El hombre almohada

David Serrano adapta y dirige la célebre obra de Martin McDonagh protagonizada por Ricardo Gómez y Belén Cuesta

El hombre almohada - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

La historia que Martin McDonagh estrenó en 2003 es, en sí misma, una fábula que encierra otras muchas fábulas que recorren los miedos y las angustias más atroces con el esplendoroso motivo de la catarsis. Función primordial de la fantasía y de la imaginación que, en muchos casos se desprecia, con ánimo sobreprotector. Pues recordemos que muchos de los célebres cuentos de los hermanos Grimm, de Perrault o de Andersen, por poner algunos ejemplos, tienen un final demoledor que se le ha usurpado a los niños de las últimas décadas. Forma parte de la actualidad el debate sobre la influencia en los jóvenes de la violencia en las películas o en los videojuegos (algunas investigaciones demuestran que sí puede influir en la percepción que se tiene de la violencia, sobre todo en algunos individuos concretos). Esta cuestión la vimos reflejada precisamente también en los Teatros del Canal con La tristeza de los ogros, obra con ciertos paralelos con El hombre almohada. El marco —aceptemos que estamos en un país totalitario no identificado— es el propio de un thriller de aquellos que se ocupan de asesinos en serie peculiares, de sicópatas con obsesiones recurrentes, como en Seven, en Zodiac o en True Detective (se podrían nombrar cientos). Un modus operandi a exponer y a desarrollar. Una hipótesis más que razonable. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda nos aísla a todos en un sótano desportillado, desolado, húmedo y ocupado por una cama roñosa y textos grapados por aquí y por allá. Produce una extraordinaria sensación de profundidad la enorme apertura en el techo atravesada por tuberías. Una ambientación muy pertinente y que seduce aún más si cabe con la iluminación de Cornejo, fundamentalmente cuando se entenebrece. Belén Cuesta, quien ya había trabajado con este director en Los universos paralelos, se convierte en la principal protagonista, Katurian Katurian, una joven que trabaja en un matadero y que escribe cuentos marcados por el leitmotiv de la crueldad sobre los niños. Por eso afirmaba que recogen la verdadera tradición cuentística que con tanto fulgor se materializó durante el siglo XIX bajo la estela del Romantiscismo, en su afán por recoger leyendas medievales y de la antigüedad como El flautista de Hamelín. Creo que David Serrano ha dejado demasiada «libertad» a la actriz para mostrar su natural ironía, esa inocencia que hemos observado en otros trabajos suyos. Resulta un tanto inverosímil si aceptamos la interpretación más lógica que podemos establecer de esta obra; o sea, la de una mujer que encuentra en la literatura más mordaz su propia salvación anímica, pues se ha pasado media vida escuchando gritos que, después, resultaron ser de su hermano torturado por sus padres. Con esto quiero decir, que el humor que expele —la adaptación del texto del propio David Serrano con la elección de algunas palabras favorece la gracia—, tan acibarado, a veces, que dulcifica la situación y la hace menos creíble; pues Cuesta, aunque realiza, en general, un trabajo de gran compunción, no llega a manifestar un gran dolor. Y esto nos aleja de la idea de compasión, la que de alguna manera posee el hombre almohada, y nos hace pensar más en una egoísta que anhela trascender con su obra literaria (su insistencia con que se conserve tras su muerte es patente). Por otra parte, resulta un tanto repetitivo el interrogatorio según nos aproximamos al desenlace. Principalmente, porque los detectives van perdiendo aplomo y ya no resultan tan fieros. La decisión de ejecutar tanto a Katurian como a su hermano está casi tomada, pues las pistas parecen inequívocas. De hecho, vemos a la protagonista moverse entre esos dos tipos tan inquisitivos con cierta comodidad en ocasiones. Manuela Paso hace de Tupolski, el poli «bueno», una tía tan aviesa como misteriosa —con sus propios traumas. Como todos—, y va ganando en incisión; sobre todo, además, puesto que su compañero, Juan Codina, Ariel, va desesperándose definitivamente. Furibundo y agrio, casi una traslación del Marat que ha estado representando hace unos meses. Uno de los puntos de mayor interés en esta propuesta es la presencia de Ricardo Gómez encarnándose en Michal, un muchacho algo retrasado, lento, al que parece que los cuentos de su adorada hermana le han parecido tan entretenidos y fascinantes, como inspiradores. Es en él donde confluye la otra paradoja. Para Michal los cuentos no son un acto creativo de ficción que puedan funcionar como terapia de choque como a Katurian; sino una plasmación de ejemplar de lo que para él es algo normal. El actor demuestra una gran composición de su personaje con esas tartamudeces pertinaces, y una gama de gestos (rascarse el culo) que refuerzan su ingenuidad y su aparente simpleza. Pienso que, de una forma equilibrada, dadas las circunstancias, consigue transmitir su ilógica inmadurez, tras el daño irreparable que le han propinado sus padres. De mayor importancia si cabe, de hecho, es el engranaje metaliterario que más puede seducirnos, es la inclusión de algunos cuentos contados enteros, que sirven indirectamente para que el público, al igual que los investigadores, rearme el conflicto y su resolución. En esto, el autor, Martin McDonagh, de quien se pudo ver hace unos años la adaptación de El cojo de Inishmaan, va hasta las últimas consecuencias en vesania y en intentar sujetar cada cabo suelto con una remisión fabulística, como ocurre con el cuento de «El cerdito verde». Aunque, por supuesto, el cuento de «El hombre almohada», todo un inductor compasivo al suicidio reparador, muy indicado para niños que han sufrido demasiado en su infancia, es el más significativo. Lo que no funciona tanto es cuando se nos cuenta una de estas historias directamente, frente a nosotros, como en el que se explica lo que hizo Katurian a sus padres, en lugar de la forma dialogada; sobre todo, porque parece una digresión que ralentiza el asunto. Muy original y satisfactoria es la manera de representar con máscaras, entre cinematográfica y guiñolesca, el cuento de «La niña Jesús». Funciona como enlace idóneo para adentrarnos en la escena dos del segundo acto (para nosotros, la segunda parte). Otros de los aspectos a tener en cuenta es si Serrano ha acertado con el ritmo que ha impuesto. Quizás, en un montaje de menor duración sería más llevadero; pero creo que se demora con los interrogatorios, con entradas y salidas que enlentecen el espectáculo, máxime cuando se requiere tiempo para cada uno de los cuentos que se relatan. Tener que hacer una pausa te saca de una ambientación agónica. No revelaré cómo termina la primera parte; pero no se debe dejar al espectador sin respiración (y no solo al espectador), cuando se alcanza un momento tan álgido en la relación de los hermanos; porque luego el estado de ánimo es distinto. Por otra parte, parece que el director se resiste a la crudeza y apuesta más por una comicidad insolente. Parece que Serrano quiere buscarles cierto lado amable a las cosas, y eso es a lo que nos tiene acostumbrado. Véase, últimamente Los asquerosos o Los hijos. De todas formas, el proyecto que más entronca con este es Port Arthur, donde un joven sicópata era interrogado por unos policías. En cualquier caso, El hombre almohada se sustenta en un texto cargado de aspectos muy interesantes a los que merece atender, y se logra una atmósfera dramática en muchos instantes de una sordidez inquietante.

