Hasta que la muerte nos separe

Emilio del Valle añade un episodio más al género de la ruptura de pareja para observarla con aire sociológico

Hasta que la muerte nos separe - Foto de Virginia Rota
Foto de Virginia Rota

La pareja. La pareja vuelve a romperse en escena. Al otro lado de la ciudad se la cargan en la Finlandia de Pascal Rambert y, en la Cuarta Pared, Emilio del Valle diserta, reflexiona, categoriza. Quizás demasiado teórica al principio entre los avatares tan exprimidos del metateatro; porque los intérpretes hacen de actor y de actriz, y su vida es una representación, como la de todos, pero la suya lo es por partida doble. Y es que Cristina Gallego y Jorge Muñoz introducen el tan sabido tema con el dinamismo y la alegría del amor primero, el enamoramiento, y omiten la bomba de relojería que, principalmente, es la niña. La niña no está; no obstante, la criatura ha propiciado cambios determinantes que contemplamos paulatinamente. Las palabras bonitas y el sexo en el sofá viendo un capítulo de Betty, la fea, ahora se han tornado desprecio y frigidez.

Pienso, claro, que esto tiene bastante de costumbrismo adaptado a nuestra época y que muchos espectadores se sentirán altamente reflejados. Estén en la etapa que estén o hayan tenido la experiencia que hayan tenido. Y que será inevitable que uno, aunque sea por propia autodefensa, tenderá a justificarlo a él o a ella según le convenga.

Buena idea, desde luego, es insertar en escena a Nacho Vera (Capitán Bazofia) porque suaviza el asunto con sus canciones naífs, de claro tono irónico. Puesto que, insisto, en el preámbulo, y más allá, se teoriza casi de manera sociológica sobre la pareja contemporánea, sobre el amor, sobre los constructos y otras disquisiciones que reducen la materia propiamente dicha de la desintegración. Eso sería lo menos atractivo, por cargante y demasiado determinador para el público; y, por el contrario, lo mejor sería el transcurrir del tiempo. La vida les pasa; pero nosotros únicamente vemos los mismos cuerpos cómo se van situando en el futuro, cómo adoptan actitudes y gestos de desidia, de tristeza, de pasotismo y hasta de aversión. Todo lo que antes se toleraba amorosamente ahora produce asco y recriminación. Ese otro adulto es quien coarta más mi libertad que cualquier otro ser del universo.

Otro de los fundamentos interesantes de lo que plantea Emilio del Valle es la concreción de dos mundos que se van configurando delante de nosotros y que cada vez se distancian más. Cristina ha perdido el deseo, prefiere quedarse en casa, ya no quiere salir por ahí, no quiere viajar, no quiere quedar con las amigas; su papel de madre es suficiente o, al menos, debe serlo ya que no halla otro motivo vital que trascienda esa faceta. Está agotada, después de hacerse cargo de las tareas del hogar, y sus manías se acrecientan. La actriz muestra su cansancio con insistencia y cuando se harta manifiesta su ira contra su marido. Su interpretación es totalmente creíble y conmovedora. De hecho, a ambos les damos su parte de razón; pero uno tiende a pensar que ella ha caído en el decaimiento y hasta en la depresión. Por eso, Jorge Muñoz, quien está un poco más dubitativo —aunque ejemplifica estupendamente esa característica tan estereotípica de la simplonería de algunos hombres—; parece ajustarse a soluciones expeditivas que no responden a las complejidades que se enredan en el cerebro femenino: quedar con los colegas, follar o ir al teatro. Y buscar fuera la satisfacción del deseo que no encuentra ya dentro.

