para empezar, que el texto lleva como subtítulo La herida del otro. La visión del dramaturgo es cuando menos ingenua y redundante de esa consideración tan uniforme del nosotros y del ellos (no está de más recodar las Leyes de Burgos, de 1512, o los matrimonios mixtos). Pero, ¿quiénes somos nosotros? ¿A qué facción histórica de conquistados o conquistadores, de esclavos o amos, nos podemos adscribir según nuestro árbol genealógico o nuestro genoma? Las víctimas y los verdugos aquí se multiplican realizando una incursión política absolutamente inverosímil y buenista que no se sabe por dónde coger, como vamos a ver. Porque Sinisterra desbroza la línea temporal para posicionarnos en nuestro presente, con la fluctuación onírica de un protagonista que no se encuentra en sí mismo. Sigue leyendo

Españolas, Franco ha muerto

Ruth Sánchez y Jessica Belda hacen un repaso didáctico a la Transición desde una perspectiva feminista

Se llama sesgo cognitivo y en este caso es femenino. En gran medida la llamada perspectiva de género viene a ser lo mismo. Se obvia el contexto, al otro, las causas que contradicen tu profecía y únicamente te quedas con esos ejemplos donde la mujer es minusvalorada, maltratada o, en caso extremo, asesinada. Españolas, Franco ha muerto cuenta cosas que son verdad; pero soslayando otras que también lo son (y que nos ayudarían a poner en tesitura las primeras). Es una táctica digna del populismo, de la ingeniería social, de la publicidad. Una colección de ejemplos donde la mujer sale malparada intentando provocar la siguiente conclusión: ellos nunca han tenido problemas, al morir el «Generalísimo» les fue cojonudamente. Lo peor que le puede ocurrir al feminismo es que discursee a través de falacias, perdiendo los límites de las circunstancias; ya que se lo pone en bandeja al verdadero enemigo. Los emblemas burdos y desnortados hacen que cada vez más gente se plantee que ese cierto feminismo hegemónico es una insensatez (no llegamos a tal extremo aquí). Quiero decir con esto que Españolas, Franco ha muerto no es una obra intelectualmente honrada y valiosa, es simplemente curiosa, porque nos recuerda que tras la muerte de Franco aún se dieron algunos desajustes dignos de mención. Y afirmo esto, por dos motivos fundamentalmente. Uno, puesto que, insisto, da la impresión de que al morir el dictador a los hombres, en general, les fue de perlas, que no hubo parados, que no tuvieron que ir a la mili ―truncando en muchas ocasiones sus planes vitales―, o que la droga esquilmó a una generación (bastante más que a las mujeres). Sigue leyendo

Una novelita lumpen

Rakel Camacho ha realizado una adaptación fiel y procaz de la novela que publicó Roberto Bolaño en 2002 poco antes de morir

Foto de Javier Jarillo

Diríamos que esta novela era, a priori, difícil de llevar a escena porque contenía demasiado sexo y venía cargada por una atmósfera decadente y nihilista que no encontraba fin. La obra había sido encargada a Bolaño para participar en una colección donde los escritores afincarían sus textos en una ciudad importante. El escritor chileno estaba sentenciado a muerte y sus últimos años de vida (murió al cumplir la cincuentena) estuvieron destinados a terminar su magna obra ―cinco novelas en una―, 2666, que fue llevada a escena en un grandioso montaje por Álex Rigola (la pudimos ver en 2008 en el Matadero), quien también se atrevió con el relato El policía de las ratas. Por otra parte, Una novelita lumpen tuvo su versión cinematográfica titulada Il futuro (2013), dirigida por Alicia Scherson; aunque careció de resonancia aquí en España, y, desde luego, merece la pena su visionado. Consideremos que la sensación que genera la lectura de la novela es que está esbozada una estructura que abre posibilidades mayores; pero que se ataja en ciertas descripciones y que se corta abruptamente en el tratamiento de algunos personajes; por eso parece hecha a medias, como un cuento que se alarga o como una extensa novela que se reduce para cumplir con el encargo. Lo cierto es que, en este sentido, la teatralización complementa visualmente algunas de esas recurrentes elipsis. Es fundamental tener en cuenta ―al escuchar el breve prólogo, nos podemos perder― que estamos ante un recuerdo, un flashback, que su protagonista emite: «Ahora soy una madre y también una mujer casada; pero no hace mucho fui una delincuente». Sigue leyendo

Taxi Girl

María Velasco ha escrito un drama cargado de lujuria sobre el célebre trío entre Henry Miller, June Mansfield y Anaïs Nin

Taxi Girl - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

En primera instancia debemos afirmar que esta obra no parece escrita por María Velasco (hace poco hablaba por aquí de su adaptación de La espuma de los días), pues, aunque esta tiende a cierto lirismo erótico y sentencioso, existencialista y decadente, no posee todas esas señas de identidad tan propias del postdrama que suelen remarcar el teatro de la autora burgalesa. Taxi Girl ―ganadora del Premio Max Aub en 2017― tiende hacia la convención realista y se agota en unos personajes que ni en el papel ni, después, en la dirección, se consiguen redondear hasta lograr una suficiente verosimilitud y un atractivo estético. Y yo creo, definitivamente, que la gran falla de este montaje tiene que ver con unos individuos que cuesta mucho creérselos. Si leemos con atención la entrevista que le hicieron a propósito de este estreno a Javier Giner, quizás entendamos por qué se ha adoptado cierto enfoque de pesos y contrapesos. Sus respuestas no tienen desperdicio y no podemos imaginarnos que a alguien que piensa así no le hay repugnado acercarse a un trío donde la sordidez es patente: «La gran, gran, gran historia de amor es entre Nin y Mansfield, sin embargo, en una sociedad patriarcal donde las mujeres están silenciadas, lo que ha pasado al imaginario colectivo, social y cultural es que era «el triángulo amoroso de Henry Miller»». Sigue leyendo

