Islandia

El Teatro María Guerrero acoge esta fábula de estilo dickensiano sobre la crisis económica, firmada por Lluïsa Cunillé

Podríamos afirmar que si alguien presenta un proyecto teatral bajo el binomino Islandia-crisis económica, es muy probable que se imaginara una representación de las transformaciones radicales ―no solo financieras― que se dieron en este pequeño país después de la debacle ocurrida en 2008. Al saber que la obra fue escrita en 2009, entonces, uno tendería a pensar que vaya mala suerte, que ha elegido la nación arruinada que más éxito tuvo en los siguientes años a la hora de recuperarse tras el hundimiento mundial. Bien, pues tras salir de la función, no queda más que creer que efectivamente ha sido Islandia, como podría haber sido cualquier otro lugar afectado, para tomar el punto de partida; porque el desarrollo del montaje vive ajeno a las complejidades bursátiles, a los destrozos sociales, a la sofisticación tecnológica de la actualidad y a una verosímil emulación de nuestro estado contemporáneo. Es verdaderamente sorprendente que una dramaturga veterana como Lluïsa Cunillé haya escrito un texto tan simplón y, lo que es peor, que haya sido alabada por ciertas personalidades del mundillo teatral. Sentenciemos que falla tanto la forma como el contenido, y si no fuera por la escenografía de Max Glaenzel ―una atractiva recreación de una estación de metro, que sirve, además, como sala de espera de hospital y como bancada de una catedral, entre otros microespacios realmente logrados y que ofrecen un ambiente creíble (probablemente se le podría haber sacado más partido a esos anuncios publicitarios en las pantallas con individuos que se mueven a cámara hiperlenta  bajo lemas irónicos en inglés; no obstante, son un detalle persuasivo)―; el conjunto sería inane. Es como trasladar el estilo dickensiano del XIX al Nueva York post 11S y post Lehman Brothers. Es decir, no la ingenua visión de su protagonista adolescente, sino la perspectiva reduccionista de la autora. La ciudad que nunca duerme sumida en el silencio, apenas unos ladridos, un avión. ¿Dónde está la algarabía, el bullicio, las ambulancias, las gentes de todo tipo, la durísima marginalidad de drogas y de alcohol, las ratas como gatos? La propuesta transcurre como en cápsulas aisladas, solitarias, de una duración muy similar y rellenadas con conversaciones ciertamente anodinas de las que debemos entresacar, entre repeticiones («soy de Islandia», «¿dónde queda eso?»), alguna conclusión sobre la crisis; aunque la mayoría de los personajes tengan el aspecto de esos «apestados» que el sistema siempre ha mirado de reojo. Además de las pinceladas didácticas sobre los tipos de nubes, los viajes vikingos, etc. Desde luego no dan esa impresión de ser clase media hundida sorpresivamente por las hipotecas basura: señal de la profundidad del agujero. Y, la verdad que, si bien la primera escena no auguraba nada bueno ―tediosa e inconsistente―, contenía un hallazgo surrealista, uno de esos desdoblamientos que solo ocurren en los sueños. Nos situamos en Reikiavik, en la habitación de un apartamento. Jordi Oriol, quien acomete con buen tono la duda y unas pizcas de estoicismo, es un hombre que trabajaba en un banco y ahora lo han despedido. Pretende viajar a Nueva York y lo tiene todo preparado. Inesperadamente, una joven, una camarera, que Paula Blanco interpreta marcando en exceso las entonaciones de las preguntas, se ha colado en su casa creyendo que allí vive otra persona. Cuando llevan un buen rato dialogando, de debajo de la cama, como si fuera el insecto de Kafka recuperado en su ser no atormentado, sino esperanzado, sale un quinceañero que se dispone a viajar a la ciudad de los rascacielos. Ahí se atisba una dirección, el inicio de una alegoría con el chaval como metáfora de