Quizás algunos aspectos resultan un tanto inconcretos. Me refiero a la economía, a lo material. La observación es sicológica; pero no llegamos a ver con más claridad en qué consisten sus trabajos. Si ella ha abandonado su profesión. Si él sigue con sus proyectos dramatúrgicos y si estos permiten llegar con comodidad a fin de mes o si, además, implican algún tipo de motivación. Es decir, el factor del arte. ¿Él se siente realizado y ella ha perdido la ilusión? Reducir estas cuestiones, sobre todo la última, creo que lleva la obra hacia una cotidianidad algo manida de las parejas con hijos en la actualidad. Me refiero, si nos fijamos, en la película Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, a lo que implica la lucha de egos, las renuncias profesionales y los celos que marcan una diferencia respecto de lo que les ocurre a familias más corrientes. Después, algunas citas de Linn Ullmann (escritora y actriz) sobreimpresionadas al fondo en alguno de los actos nos llevan también a la biografía controvertida de su padre, Ingmar Bergman. No hay más que visionar su Secretos de un matrimonio, que ha estado representando Ricardo Darín en su versión teatral.

En cualquier caso, el vaivén que se produce en escena, el avance que se genera a través de los diálogos, la permanente recursividad, el situarse por encima de ellos mismos para reflexionarse resultan cautivadores y pertinentes. De esta manera, Hasta que la muerte nos separe se inserta con solidez en esa ristra de obras artísticas que meten el bisturí en la contraparte angustiosa del amor.

Hasta que la muerte nos separe

Autoría y dirección: Emilio del Valle

Asistente de dirección: Estefanía Ramírez

Interpretación: Cristina Gallego y Jorge Muñoz

Músico en escena: Nacho Vera (Capitán Bazofia)

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra

Diseño de escenografía y atrezzo: Florencia Nin

Diseño de vestuario: Ana Rodrigo

Creación audiovisual y diseño gráfico: Jorge Muñoz

Música original: Nacho Vera (Capitán Bazofia)

Fotografía: María Alperi

Producción ejecutiva: A Fuego Lento – Gestión y Creación

Surge Madrid 2022

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 29 de octubre de 2022

Calificación: ♦♦♦

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El misántropo

Carol López y Xus de la Cruz transforman completamente la obra de Menandro para darle una perspectiva feminista

El misántropo - Foto de Jero Morales
Foto de Jero Morales

Podemos volver a la tan traída cuestión de las versiones; puesto que han dejado a la única obra que conservamos completa de Menandro en la raspa. La adaptación de Carol López y Xus de la Cruz es una obra nueva que parte de la inspiración del texto escrito por el dramaturgo griego. La han traído tanto a nuestra época que viene cargada con un discurso feminista que ya resulta repetitivo. Todo ello a través de una crítica a los urbanitas que buscan en el turismo rural una especie de recogimiento arcádico. Además, por supuesto, de incluir el toque gay imprescindible. Dicho esto así, puede parecer una comedia ajustada a lo políticamente correcto, a lo esperado por un público escorado a la izquierda biempensante. Y lo es, qué duda cabe; pero hay que reconocerle mucha inteligencia a la ironía que se introduce en los versos, a los juegos de palabras al más puro estilo Astérix y Obélix («neorruralis», dicen, por ejemplo) y a la capacidad que tienen las responsables de este espectáculo para darle consistencia a un argumento bastante simplón, forzando las interrelaciones de los personajes. Que sí, que es populachera; pero no se debe descartar tan a la ligera como otros montajes festivaleros. Sigue leyendo

Equus

Carolina África lleva el célebre texto de Peter Shaffer al Teatro Infanta Isabel. Un caso real sobre un muchacho, que estaba sometido por los dogmas familiares y que llegó a punzar los ojos de varios caballos

Equus - Foto
Fotografía de Geraldine Leloutre

Vayamos mucho más allá de los desnudos integrales que siempre se asocian a esta obra. Natalio Grueso ha querido llevar el texto que Peter Shaffer escribió en 1973 a nuestro presente más inmediato, es decir, con los móviles en la mano y el canturreo de algunos jingles publicitarios muy reconocibles. No obstante, se ha olvidado de darles credibilidad a una madre que parece surgida de una secta ultracatólica; y a un padre «impresor» (lo afirma como si perteneciera a la larga estirpe del gremio), que parece obsesionado por el mal que supone el uso de pantallas, y que sortea sus frustraciones sexuales acudiendo a locales de intercambio. Tanto Manuela Paso como Jorge Mayor me parecen desnortados para nuestra época tan secularizada. Los contemplo anticuados en las formas, inverosímiles, y creo que es lo más flojo de este espectáculo. Sigue leyendo