PS/WAM

La última ocurrencia de Rodrigo García es una descomposición de elementos varios que apenas provoca la más mínima reacción

Nadear en la NADA con sus naderías nadeantes. NADA NADA NADA. Pretende Rodrigo García aprovechar su estatus para esputar un espectáculo excrementicio con hálito escatológico y con las ínfulas de «crítica a las falacias del mundo contemporáneo». Espectáculo destinado a pacientes fans (poco más de una centena para cada función) que se largan tras terminar, ignorando si hay que aplaudir semejante tomadura de pelo. Creo que llega un punto en el que reírle la gracia al dramaturgo es llamarse imbécil; pues su aporte artístico es una vaga descomposición de cachivaches que configuran un engrudo realmente insufrible. El hilo conductor de semejante artefacto es tu propia imaginación y tu voluntad por encontrar sentido al caos. Este Piano Sonatas / Wolfgang Amadeus Mozart (PS/WAM) es una instalación dadaísta que se deglute sobre sí en el sinsentido azaroso que no significa NADA, que apenas llama la atención ―mucho menos a sus habituales espectadores―, que se agota en el aburrimiento y que únicamente sirve para descreer de este callejón sin salida esteticista. La Nave 11, la Fernando Arrabal, la grande del Matadero, despojada de las butacas. Un tique para pedir la vez en este supermercado de chorradas con un «Muérete» impreso (quien avisa no es traidor, supongo). Sigue leyendo

Instrucciones para caminar sobre el alambre

Un dinámico drama sobre cómo nuestro sistema laboral lleva a muchos trabajadores hasta la extenuación

Foto de Sandra Nieto
Foto de Sandra Nieto

Reconozco que acudía a ver esta segunda parte de la «Trilogía negra» con todas las reticencias posibles, porque su celebrada Nada que perder me había parecido un auténtico mitin. Lo cierto es que Instrucciones para caminar sobre el alambre recoge la temática que ideológicamente asumen sus autores y que la relaciona con su anterior obra; pero desde una perspectiva estética y una construcción textual mucho más concisa y hasta demoledora. Los cuatro dramaturgos que se han unido para continuar la tríada, adoptan una clara reticencia a adentrarse en el naturalismo puro; aunque anhelen seriamente cautivarnos en la crítica de cierta ansiedad generalizada en nuestra sociedad. La fábula se impone, si aceptamos esta como un proceder de personajes que cumplen una función más simbólica que sicológica. O, más bien, diríamos que esa es la base que subyace al argumento, la estructura que sustenta el montaje y que busca el ejemplo, la moraleja suspendida en el aire. Luego, a modo de juego irónico, se procede como si fuera un thriller, una obra de suspense sobre una desaparición; sin embargo, enseguida entendemos que la denuncia no tiene que ver con una desaparición en el sentido delictivo; sino en el sentido laboral. Por lo tanto, esa capa distanciadora, ese cuentecillo macabro, configura una nebulosa cuasionírica, estresante, ansiolítica, despersonalizante; porque la protagonista ha osado auparse al ascensor social. Sigue leyendo

La leyenda del tiempo

Los dramaturgos Carlota Ferrer y Darío Facal intervienen con hálito conciliador la obra de Lorca Así que pasen cinco años

La leyenda del tiempo - Foto de Vanessa Rabade
Foto de Vanessa Rabade

A tenor de los últimos trabajos presentados por Carlota Ferrer (El último rinoceronte blanco) y Darío Facal (El corazón de las tinieblas), su unión auguraba un espectáculo potente sobre Así que pasen cinco años; y aunque es fácil identificar sus rasgos señeros, parece que se han quedado algo a medias. La última propuesta interesante sobre la críptica obra de Federico García Lorca la llevó a cabo la compañía Atalaya. Digamos que sutilmente la han hecho más fácil para el público, recolocando alguna escena, o explicando a través del micrófono ―también con algún cartel― por dónde andamos en la falsa trama. Luego, además, se percibe cierta candidez, cierto aniñamiento, también esto se debe a la juventud del elenco, a su vestuario y a una escenografía que favorece lo retro. María de Prado, habitual escenógrafa en los montajes de Facal (véase Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín o Sueño de una noche de verano), suele trabajar como si el espacio se ocupara por uno de esos recortables de antaño. Piezas que bajan de las alturas para resignificar las acciones. Una artesanía, por un lado, cercana, fácilmente comprensible; y, paradójicamente, inserta, esta vez, en un territorio excesivamente oscuro y distanciador, con un estrado central que eleva a los actores; pero que además nos los aleja. Son contrastes que propician sensaciones extrañas: guiños al surrealismo buñuelesco (hormigas perroandalucescas) o de Man Ray. Luego, toda la leve trama, que es como un extenso poema de ida y vuelta por los estados temporales, se encarna con actores que se travisten, que juegan ―la obra abre esas posibilidades claramente― a hacer del sexo contrario. Sigue leyendo