Españolas, Franco ha muerto

Ruth Sánchez y Jessica Belda hacen un repaso didáctico a la Transición desde una perspectiva feminista

Se llama sesgo cognitivo y en este caso es femenino. En gran medida la llamada perspectiva de género viene a ser lo mismo. Se obvia el contexto, al otro, las causas que contradicen tu profecía y únicamente te quedas con esos ejemplos donde la mujer es minusvalorada, maltratada o, en caso extremo, asesinada. Españolas, Franco ha muerto cuenta cosas que son verdad; pero soslayando otras que también lo son (y que nos ayudarían a poner en tesitura las primeras). Es una táctica digna del populismo, de la ingeniería social, de la publicidad. Una colección de ejemplos donde la mujer sale malparada intentando provocar la siguiente conclusión: ellos nunca han tenido problemas, al morir el «Generalísimo» les fue cojonudamente. Lo peor que le puede ocurrir al feminismo es que discursee a través de falacias, perdiendo los límites de las circunstancias; ya que se lo pone en bandeja al verdadero enemigo. Los emblemas burdos y desnortados hacen que cada vez más gente se plantee que ese cierto feminismo hegemónico es una insensatez (no llegamos a tal extremo aquí). Quiero decir con esto que Españolas, Franco ha muerto no es una obra intelectualmente honrada y valiosa, es simplemente curiosa, porque nos recuerda que tras la muerte de Franco aún se dieron algunos desajustes dignos de mención. Y afirmo esto, por dos motivos fundamentalmente. Uno, puesto que, insisto, da la impresión de que al morir el dictador a los hombres, en general, les fue de perlas, que no hubo parados, que no tuvieron que ir a la mili ―truncando en muchas ocasiones sus planes vitales―, o que la droga esquilmó a una generación (bastante más que a las mujeres). Afirman las autoras (Ruth Sánchez y Jessica Belda), que su obra: «recoge la voz silenciada de las protagonistas», como si hubiera habido en algún momento una recopilación de las historias de tantos hombres que se han dejado la vida (muchos en el tajo, literalmente) por sacar adelante a su familia. Por otra parte, porque se recalca en el texto la siguiente expresión: «“Paciencia, nos dijeron, es el tiempo de la democracia, no del feminismo”». «Ya han pasado 44 años». Y esta es la idea de fondo en este montaje, que nada parece haber cambiado para algunas, que en cuarenta y cuatro años no se han dado avances gigantescos en pos de la equidad. Sí, equidad. Puesto que buscar la igualdad es un absurdo metafísico. Si todos somos diferentes y anhelamos equilibrar justamente nuestras diferencias, necesitamos equidad: darle a cada uno lo que le corresponde. ¿Por qué no se han ceñido a la época de la Transición? ¿Por qué quieren trasladar ese mensaje de que el feminismo no ha encontrado su momento? ¿Acaso no están siendo fenomenales los triunfos del feminismo? La función discurre con constantes toques de ironía que son de agradecer y que, con frecuencia, le quitan sentenciosidad al asunto; pues el didactismo llega a ser un tanto insolente. La clase de historia para desmemoriados. Si acude algún adolescente no sé qué pensará. La cuestión es que queda muchísima gente viva que ha vivido esa época y que la documentación es bastante más extensa que en otros períodos históricos. Por este motivo, algunos episodios están más logrados que otros. Primeramente, hay que señalar que el ansia por abarcar demasiado en tan poco tiempo (apenas una hora y cuarto) hace que se pase de puntillas y que no se acabe profundizando en casi nada. Es una denuncia detrás de otra; pero sin la hondura dramática de la persona real o del personaje que nos concrete su vivencia. El relato sobre los patronatos de protección a la mujer, esas instituciones adonde acudían muchachas en riesgo de inclusión y que, en ocasiones, terminaban siendo víctimas de malos tratos; además, de las consabidas manipulaciones mentales por vía religiosa resulta muy recurrente. Es verdad que se ha denunciado poco y que merece la pena traer el asunto a colación. La institución desapareció en 1984, como también lo hizo el programa de radio El consultorio de Elena Francis. Quizás, recurrir a un espacio radiofónico que había tenido sus momentos clamorosos durante el franquismo provoque un equívoco. No obstante, es evidente que sirve para manifestar que muchas mujeres carecían de la más mínima educación sexual (pero, ¿quién la tenía en un país tan retrasado y catolicón en esa materia?). No falta el tema del aborto, derecho mínimamente alcanzado por aquellas (quién lo hubiera dicho para nuestra España, que se lograra) y que, como sabemos, hoy cuenta con una ley que parece satisfactoria (aunque la Seguridad Social haga mutis). Las proclamas sobre el cuerpo y la sexualidad darían para una crítica entera; porque es de esos instantes del espectáculo en el que uno es totalmente consciente de que las intérpretes se arrogan la voz de todas las féminas, no solo de las progresistas, obviando la moral imperante. La ponderación no es el fuerte de la obra. Discursos sobre ciertos artículos de la Constitución realmente cuestionables representados como si fuera el 1, 2, 3; pero, otra vez, con pinceladitas. Y, por supuesto, nada de remarcar todo aquello que fue absolutamente positivo (y razonable a todas luces) para todas las mujeres. Guiños aquí y guiños allá al respetable. Música para amenizar la velada con el «Déjame vivir con alegría», de Vainica Doble. Un visto y no visto. Manuela Rodríguez impone su acento andaluz para declamar con energía e introducirse en todos esos papeles por los que debe deambular escuetamente. Como Jessica Belda, quien sabe ofrecernos momentos más gráciles. No queda a la zaga Natalie Pinot, quien gestualmente es auténticamente sagaz. Las tres logran estructurar un montaje que se asienta sobre una escenografía (a cargo de Beatriz San Juan) sencilla, pero sugerente: un hemiciclo como un ruedo en el que torear las embestidas de algunos de esos diputados carpetovetónicos y que dejaron auténticas perlas. La dirección de Verónica Forqué contiene, al menos, una pega que pienso no se debe dejar pasar por alto. El final es abrupto, tiene poco oxígeno; pues la escena carece de templanza para que simbólicamente sea más creíble. Además, me parece que dramatúrgicamente jugar así la baza de la violencia machista ―cuando la función tira más hacia la comedia y la sátira―, no parece muy apropiado. Mucho menos si se recurre al consabido: «Nos están matando». Una vez que la izquierda (izquierda) ha abandonado el concepto de clase, ya solo queda el enfrentamiento entre hombres y mujeres. Algunas mirarán desde arriba refocilándose; mientras que otros se frotarán las manos. Otra oportunidad perdida para comprender mejor las complejidades de una época. Y así seguimos. La culpa es del cisheteropatriarcadofranquista.

Españolas, Franco ha muerto

Texto: Ruth Sánchez y Jessica Belda

Dirección: Verónica Forqué

Reparto: Manuela Rodríguez, Natalie Pinot o Roser Pujol y Jessica Belda

Diseño de iluminación: Lola Barroso

Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan

Ayudante de dirección: Xus de la Cruz

Ayudante de producción: Sara Brogueras

Producción ejecutiva: Elisa Fernández

Dirección de producción: Miguel Cuerdo

Una coproducción de Lazona y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 15 de marzo de 2020

Calificación: ♦♦

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