IF (La ligereza)

Pedro Casas se pone de nuevo al frente de la Compañía del Sr. Smith, para elucubrar sobre cómo hubiera sido nuestra vida si hubiéramos tomado otras decisiones

If - FotoVolvemos sobre la idea, algo ya trabajada, del «que hubiera pasado si…». Es decir, el contrafáctico con el que a veces elucubramos sobre cómo hubiera sido nuestra vida si hubiéramos tomado una decisión u otra en un momento clave. La cuestión es que, quizás, hay instantes concretos en que decidimos de una manera bastante inconsciente y que, luego, una vez desencadenadas las acciones subsiguientes, se anulan otros posibles vericuetos. Todo esto se puede complejizar al súmmum o hacerlo más asequible, más fabulístico y hasta naíf, como se han empeñado en llevarlo a escena los de la Compañía del Sr. Smith. Su estilo, ya lo hemos podido comprobar en otras ocasiones en la misma Sala Cuarta Pared con La noche del Sr. Smith o La piel del lagarto. En cualquier caso, antes de nada, me vienen a la cabeza las películas La vida en un hilo (1945), de Edgar Neville, y Dos vidas en un instante (1998), protagonizada por Gwyneth Paltrow. Aunque en teatro también hemos tenidos incursiones similares como Constelaciones, de Nick Payne o, en otro orden, Los universos paralelos, que dirigió David Serrano.

Aquí el juego está servido y al público se le anima a participar votando qué historia de las seis disponibles quiere ir viendo y cuál no. Por lo tanto, no va de que nosotros repercutamos como demiurgos en el destino azaroso de esos protagonistas. Así que no deja de ser como esa falsa sensación de intervención que se ofrece en espectáculos de improvisación o en los escape rooms. Poco juego más allá de levantar un tarjeta amarilla o azul. En cualquier caso, sí que sería conveniente, una vez se han presentado de golpe las síntesis biográficas de los seis personajes, que fueran repetidas una vez llega el comienzo de cada acto y hay que elegir de nuevo. Recordar quién era quién es lioso. Así que únicamente puedo referirme a los tres cuentecillos que pude disfrutar. Un prólogo y un epílogo a cargo de Luna Mayo, quien le pone mucho vigor frente al micrófono, y que enmarcan la función para disertar acerca de nuestra propia existencia, tan rara y tan difícil de imaginar, cuando ya uno ni siquiera ha podido no ya elegir dónde nacer, si no nacer.

Sí que se percibe ese aire humorístico trazado por el detalle curioso que tanto practican Alfredo Sanzol (señalemos, por ejemplo, El bar que se tragó a todos los españoles) o Wes Anderson (véase la maravillosa La crónica francesa). Y la primera en llevarnos de aquí para allá es Tania, a la que llaman Montse, y que está enamorada de Huevo. Ella es una adolescente y nos da cuenta de su primer amor, el repetidor macarrilla que tiene moto. Un tópico. ¿Cómo volver a sentir lo mismo? Pues esa pregunta daría para una obra completa; pero esto se debe resolver en casi treinta minutos. Hombres, novios, relaciones para comprender qué supone madurar y qué supone el amor romántico con toda esa transposición imaginaria. Tania Medina se desenvuelve con mucha soltura y se engarza con gracia en ese papel tan pavorosamente juvenil.

