Safo

Con la cantante Christina Rosenvinge al frente, este espectáculo, dirigido por María Pazos, es un concierto teatralizado acerca de la mítica poetisa griega

Safo - Foto de Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

El proemio ya nos debe dar cuenta de cuál es el marco con el que se nos pretende vender este montaje, con sus dosis de Wikipedia, sus proclamas feministas anacrónicas y el relleno, cual totum revolutum, que completa los ochenta minutos de algo que se denomina «poema escénico, musical y visual». Si las musas, como las guitarristas de Robert Palmer adictas al amor, se ponen en fila frente al micrófono para informarnos de esa biografía endeble con la que contamos de aquella Safo de Lesbos, de Mitilene, del siglo VII, que debió de escribir unos diez mil versos, pero de la que solo conservamos unos ciento sesenta y ocho fragmentos y un único poema completo, el «Himno a Afrodita». Así las plañideras que, puestas en fila, de riguroso luto, unas supuestas musas que nos van dando la información pertinente para que el personal no se pierda y descubra que lo de lésbico es por Lesbos y, por ende, por Safo. En ese plan vamos, mientras se pone en marcha el ritmo electrónico y el griterío de algo que pueda aproximarse a un ritual de aire fluxus. Tengamos en cuenta que «los versos de Safo nacieron cantados […]. No se fijaron en forma escrita hasta mucho después de su muerte. Existe, pues, un vínculo natural con la canción pop contemporánea», Christina Rosenvinge, dixit (¡toma ya!).

El asunto es tan blandito y los gestos tan suaves que hasta se ponen las orejitas de conejito sobre la cabeza con las manos como si estuvieran pidiendo un chicken teriyaki rosalino. Puesto que el texto pergeñado por María Folguera se olvida después del didactismo y discurre por aquí y por allá entre divagaciones (quizás no queda otra) y acusaciones, como la dirigida al poeta Ovidio, por aquella Heroida XV, y algunas diatribas destinadas al feminismo de nuestro tiempo. Es difícil quedarse con algo sustancial de lo que se escucha, si acaso valorar la escena de la magnífica actriz Natalia Huarte quien, encarnada en la musa del teatro (imaginémosla como Talía o Melpómene) con la manzana de la discordia o en distintos momentos como narradora sugerente.

Luego, el espectáculo está ocupado en demasía por las canciones que ha compuesto Rosenvinge a partir de los versos de la poeta y que ella misma interpreta, sin hálito actoral, sin el ánimo de circular como un personaje que nos persuada desde el escenario. Ella es pasiva y se deja contemplar por su coro de músicas. Temas ligeros algunos, otros más marchosos; pero sin la comunicación necesaria con el resto de la performance. En este sentido, Marta Pazos habilita el pastiche que parece satisfacerle para dar cabida a cualquier gesto, a cualquier intromisión. Las partes no son lo suficientemente solventes y la suma de ellas no logra trufar una función aceptable. En gran medida porque las musas están bastante perdidas entre danzas anodinas o inconsecuentes, desnudeces sobrevenidas que parecen buscar la provocación en sí. Posturas que pretenden la plástica pictórica en una atmósfera que atisba tanto lo bucólico, como lo mistérico, entre el epitalamio y la secta mujeril.

Lo de envolver el templo del fondo como si fuera una instalación de Christo y Jeanne-Claude es algo evidente y ya repetido por doquier que puede funcionar como metáfora del esoterismo que arrastra la poeta; no obstante, escénicamente el juego visual y paradójico que se establecía en el teatro romano de Mérida se pierde. Por el contrario, sí me parece que el vestuario de Pier Paolo Alvaro, principalmente los vestidos tan ceñidos y tan negros del inicio resultan muy sensuales y, después, el trabajo con las transparencias ofrece más erotismo que la desnudez de las féminas sin pudor.

Este proyecto es una coctelera de ingredientes azarosos para una incursión imposible sobre una escritora tan escurridiza. Quizás con más aliento imaginativo, nos hubiéramos hecho una idea de cómo pudo ser su existencia; aunque, probablemente no hubiera sido tan modelno.

Safo

Un espectáculo de: Christina Rosenvinge, Marta Pazos y María Folguera (inspirado a partir de poemas de Safo)

Canciones originales: Christina Rosenvinge

Texto: María Folguera

Dirección: Marta Pazos

Dirección musical: Christina Rosenvinge

Coreografía: María Cabeza de Vaca

Intérpretes: Christina Rosenvinge, Irene Novoa, Juliane Heinemann, Lucía Bocanegra, Lucía Rey, María Pizarro, Natalia Huarte y Xerach Peñate

Escenografía: Marta Pazos

Vestuario y caracterización: Pier Paolo Álvaro

Iluminación: Nuno Meira

Sonido: Dany Richter

Voz en off: Aurora Luque

Dirección de producción: Maite Pijuan

Producción ejecutiva: Marina Vilardell

Ayudantía de producción: Mercè Grané

Dirección técnica: Moi Cuenca

Coordinación técnica: David Ruiz

Ayudantía de dirección: Marcel Solé

Ayudantía de dirección musical: Irene Novoa

Ayudantía de escenografía: Pablo Chaves

Ayudantía de vestuario: Roger Portal

Regiduría y maquinaria: Julio Chuliá

Sastrería: Toñi Chamorro

Técnico de luces: Lluís Bòria

Técnico de sonido: Alejandro Vera y Pablo Leal

Construcción de escenografía: Scnik Movil

Confección de vestuario: Pier Paolo Giordano y Roger Portal

Prensa: The Office Comunicación

Marketing y comunicación: Focus

Reportaje fotográfico: David Ruano

Diseño gráfico: The Office Comunicación

Una coproducción de: Teatre Romea, Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y el Grec 2022 Festival de Barcelona

Instituciones colaboradoras: Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música del Ministerio de Cultura y el Institut Català de les Empreses Culturals de la Generalitat de Catalunya

Colaboradores: Jorge de la Garza, Montibello, Rowenta, Bastión armas & armaduras

Agradecimientos: Aurora Luque, Vanesa Gutiérrez, Sarai Muñoz, María Rius y Berta Llucia Bertràn

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 9 de octubre de 2022

Calificación:

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