 

El hombre almohada

Autor: Martin McDonagh

Dirección y adaptación: David Serrano

Reparto: Belén Cuesta, Ricardo Gómez, Juan Codina y Manuela Paso

Iluminación: Juan Gómez Cornejo (A.A.I.)

Diseño de escenografía y máscaras: Ricardo Sánchez Cuerda

Vestuario: Yaiza Pinillos

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Audiovisuales: Emilio Valenzuela (A.A.I.)

Ayudante de dirección: Nacho Redondo

Movimiento escénico: Carla Diego Luque

Comunicación: Ángel Galán

Diseño cartel: Carmen García Huerta

Fotografías promoción y cartel: Javier Naval

Fotografías de función: Elena C. Graiño

Realización de escenografía: Mambo Decorados y Sfumato

Realización de máscaras: Morboria

Realización de utilería: Ricardo Sánchez Cuerda

Realización de vestuario: Sastrería Cornejo

Técnico de iluminación: Daniel Alcaraz

Maquinista-sonidista: Fernando Díaz

Gerente-regidora: Ana Gardeta

Transporte: Taicher

Producción ejecutiva: Lola Graiño

Dirección de producción: Ana Jelin

Producción general: Producciones Teatrales Contemporáneas

Coproducción: Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid, Producciones Abu, Milonga Producciones, Vértigo Tours, Som Produce, Gosua, Teatro Picadero, Anexa

Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 20 de junio de 2021

Calificación: ♦♦♦

Marat-Sade

Luis Luque presenta en el Matadero una versión espectacularizada de la obra de Peter Weiss, con una clara pátina pop