Luego nos llegó Marta Pons para relatarnos, a través de un magazine televisivo de confesiones, cómo se convirtió en la encarnación del dalái lama. Realmente sirva, nuevamente, para que la actriz trabaje la autoficción y haga los chistes consabidos sobre la precariedad de su profesión. Ciertamente, logra aumentar la comicidad del espectáculo y nos deja fragmentos de lo más rocambolesco y crítico.

Finalmente, Andrés Acevedo gana la partida y nos lleva a Miami pasando por el Bollywood de la India —coreografía del elenco incluida, y que sirve como fin de fiesta—. De cómo alguien que estaba obligado en casa a ser arquitecto se convierte en un cantante comercial y premiado.

Tanto Luna Mayo, como Iván Serrano y Jorge Vidal ofrecen todo su dominio actoral para encajarse en la multiplicación de los roles con gran precisión. Verdaderamente el grupo funciona muy bien y parece tener claro su dificultoso empeño en una obra con tantos cambios de posición.

Y así, tres obritas que se representan y otras tres que se quedan para mejor ocasión, habilitando nuevas combinaciones y hasta la creación de otras piezas que se puedan incluir de modo que la propuesta no pierda potencia. Cada una de ellas vale como guiño, como ejemplo, con su moraleja; aunque, evidentemente, se quedan sin un recorrido más elocuente, con personajes más redondeados y que nos dejen un mayor poso. La velocidad, que es una de sus propias quejas, paradójicamente, es la que lleva a que su proyecto sea un poco caótico y no permee suficiente a nuestra memoria. No obstante, todo el trabajo de teatro físico, a través de esos recursos tan creativos en el aprovechamiento de sus cuerpos, y de elementos muy básicos para contextualizar de manera prodigiosa la acción, demuestran que Pedro Casas tiene, entre otros valores dramatúrgicos, una veta de publicista vivaz e inteligente que se nota en cada uno de los movimientos de este encadenamiento sin fin.

If (La ligereza) nos trae a la cabeza el célebre poema de Kipling; pero también La sociedad líquida, de Bauman. Los espectadores nacidos en los ochenta (y un poco antes) comulgarán agraciados con el show. Con todos los atractivos que posee, el éxito está garantizado.

IF (La ligereza)

Autoría: Pedro Casas y Cía.

Dirección y dramaturgia: Pedro Casas

Asistente a la dirección artística: Gala Martínez-Romero

Interpretación: Andrés Acevedo, Tania Medina, Marta Pons, Iván Serrano, Luna Mayo y Jorge Vidal

Diseño de iluminación: Pablo Garnacho

Diseño de escenografía y atrezzo: Álvaro Espinosa

Asistente de movimiento: Jordi Vilaseca

Diseño gráfico: Álvaro Espinosa

Compañía del Sr. Smith

Surge Madrid en Otoño 2022

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 15 de octubre de 2022

Calificación: ♦♦♦

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Yerma

Karina Garantivá encarna al personaje lorquiano en una propuesta muy actual, dirigida por Ernesto Caballero

Yerma - FotoMerece la pena, primeramente, echar un vistazo a dos Yermas que se pudieron ver, entre otras tantas, en los teatros madrileños en los últimos tiempos. Una fue la de Marc Chornet, quien intervino el texto para dar cabida a la posibilidad de que la protagonista se fuera a vivir a otra población con Víctor. Otra fue la protagonizada por María León, dirigida por Lola Blasco, que acusaba un esteticismo ciertamente distanciador. Sigue leyendo

El burlador de Sevilla

El Teatro de la Comedia presenta una oscura versión que desubica a don Juan y nos permite escuchar los versos con mayor claridad