la inocencia que quiere labrarse un futuro como cantante de ópera, pero antes ha de encontrar a su madre. Aunque si todo es una ensoñación, resulta bastante real; y si es realista, resulta bastante inverosímil. A partir de aquí, una vez llegado a la Manhattan, realizará su breve periplo de novato. Primero se topará en un vagón de tren con un peculiar «inventor» (Joan Anguera trabaja desde una generosa afabilidad), del que obtendrá una caja blanca con el supuesto invento para crear nubes y que llevará toda la función (una especie de gancho, un símbolo sobre la confianza en los demás). Allí aparecerá Oriol Genís, que hace de médico, y pone cierta sensatez en la charla. El tono naíf se va imponiendo; pocos elementos te llevan a reflexionar en el presente. La siguiente estación es con Lurdes Barba, la típica anciana algo locuela que vive de vender cachivaches. Después llegará a la perrera para toparse con Robinson, el vigilante, un Albert Prat, cascarrabias y beodo, con el que dormirá en su garita. Lo cierto es que Abel Rodríguez me parece convincente; no lo tiene fácil ni por su edad, ni por el protagonismo absoluto que debe arrastrar; pero su personaje es contradictorio. Cuesta creerse a un adolescente con la educación que se estila en Islandia (y este parece un chico respetuoso y cabal), que sea tan sumamente ingenuo y que vaya dando su dinero por ahí o que duerma con un desconocido, etc. Si se hubiera exprimido la posibilidad del ensueño todavía podríamos tomárnoslo en serio. Tirando del hilo llega a Wall Street (tampoco nos pensemos que vamos a asistir a una crítica acerba de las tropelías de los brókers y sus amos). Allí sitúa su puesto de perritos y hamburguesas Delamarche, el marido de su madre. En su breve intervención, Juan Codina le da suficiente carácter a este tipo que perdió su carnicería jugando al póker. Albert Pérez, un ex corredor bursátil que aún flirtea (con su chaqueta verde envejecida bien ajustada) con seguir formando parte del circo (si es que en algún momento ha formado parte de él). Finalmente, se encuentra con su madre en la Catedral de san Patricio. Lucía Quintana, dedicada a echar las cartas, compone su papel con compunción sostenida. No parece que se alegre o se sorprenda de que su hijo aparezca por ahí, ni de que le interesen sus buenas notas, ni de que se vaya a largar de vuelta a su país. Es una situación incomprensible que solo es aceptable mínimamente en la esfera de lo fabulístico. Poco se puede concluir de unos diálogos tan indecisos que apenas trasvasan lo cotidiano desde una aridez y una melancolía habituales en esa urbe. Este retrato no nos lleva, como afirma el director Xavier Albertí, «a escuchar los estragos de la crisis»; porque se refleja el mundo de los marginados que llevan decenios poblando las calles de las grandes ciudades del planeta. El texto de Lluïsa Cunillé tenía los espectadores idóneos para hablar del «crash» que hemos vivido, aunque fuera desde el otro lado del océano; pero su mirada no permea hacia el exterior, aquel que ha sido golpeado devastadoramente.

Islandia

De Lluïsa Cunillé

Dirección: Xavier Albertí

Reparto: Joan Anguera, Lurdes Barba, Paula Blanco, Juan Codina, Oriol Genís, Jordi Oriol, Albert Pérez, Albert Prat, Lucía Quintana y Abel Rodríguez

Escenografía: Max Glaenzel

Iluminación: Ignasi Camprodon

Vestuario: María Araujo y Marian García

Sonido: Lucas Ariel Vallejos

Caracterización: Àngels Palomar

Vídeos: Maria Andreu, Júlia Genís y Max Glaenzel

Ayudante de escenografía: Josep Iglesias

Ayudante de dirección: Albert Arribas

Diseño cartel: Javier Jaén

Fotos: May Zircus / David Ruano

Producción: Teatre Nacional de Catalunya

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 1 de julio de 2018

Calificación: ♦♦

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