El corazón de las tinieblas

Darío Facal ejecuta certeramente una deconstrucción antropológica sobre la célebre novela de Joseph Conrad

Las interpretaciones psicologistas sobre la novela de Conrad han sido habituales en ciertos ámbitos de la crítica literaria, en una búsqueda denodada de los arquetipos jungianos, por ejemplo. Sin ser desdeñable el aspecto alegórico, Darío Facal ha querido cargar las tintas en el aspecto político para mostrarnos la obra como un espejo en que se reflejen nuestras contradicciones actuales. Para ello enmarca la función con un prólogo, demasiado espontáneo en su proceder, ejecutado por Ernesto Arias; en el que se nos comunican esas cuitas eternas sobre la antropología, sobre si nosotros, que somos el mundo civilizado, el que ostenta las virtudes y los derechos humanos, debe intervenir en aquellos lugares donde se cometen atrocidades, cuando paradójicamente también nos aprovechamos comercialmente de esos mismos destrozos. Moralizar y ganar, el culmen de la hipocresía. ¿Qué hacer? El epílogo es una colección de nuestras más célebres paradojas o de la imposibilidad de ser moralmente impoluto bajo la doctrina kantiana imperante. En una mano sostienes un donativo para una ONG que ayuda al desarrollo de los países más pobres de África porque eres una persona educada y solidaria; y con la otra sostienes un teléfono móvil que lleva dentro coltán, un mineral que se extrae en las minas de esos mismos países africanos donde fuerzan a niños en jornadas laborales infames. No está mal el recordatorio de nuestro cinismo; pero podemos pensar por nosotros mismos. Por eso quizás sobre el discursito inicial. Todo lo demás me parece espléndido. El dramaturgo vuelve a blandir su espada deconstructivista para diseccionar un texto literario como ha realizado en anteriores ocasiones. Pongamos los casos de sus dos últimas incursiones: Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín y Sueño de una noche de verano. Acierta absolutamente en marcar desde el principio la dialéctica que moviliza todo el devenir. La civilización contra la barbarie, la verdad contra la mentira, el refinamiento contra la brutalidad y todo ello sin que los bandos queden plenamente identificados. La antítesis interna ofrece contrapuntos radicales en el protagonista y en ese individuo que se oculta en la selva. Enseguida Ernesto Arias adopta el papel de narrador en primera persona mientras encarna a Marlow, un marinero que cuenta su viaje al Congo. El actor va recrudeciendo su interpretación; según avanza la función parece que es succionado por el contexto y, tanto su tono de voz, como su gestualidad, nos van convenciendo más. El argumento de la novela no plantea mucha dificultad. Hablamos de este marinero contratado para indagar, entre otras cuestiones, qué ocurre con un tal Kurtz, el responsable de una explotación de marfil de quien se cuentan todo tipo de leyendas. Un ser misterioso, que como bien remarcaron John Malkovich en la versión cinematográfica que realizó Nicholas Roeg para televisión en 1993 o Marlon Brando en Apocalypse Now, lo había absorbido la fuerza primigenia de la naturaleza hasta vislumbrar su auténtico «¡el horror, el horror!». Y si la trama no es nada compleja; sí lo es el entramado simbólico que se pone en funcionamiento. Creo que es justo reconocer que Darío Facal posee uno de los estilos más sugerentes de la dramaturgia española actual y que en esta ocasión ha logrado profundizar en las esencias de la novela, acentuando cada uno de los motivos casi como si fueran teselas que observamos por separado de un gran mosaico. En primera instancia lo que encontramos es el escenario abierto al máximo tanto longitudinal como verticalmente para que los «dispositivos», las instrumentaciones y los «sets» se desplieguen en un caos que pretende un infructuoso orden (méritos de María de Prado). El viaje por ese Congo del sanguinario Leopoldo II de Bélgica nos devuelve sonidos (el golpeo sobre el tambor de Ass Sabar es brutal y dialoga con el delicado tecleo de José Luis Franco al piano), ecos de los orígenes engarzados, que para los occidentales remiten al génesis bíblico (Ana Vide recita los conocidos pasajes como si fueran una invocación a Yahvé); y, además, imágenes que se proyectan sobre una enorme pantalla y que Javier L. Patiño reparte como un videojockey arqueológico y criminalístico que recoge citas (no faltan Rimbaud, Nietzsche o Jung), fotos (caníbales portando marfil con rostros desangrados) u objetos varios que el espectador puede auscultar una vez terminado el montaje. KC Harmsen interpreta varios papeles; pero ante todo representa la demencia de Kurtz, su definitivo envolvimiento con lo telúrico, con las fuerzas primigenias que lo subsumen en el instinto y en la vesania. Rafa Delgado también puntea el discurso con diferentes intervenciones con una ejecución suficientemente aséptica. El ambiente onírico, caliginoso, se pone en marcha en el instante en el que Marlow asume que su aventura requiere una respuesta y que él mismo se ve impelido por la catástrofe que respira a su alrededor. La pregunta que resumía el planteamiento moral de Kant —¿Qué es el hombre?—, cobra vigencia en un territorio donde parece que la involución es generalizada para el supuesto individuo civilizado. Una de las pegas que se le pueden poner a la estructura del argumento es que el desenlace —una larga conversación entre nuestro protagonista y la prometida de Kurtz, interpretada por Ana Vide, con la sensibilidad inocentona de quien se niega a saber demasiado y prefiere vivir en el engaño—, se extiende tanto que uno pierde el contacto con la potencia implementada en el meollo. El corazón de las tinieblas de Facal me ha parecido un espectáculo formidable que hace sobresalir los arquetipos que bullen en todos los procesos civilizatorios enmascarados en lo político.

El corazón de las tinieblas

Dramaturgia y dirección: Darío Facal

Reparto: Ernesto Arias, Ana Vide, KC Harmsen y Rafa Delgado

Piano / músicas: José Luis Franco

Percusión / músicas: Ass Sabar

Diseño de iluminación: Manolo Ramírez

Espacio escénico: María de Prado

Espacio sonoro: Room 603

Diseño de vestuario: Ana López

Espacio escénico: María de Prado

Diseño de audiovisuales: Javier L. Patiño

Asistente audiovisuales: Mario Alonso

Regiduría: Cristina Otero

Fotografía cartel: Álvaro Serrano / Patricia Fuertes

Diseño de cartel: Sonia Castillo

Prensa: Marian Gómez Campoy (MGC&CO.)

Jefe técnico: Álvaro Delgado

Directora de producción: Cristina Otero

Ayudante de dirección: Javier L. Patiño

Producción: Metatarso Producciones y Teatros del Canal

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 13 de mayo de 2018

Calificación:  ♦♦♦♦

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