El burlador de Sevilla - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

En 2018 se representó esta misma obra sobre el escenario del Teatro de la Comedia y, por aquellas, ya se quisieron excusar sus pergeñadores con todo tipo de vericuetos lingüísticos. Don Juan quema en las manos de una sociedad vigilante y con la espada del feminismo enhiesta. Parece que las preocupaciones de Xavier Albertí y de Albert Arribas van en otra dirección, quizás más literaria. Se continúa con el esencialismo que se ha impuesto desde que llegó Lluís Homar a la Compañía, y que tuvo en Lo fingido verdadero su penúltimo ejemplo la temporada anterior. El burlador se nos muestra despojado de época, de contexto y se sumerge en una oscuridad que impregna el ambiente y su carácter. La fanfarronada cae y aparece la desfachatez en el gesto, en la mirada y en la mandíbula. Tiene el Tenorio de Mikel Arostegui apostura de chulo, de hortera de discoteca con su camisa translúcida y su desnudo integral. Su emblema: «Sevilla a voces me llama / el Burlador, y el mayor / gusto que en mí puede haber / es burlar una mujer / y dejarla sin honor», resonará ya avanzada la función. Aquí parece incidirse en la pulsión sicopática; aunque en el fondo encontremos «razones» políticas, casi revolucionarias, en los desvirgamientos. La honra es el gran tema de los Siglos de Oro (y de antes, y de después). Para derrotar a los futuros aristócratas se requiere hundir su línea de flotación. En cualquier caso, el actor se sitúa con una fuerza imperiosa y un poderío tenebroso que sostiene a lo largo de la función sin un ápice de agotamiento. Porque también se enhebra el placer máximo que supone la conquista, el dominio del lenguaje para «entontecer» a las damas y la templanza para no caer en las redes del amor y ablandarse.

Por otra parte, nuestro héroe queda subsumido por una atmósfera premonitoria. La tenebrosidad del espectáculo, tanto por la propuesta escenográfica de Max Glaenzel, quien ha situado una larga mesa como divisoria de dos mundos, noble y plebeyo, luminoso y oscuro, terrestre e inframundano, que igual vale para lecho, banquete o sepulcro, como charco que se deba inundar cuando el chirimiri caiga sin piedad; como por la iluminación de Cornejo, que tiene la habilidad de hacer sobresalir de la sombra cada mueca. La estética, definitivamente, delinea una ética. Y el vestuario de Marian García Milla, que enlute a los caracteres, hace el resto de lo que podría considerarse una misa negra con todo su protocolo salvaje hasta el final, donde no tiene cabida el perdón, como así suelta don Gonzalo: «No hay lugar, ya acuerdas tarde».

Paradójicamente, la sensación es de distanciamiento, de frialdad; no obstante, el fulgor procede de la palabra, emitida por monólogos de gran consistencia, como el que compone Isabel Rodes, poco antes de toparse con el náufrago encarnada en la pescadora Tisbea. Con la lluvia sobre ella, la actriz realiza un complejo ejercicio de interpretación manteniendo un pulso que no decae en ningún instante. Después, aunque con otro cariz muy diferente, el infalible Rafa Castejón, bajo la piel de don Gonzalo de Ulloa, saca a relucir su capacidad para mostrarse tan natural y describir Lisboa con toda «maravilla» («octava»). Más luego, marcar su ira en el trascendental desenlace, con el Tenorio arrastrado a los infiernos.

Luego, por otra parte, Jorge Varandela se lleva mucho a su terreno al lacayo Catalinón, ofreciendo esa fluidez que imprime siempre a sus papeles, expeliendo bondad y una frescura sin igual. Magnífico. Por su parte, Arturo Querejeta sentencia con su socarronería, primero como embajador y, después, como padre de don Juan. Sí que se percibe en el rey que hace Antonio Comas una sentenciosidad algo anticuada, aunque su voz de tenor vibra en el piano cuando recita el soneto que reúne algunos de los versos más profundos de la obra: «Envidian las coronas de los reyes / los que no saben la pensión que tienen,…». Ciertamente, el elenco está muy afinado y da buenas réplicas al burlador para que, de alguna manera, comprendamos que se dan toda una serie de resistencias ante tamaña desvergüenza.