Foto de Jesús Ugalde

Si uno de los hitos teatrales del siglo XX se quiere seguir representando para lograr significancia en el público contemporáneo, y asumir las resonancias sobre luchas que hoy, de formas mucho más sofisticadas, siguen vigentes; entonces es muy conveniente apostar por otras vetas estéticas. Eso ha pretendido Luis Luque con suficiente riesgo; lo que nos deja como resultado un balance positivo y satisfactorio. Primeramente, hay que destacar la escenografía que ha ideado Monica Boromello para la sala Fernando Arrabal del Matadero. El sanatorio más limpio jamás imaginado, tan moderno como pulcro; aunque no se vean, uno podría imaginarse cámaras vigilándolo todo. Es una diafanidad tan gigantesca que, en ocasiones, cuesta llenarla a pesar del extenso elenco. Posee una luminosidad (David Hortelano potencia la blancura torticera) que redunda en una asepsia que va más allá de lo aparente ―como veremos―. La bañera de Marat ocupa el centro como el sarcófago (dispuesto para devorar esa insoportable dermatitis seborreica) donde se hospeda el «amigo del pueblo». En esa geometrización, otro prisma se alza al fondo como un dios de la razón en el que se plasman las impactantes e ilustrativas proyecciones de Bruno Praena. Creo que lo más sugerente de todo el montaje es la música de Luis Miguel Cobo y la interpretación que de ella realizan los cuatro cantores, la banda de rock, con la compacta y lisérgica coreografía de Sharon Fridman. Sigue leyendo

Luces de bohemia

El Teatro María Guerrero acoge esta versión austera sobre el drama clásico de Valle-Inclán

No parece nada extraño que Alfredo Sanzol nos ofrezca una visión tan desnuda de la obra magna de Valle-Inclán; pues de forma parecida se acercó a otros clásicos como el Edipo Rey y, la temporada anterior, a La dama boba. El asunto es si esta idea tan distanciadora, austera y hasta feísta, nos conmueve más, nos aproxima de un modo más profundo a la esencia del texto y nos hace ganar artísticamente. Pienso que no, que despojar a Luces de bohemia de las calles de Madrid es dejarnos sin el referente contra el que se debe estampar la pasión expresionista de su antihéroe. Ya sé que la imaginación también se pone a funcionar; pero aquí los elementos estéticos que se lanzan nos procuran una sensación de despojo de los protagonistas. Por esta vez, la escenografía ―no así el vestuario― de Alejandro Andújar me parece insuficiente, no porque el uso de grandes espejos no sea una buena idea; sino porque su manejo parece repetitivo y poco propenso a generar esos juegos de equívocos y de distorsiones; como cuando nos adentramos en algunas de las atracciones de algunas ferias, donde podemos llegar a temblar ante la presencia de nuestra propia imagen. En escena deambulan dos grandes espejos, como si fueran simples muros de fachadas inexistentes. Luego, en una decisión, diríamos que provocadoramente sutil del director, Max Estrella describe el esperpento, no ante los espejos cóncavos del callejón del Gato; sino ante su reverso, ante una oscuridad renegrida de muerte. Sigue leyendo

Islandia

El Teatro María Guerrero acoge esta fábula de estilo dickensiano sobre la crisis económica, firmada por Lluïsa Cunillé

Podríamos afirmar que si alguien presenta un proyecto teatral bajo el binomino Islandia-crisis económica, es muy probable que se imaginara una representación de las transformaciones radicales ―no solo financieras― que se dieron en este pequeño país después de la debacle ocurrida en 2008. Al saber que la obra fue escrita en 2009, entonces, uno tendería a pensar que vaya mala suerte, que ha elegido la nación arruinada que más éxito tuvo en los siguientes años a la hora de recuperarse tras el hundimiento mundial. Bien, pues tras salir de la función, no queda más que creer que efectivamente ha sido Islandia, como podría haber sido cualquier otro lugar afectado, para tomar el punto de partida; porque el desarrollo del montaje vive ajeno a las complejidades bursátiles, a los destrozos sociales, a la sofisticación tecnológica de la actualidad y a una verosímil emulación de nuestro estado contemporáneo. Es verdaderamente sorprendente que una dramaturga veterana como Lluïsa Cunillé haya escrito un texto tan simplón y, lo que es peor, que haya sido alabada por ciertas personalidades del mundillo teatral. Sigue leyendo

El público

Àlex Rigola lleva a Lorca hacia la esencia de su intimidad en una propuesta sublime, con exquisito cuidado y detalle

El público (2)Adentrarse en una obra como El público y en un autor como Lorca, en esa etapa que inició allá por 1929 hacia el surrealismo, implica una ensoñadora aventura que busca la intimidad de alguien en constante huida. No debemos hablar, en concreto, de lo que cuenta el texto, sino más bien de lo que quiere expresar. El público posee tantos estilos como capas se imbrican en la escena; desde su lenguaje conceptista, barroco, de evocaciones oníricas, que configura el mimbre del resto de niveles, hasta el metateatro, no solo porque se representa otra obra, Romeo y Julieta, sino porque se habla del hecho teatral, como si los personajes fueran críticos de su propio oficio, pasando por saltos en el tiempo y el espacio repletos de un sensualismo que hiere entre la manifestación sincera, la evidencia del amor en los hombres y la defensa de las pulsiones. Es, en definitiva, un cuadro cubista, una deconstrucción del mundo lorquiano y, en manos de Àlex Rigola, una experiencia estética montada con exquisito cuidado y detalle. Sigue leyendo