La dama boba

Una dinámica versión de Alfredo Sanzol para la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, donde el amor es el revulsivo de la estupidez

Como viene ocurriendo en los últimos años, los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ofrecen un contrapunto de enorme calidad a las propuestas de los mayores. En esta ocasión, Alfredo Sanzol se ha puesto en la dirección para versionar la popular comedia de Lope, La dama boba. Ha tomado la decisión de modernizar ciertos aspectos que, ya adelantamos, producen un cariz demasiado juvenil al montaje, aunque más respetuoso con las mujeres. Para empezar, ha desistido de emplear una escenografía como tal, no obstante, Alejandro Andújar la firma. Nos situamos en una configuración circular en la sala pequeña (la Tirso de Molina), del Teatro de la Comedia, por donde los artistas revolotearán sin freno. El vestuario directamente es el que uno se puede imaginar para estos chicos cuando vayan por la calle. En este sentido es más «urbana» de lo que ya es la propia obra. Por lo tanto, los esfuerzos primordiales se han volcado hacia la pura interpretación del verso y a un movimiento que, ya digo, aprovecha todos los recovecos posibles; ya sea entre las gradas o subiendo las escaleras de acceso al altillo, que vienen que ni pintadas para representar el desván donde se deben esconder los amantes. En otro aspecto es juvenil, porque, concretamente el personaje de Otavio, el padre de las dos muchachas, es interpretado por Daniel Alonso de Santos, que resuelve con presteza y sobriedad; pero que es mucha convención teatral considerarlo el progenitor de dos jóvenes casaderas. Igual que en Fuente Ovejuna se echó mano del veterano Jacobo Dicenta, aquí se podría haber hecho lo mismo. Y, por último, el rejuvenecimiento de la función, además, se refiere a alguna morcilla como incluir 50 sombras de Grey, dentro de la lista de lecturas instructivas de la dama, entre Cervantes, Herrera y Mateo Alemán. Un guiño gracioso, como otros más gestuales que serán la delicia de los bachilleres. En conclusión, son los actores los que cargan con el peso de dar credibilidad y comicidad a esta trama de amores y de dineros. Porque La dama boba señala ese gran tema de los matrimonios y sus conveniencias —como ahora podemos también descubrir sobre las tablas en Dos nuevos entremeses, «nunca representados». Primeramente aparece Jimmy Castro, en el papel de Liseo, un caballero que viaja a Madrid con la intención de casarse con Finea, una mujer que aún no ha visto; pero que dispone de una dote ciertamente abultada. El actor, a lo largo de la función, vuelve a demostrar —como ya hizo en Pedro de Urdemalas— su soltura y su versatilidad, tanto para lo serio como para lo cómico, incluida la interpretación musical. Viene acompañado de su criado Turín, un David Soto avispado y donjuanesco. El otro galán en liza es Pablo Béjar, quien encarna a Laurencio con una manifiesta madurez actoral. Aquí disfruta de gran protagonismo y sabe ofrecer las dosis justas de ímpetu en su estratagema: si bien inicialmente la belleza y la inteligencia de Nise lo cautiva —a la vez que es correspondido en la atracción—, después acepta que su baja condición le obliga a optar por la hermana más pudiente, la boba. Por lo tanto, el enredo es claro y el intercambio de futuras esposas también. Finea es acogida por Paula Iwasaki, y la actriz —como hiciera en La villana de Getafe— se emplea a fondo para hundir en la tontuna a la pobre dama y para proporcionarle todo el hervor que necesita hasta lograr que se transforme en una mujer astuta y muy consciente de su estatus, como si hubieran actuado sobre ella Pigmalión y Afrodita. No solo sus desesperados maestros, sino que, sobre todo es el amor quien la eleva en conocimiento. Tal cual dice: «Agora vengo a entender  / solo con esa advertencia, / por qué se andan tras nosotras / los hombres, y en unas y otras / hacen tanta diligencia […]». Y continúa su criada Clara, una Silvana Navas, pizpireta, ruda y resuelta a partes iguales: «¡Sabia estás!». Remata aquella: «Aprendo ya, / que me ensaña amor quizá / con liciones de cuidados». Quizás demasiado fulgurante esa metamorfosis o demasiado elíptico el proceso de «iluminación». Por su parte, Nise, viendo el despertar de su hermana, comprueba que su Laurencio se le ha escapado; mientras ella es pretendida por Liseo. La firmeza de Georgina de Yebra se marca en cada uno de los gestos de su cara. A su lado siempre está su criada, Celia, interpretada por Cristina Arias, con una agilidad y una chulería fenomenal. Cierran el elenco, Kev de la Rosa, que hace de maestro de danza (toda una caracterización a lo Freddie Mercury pasado por el tamiz de Berto Romero); Marçal Bayona, que no solo interpreta a Miseno, amigo y consejero de Otavio, sino que, además, participa como músico con su clarinete; Miguel Ángel Amor toma al caballero Duardo para darle un tono ingenuo; y, finalmente, José Fernández, posee pequeños papeles como Feniso y Leandro. Claramente, la versión de Alfredo Sanzol tira por la vía del humor sin complejos, logrando un divertido espectáculo que se disfruta ampliamente y, donde triunfa tanto la inteligencia como el amor, como bien se encarga en recalcar en la cancioncilla final. En definitiva, La dama boba que aquí se nos presenta contiene el encanto y el atractivo necesario —sin perder el verso y el magisterio de Lope—, para que un amplio público quede fascinado.

La dama boba

Autor: Lope de Vega

Versión y dirección: Alfredo Sanzol

Reparto: Jimmy Castro, David Soto Giganto, José Fernández, Daniel Alonso de Santos, Marçal Bayona, Georgina de Yebra, Cristina Arias, Paula Iwasaki, Kev de la Rosa, Silvana Navas, Miguel Ángel Amor y Pablo Béjar

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Iluminación: Pedro Yagüe

Composición musical: Fernando Velázquez

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 30 de diciembre de 2017

Calificación: ♦♦♦

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