Otro asunto es si se debiera haber apostado por Andrés de Claramonte como autor y haber dejado a Tirso de Molina en la recámara; porque Alfredo Rodríguez López-Vázquez da buena cuenta, en su edición de Cátedra, de unos buenos argumentos en favor del actor y dramaturgo murciano.

En definitiva, creo que es una vuelta de tuerca que, en lugar de buscar polémicas, está destinada a la escucha, al deleite que suponen unos versos cargados de potencia literaria y de la manifestación de que no solo el mal está donde más fácil creemos identificarlo.

El burlador de Sevilla

Atribuida a Tirso de Molina o a Andrés de Claramonte

Dirección y versión: Xavier Albertí

Dramaturgista: Albert Arribas

Reparto: Jonás Alonso, Miguel Ángel Amor, Cristina Arias, Mikel Arostegui Tolivar, Rafa Castejón, Antonio Comas, Alba Enríquez, Lara Grube, Álvaro de Juan, Arturo Querejeta, Isabel Rodes, David Soto Giganto y Jorge Varandela

Escenografía: Max Glaenzel

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Vestuario: Marian García Milla

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Sonido: Mariano García

Ayudante de dirección: Jorge Gonzalo

Ayudante de escenografía: Paula Castellano

Ayudantes de iluminación: David Hortelano y Víctor Longás

Ayudante de vestuario: Emi Ecay

Coproducción: Compañía Nacional de Teatro Clásico y Grec 2022 Festival de Barcelona

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 13 de noviembre de 2022

Calificación: ♦♦♦

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La noria invisible

La obra de José Troncoso que se presenta en la sala pequeña del Teatro Español, transcurre en la imaginación de dos quinceañeras de los años 90 a partir de una comedia sin demasiado fundamento

La noria invisible - Susana Martín
Foto de Susana Martín

Esta última obra que nos entrega José Troncoso junto a la compañía La Estampida me parece de una insignificancia pasmosa. Cierto es que las anteriores propuestas del grupo, como La cresta de la ola, Lo nunca visto o Las princesas del Pacífico, tampoco se caracterizaban por contener grandes argumentos; sino que se apoyaban en toda una gestualidad esperpéntica que se repetía sin fin hasta lograr la deformación y la denuncia deseada de alguna realidad social. Pero es que los sesenta y cinco minutos de esta función que se representa en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español no apuestan por nada acuciante, dadas nuestras actuales circunstancias. Y todo ello porque la incursión en el tema propuesto es tan pacata e inocentona, que no llega ni para que nos provoque algún pensamiento evocador de un tiempo no tan lejano.

Por no decir que, encima, ha infantilizado un poco más, si cabe, a unas chicas de colegio concertado, que son de principios de los noventa (no hay más que fijarse en las fotos pegadas en sus carpetas y en el radiocasete), aunque parecen de los años cincuenta (si hacemos caso a los estereotipos y a los relatos de aquella época). Ya quiso Pilar Palomero apuntar con su película Las niñas (tenían once años), que ciertas costumbres empezaban tímidamente a cambiar en algunas escuelas religiosas.

Nuestras protagonistas no tienen doblez, a pesar de que Raquel, la Tetas, fume y demuestre un arranque barriobajero a tener en cuenta. En este sentido, Olga Rodríguez se afana con una impulsividad muy consistente y que hace sostener su papel, aunque sea imposible redondear algo tan plano. Ella ha llegado nueva a la escuela, con todo el enfado que conlleva un traslado; y más, si es por haber sido acosada por habladurías sobre sus sobeteos con el novio. Ha dado a parar al único pupitre libre que es donde nadie quiere sentarse; porque al lado se aposenta Juana, la Gafas. Esta adolescente, poco agraciada, poeta en ciernes, y con la sospecha de que es “bollera”, se expresa en el cuerpo de Belén Ponce de León con gran solvencia y gracia —ella no para de repetir que su vida es la ficción de un «videoclip»—; no obstante, con la inevitable tendencia a la niñería. Es ella quien lleva la voz cantante —de hecho, cantan, y para ello el escenógrafo Alessio Meloni les ha preparada una pista circular propia de una sala de fiestas para que las chavalas discotequeen—, y que arrastra a su nueva y única amiga hacia la zapatería de su padre, un lugar fantástico para soñar con el futuro a partir de los zapatos que se prueban; pero donde ella no querría terminar trabajando.

