Una novelita lumpen

Rakel Camacho ha realizado una adaptación fiel y procaz de la novela que publicó Roberto Bolaño en 2002 poco antes de morir

Foto de Javier Jarillo

Diríamos que esta novela era, a priori, difícil de llevar a escena porque contenía demasiado sexo y venía cargada por una atmósfera decadente y nihilista que no encontraba fin. La obra había sido encargada a Bolaño para participar en una colección donde los escritores afincarían sus textos en una ciudad importante. El escritor chileno estaba sentenciado a muerte y sus últimos años de vida (murió al cumplir la cincuentena) estuvieron destinados a terminar su magna obra ―cinco novelas en una―, 2666, que fue llevada a escena en un grandioso montaje por Álex Rigola (la pudimos ver en 2008 en el Matadero), quien también se atrevió con el relato El policía de las ratas. Por otra parte, Una novelita lumpen tuvo su versión cinematográfica titulada Il futuro (2013), dirigida por Alicia Scherson; aunque careció de resonancia aquí en España, y, desde luego, merece la pena su visionado. Consideremos que la sensación que genera la lectura de la novela es que está esbozada una estructura que abre posibilidades mayores; pero que se ataja en ciertas descripciones y que se corta abruptamente en el tratamiento de algunos personajes; por eso parece hecha a medias, como un cuento que se alarga o como una extensa novela que se reduce para cumplir con el encargo. Lo cierto es que, en este sentido, la teatralización complementa visualmente algunas de esas recurrentes elipsis. Es fundamental tener en cuenta ―al escuchar el breve prólogo, nos podemos perder― que estamos ante un recuerdo, un flashback, que su protagonista emite: «Ahora soy una madre y también una mujer casada; pero no hace mucho fui una delincuente». Temporalmente nos situamos en un presente cercano ―usan teléfonos móviles―, Bianca y Tomás, de unos dieciocho y unos diecisiete años, se han quedado huérfanos, pues sus padres han tenido un accidente automovilístico. Nos encontramos en Roma, y ahora deben tomar serias decisiones sobre su futuro. La mínima pensión que les queda nos les llega más que para comer. Trabajar, acabar el instituto, dejarse llevar por el azar. Las introspecciones de ella y cierto aire lisérgico que Rakel Camacho ha difuminado sobre su montaje con diversas y sutiles coreografías ―pensadas por Julia Monje― que buscan, además, la parálisis del tiempo, extienden la percepción de shock, de la madurez repentina que los acontecimientos exigen, mientras cierta anomia les permite tomar resoluciones inconsecuentes. Por otra parte, hay que destacar el estilo de la directora, de quien podemos recordar La donna immobile, ya que no rehúsa plasmar toda la potencia erótica y sexual que destila el libro. Por eso puede resultar una propuesta algo controvertida para cierto público. El argumento avanza cuando el hermano hospeda a un individuo (el boloñés) un tanto sospechoso, un tipo más mayor que él, un culturista que ha conocido en el gimnasio ―ha sido una buena decisión cargarse a uno de los personajes, al libio; porque tampoco aportaría gran cosa―. Trigo Gómez tiene pinta de chulo putas de barrio fluorescente, un horterilla que cumple perfectamente con las labores del hogar y que no pierde la oportunidad de follarse a la hermana con generosa frecuencia. Es un papel ejecutado con fuerza inicialmente; pero que pierde fuelle en el desarrollo; sobre todo porque da la impresión de que oculta algo y luego resulta que no. En cuanto a Tomás, Diego Garrido parece un poco blando, con un carácter de quiero y no puedo. Quien verdaderamente sobresale y se entrega corporalmente es Rebeca Matellán. Su exposición es salvaje. Su despelote total. Sus escenas de sexo rozan la práctica real. Lo pornográfico es parte de la estética, tanto por las películas que el hermano ve obsesivamente (y que nosotros contemplamos en dos viejas televisiones), como por las labores como prostituta de ella. Prostituta sui géneris. De manera fortuita, en el aburrimiento que produce trabajar como peluquera, surge una misión arriesgada que consiste en descubrir la caja fuerte en la mansión de un exactor y excampeón de culturismo. Maciste es un gigante ciego, un grandullón que en esta adaptación nos parece mejor persona que en la novela. Un Jorge Kent rapado, completamente afeitado y que también se debe despelotar para nosotros ―un rol que requiere un ajuste preciso y que el actor logra―. Caen chorros de linimento sobre su cuerpo mientras las delicadas manos de Bianca lo esparcen. Cuerpos embadurnados en la erotización de la bella y de la bestia, sándwiches, ver en la oscuridad y joder salvajemente. Un ritual extraño para una jovencita que se lo toma sin cuitas morales, con un empoderamiento donde el miedo ha sido aplacado. Es ahí cuando vuelve a funcionar esa aura onírica de despersonalización que se potencia con la iluminación de Mariano Polo y la música electrónica de Sammy Metcalfe. En cuanto a la escenografía de Mireia Vila, me parece que nos sirve visualmente para hacernos una idea de los diferentes espacios por los que atraviesan los personajes; pero que, para la sala pequeña de El Pavón, resulta algo agobiante pretender que los actores se muevan con cierta libertad entre tantos elementos, sobre todo bancos de gimnasio (hasta el grifo con el que lava las cabezas en la peluquería). El asunto es que la postura nihilista se va recargando, es un lumpen peculiar, como si fuera una excursión, un pie en el fango y otro en el mundo de las reglas cívicas. Por eso parece que se atasca, que no se dirige a ningún lugar concreto y que se cancela en el acontecimiento inconcluso. Una novelita lumpen es una propuesta que posee elementos muy atractivos y provocadores.

Una novelita lumpen

De Roberto Bolaño

Adaptación y dirección: Rakel Camacho

Intérpretes: Rebeca Matellán, Jorge Kent, Diego Garrido y Trigo Gómez

Escenografía: Mireia Vila

Iluminación y fotografía: Mariano Polo

Música original: Sammy Metcalfe

Audiovisuales: Javier Jarillo

Vestuario: Vanesa Actif

Coreografía: Julia Monje

Ayudante de dirección: Manuel Agredano

Una producción de La Intemerata

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 15 de marzo de 2020

Calificación: ♦♦♦

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