Luces de bohemia

El Teatro María Guerrero acoge esta versión austera sobre el drama clásico de Valle-Inclán

No parece nada extraño que Alfredo Sanzol nos ofrezca una visión tan desnuda de la obra magna de Valle-Inclán; pues de forma parecida se acercó a otros clásicos como el Edipo Rey y, la temporada anterior, a La dama boba. El asunto es si esta idea tan distanciadora, austera y hasta feísta, nos conmueve más, nos aproxima de un modo más profundo a la esencia del texto y nos hace ganar artísticamente. Pienso que no, que despojar a Luces de bohemia de las calles de Madrid es dejarnos sin el referente contra el que se debe estampar la pasión expresionista de su antihéroe. Ya sé que la imaginación también se pone a funcionar; pero aquí los elementos estéticos que se lanzan nos procuran una sensación de despojo de los protagonistas. Por esta vez, la escenografía ―no así el vestuario― de Alejandro Andújar me parece insuficiente, no porque el uso de grandes espejos no sea una buena idea; sino porque su manejo parece repetitivo y poco propenso a generar esos juegos de equívocos y de distorsiones; como cuando nos adentramos en algunas de las atracciones de algunas ferias, donde podemos llegar a temblar ante la presencia de nuestra propia imagen. En escena deambulan dos grandes espejos, como si fueran simples muros de fachadas inexistentes. Luego, en una decisión, diríamos que provocadoramente sutil del director, Max Estrella describe el esperpento, no ante los espejos cóncavos del callejón del Gato; sino ante su reverso, ante una oscuridad renegrida de muerte. Además, la iluminación de Pedro Yagüe, en el espacio inmenso de un escenario tan deshabitado que le vemos hasta las tramoyas, resulta cargante, excesiva. En definitiva, visualmente es una función con poco atractivo y muy dispersa, tanto como para transmitir frialdad en la mayor parte de las escenas. Lo que más sobresale de este montaje es su elenco; pues está compuesto por un grupo de actores que sabe transmitir el ingenio valleinclanesco ―incluida la morcilla de Sanzol sobre el rey Juan Carlos I y el famoso caso de su cacería―. Por encima de todos, la representación que realiza Chema Adeva de su Don Latino de Hispalis, contiene todos los matices que uno pueda esperar y una disposición inmejorable hacia la catástrofe de bohemio borrachuzo; aunque también entrañable. Quizás, al Max Estrella de Juan Codina le falten algunos años en su caracterización (se le ve hasta ágil en algún momento); de cualquier manera, la interpretación es fructífera y creíble. Otra cuestión es el amaneramiento de los modernistas, con Kevin de la Rosa a la cabeza, que los transforma en unos petimetres un tanto anacrónicos. Me han gustado mucho Paula Iwasaki y Jesús Noguero. La primera porque brilla cuando se mete en papeles realmente marcados, como aquí La Pisa Bien, una fulana con trapío que vende boletos de lotería y otros servicios repletos de jolgorio. Y el segundo, porque el borracho y su «cráneo previlegiado» necesitaban una sobredimensión decadente como la que podemos observar ―que se une con igual género al sereno tullido de Jorge Kent―. Por otra parte, está Ángel Ruiz, que es un actorazo y nunca falla, su Serafín el Bonito y su Rubén Darío son delicados. Detalle generoso es situar a Jorge Bedoya al piano creando ese aire de café macilento y cabaretero, de trifulca y de conversación con altos y bajos vuelos intelectuales (la música y el espacio sonoro es de Fernando Velázquez, y el buen ritmo de la parte central depende mucho de él). Si nos ponemos exquisitos, quizás se le pudiera echar en cara a don Ramón que, desde la muerte de Max hasta el final, la obra se extiende en demasía, que el paseo por el cementerio con Darío y el marqués de Bradomín es comprensible, puesto que los padres del modernismo hispánico deben despedir a ese trasunto de Alejandro Sawa y a ese álter ego del propio autor; pero se hace larga. No obstante, Luces de bohemia posee tal riqueza literaria, muestra con tal destreza el estilete que se le pretendía aplicar a España, que el recorrido por las calles de Madrid, desde la imaginación y desde el simbolismo, es un itinerario ineludible para cualquier amante del teatro.

Luces de bohemia

Autor: Ramón del Valle-Inclán

Dirección: Alfredo Sanzol

Reparto: Chema Adeva, Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Juan Codina, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Jesús Noguero, Ascen López, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Ángel Ruiz, Kevin de la Rosa y Guillermo Serrano

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar

Iluminación: Pedro Yagüe

Música y espacio sonoro: Fernando Velázquez

Caracterización: Chema Noci

Ayudante de dirección: Beatriz Jaén

Ayudante de escenografía: Liza Bassi

Ayudante de iluminación: Enrique Chueca Peña

Ayudante de vestuario: Carmen Mancebo

Diseño de cartel: Javier Jaén

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 25 de noviembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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