La trama transcurre lenta entre las imparables repeticiones de estas muchachas que terminan compenetrándose a través del reiterado ensamblaje de la malota y de la bonachona. Ambas quieren tener la última palabra (o el berrido) en sus eternos diálogos trastabillados más propios de niñitas repipis. Luego, se irán a la noria del parque de atracciones, que debe servir (el tópico) como una metáfora de la vida. El destino prescrito e inapelable que marca el camino de cada uno, sin que se den demasiadas oportunidades para el cambio, ya sea sexual o laboral. Una visión muy desencantada y determinista, y diría, que poco certera en cuanto a lo ocurrido a esa generación, quizá la primera vez que verdaderamente pudo obviarse el rumbo establecido.

En cualquier caso, La noria invisible no pasa de cuentecillo con moraleja ramplona, que únicamente satisfará a las almas cándidas y a los acólitos del dramaturgo, acostumbrados a estos espectáculos guiñolescos.

La noria invisible

Dramaturgia y dirección: José Troncoso

Con: Belén Ponce de León y Olga Rodríguez

Diseño de iluminación: Leticia L. Karamazana

Ayudante de iluminación: José Muñoz

Asesoría de escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)

Ayudante de escenografía: Iván López-Ortega

Música original: Mariano Marín

Coreografías y movimiento: Luis Santamaría

Ayudante de dirección: José Bustos

Una producción de La Estampida y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 9 de octubre de 2022

Calificación:

UN EXTRACTO DE ESTE TEXTO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA LA LECTURA DE EL MUNDO

Adictos

Lola Herrera se pone al frente de una obra incongruente sobre los mecanismos de control social a través de las nuevas tecnologías

Adictos - FotoA veces merece más la pena diseccionar la sinopsis-pretensión elaborada por los propios dramaturgos que la obra en sí. Porque, a tenor de lo leído, uno podría hasta salivar de ganas por descubrir cómo se elaboran las respuestas a preguntas tan pertinentes: «¿hasta qué punto estamos sometidos por la tecnología?, ¿somos realmente libres?, ¿qué tipo de sociedad hemos construido?, ¿qué panorama nos plantea el futuro más cercano?, ¿realmente nos merecemos el calificativo de “seres humanos”?».  O qué pensar de esta reflexión: «La transformación del personaje de Estela viene a ser una metáfora de la disposición del ser humano para cambiar de actitud». Bien, pues en el escenario, ocurrir, lo que se dice ocurrir, apenas nada. Sigue leyendo

Safo

Con la cantante Christina Rosenvinge al frente, este espectáculo, dirigido por María Pazos, es un concierto teatralizado acerca de la mítica poetisa griega

Safo - Foto de Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

El proemio ya nos debe dar cuenta de cuál es el marco con el que se nos pretende vender este montaje, con sus dosis de Wikipedia, sus proclamas feministas anacrónicas y el relleno, cual totum revolutum, que completa los ochenta minutos de algo que se denomina «poema escénico, musical y visual». Si las musas, como las guitarristas de Robert Palmer adictas al amor, se ponen en fila frente al micrófono para informarnos de esa biografía endeble con la que contamos de aquella Safo de Lesbos, de Mitilene, del siglo VII, que debió de escribir unos diez mil versos, pero de la que solo conservamos unos ciento sesenta y ocho fragmentos y un único poema completo, el «Himno a Afrodita». Así las plañideras que, puestas en fila, de riguroso luto, unas supuestas musas que nos van dando la información pertinente para que el personal no se pierda y descubra que lo de lésbico es por Lesbos y, por ende, por Safo. Sigue leyendo