Las princesas del Pacífico

Una tragicomedia esperpéntica sobre una tía y su sobrina cumpliendo la fantasía de viajar en un crucero

El éxito de este espectáculo es innegable y no es fácil que esto ocurra con un montaje tan pequeño. Así que será comprensible para el público que aún no lo haya visto que el texto y las actuaciones son capaces de ser los suficientemente atractivas. Ahora, será necesario que el espectador de los diferentes lares por los que ha paseado la propuesta entre en un tipo de humor con altas implicaciones socioeconómicas y que se inserta genuinamente en la cultura española, y que tiene acento andaluz. Hablamos del guiño grotesco, del insulto ingenioso ―también del improperio con la boca de medio lado―, de la hipérbole sobre la hipérbole, de las mezclas lingüísticas incomprensibles ―además de los vulgarismo propios de los poco instruidos―, las comparaciones intempestivas y, un aspecto que a algunos les puede chirriar, que es el machaque, la repetición de un tic, de una respuesta, hasta la saciedad, hasta destrozar el chiste y provocar el reverbero de la risa tonta y dejarlo bobadita infantil (en este sentido puede resultar algo anticuado). Si en el primer tercio de la obra uno observa que sus risas esconden una tristeza, un frío y una miseria imponderable, en el resto de la función se asume que el mundo moderno del ocio y el bienestar crecientes se les quedan muy lejos. Acudir a un crucero es el lujo que se pueden permitir porque les ha tocado la lotería; pero encajar cultural y moralmente en un contexto tan alejado del suyo, también es un aldabonazo de verdad amarga. Así las vemos en un prólogo conformado por un repaso a la crónica negra consabida de la televisión como una retahíla infame que se reconvierte en una ristra de chistes cada vez más sádicos. Uno se imagina una casa desastrada con el frigorífico vacío y el contador de la luz renqueante. Un ambiente macilento y oscuro donde se alojan la tía y esa sobrina huérfana que está por descubrir la complejidad del presente. Ambas forman una pareja estrafalaria que esconde su pobreza con la mofa de aquellos que están peor que ellas. Un consuelo pícaro y cínico para engañar al hambre. La señora Agustina es Alicia Rodríguez y resulta ser la voz cantante, la impulsora de las iniciativas, la tipa echada para adelante; aunque luego tenga que arredrarse un poco cuando la situación le viene grande. Combina los malos modos con el brote de la lágrima. Entremezcla sus movimientos de muñeca clásica a pilas con una dicción seca y repleta de fallos terminológicos que hacen bastante gracia (‘galones’ por ‘galeones’). Un tópico que redunda en el clasismo que siempre ha arrastrado el personaje andaluz de clase baja en las películas o en el propio teatro. Aquí, como directamente las actrices son andaluzas no creo haya habido nunca ningún problema. La chica es Lidia, Belén Ponce de León, toda ingenuidad e inocencia cuando se planta ante aquellos que la superan culturalmente y se manejan con las maneras adecuadas a las circunstancias. Apenas tiene estudios y con ello, además, se deja caer ―cada uno tendrá que tomar posiciones― el victimismo o la incompetencia para superar una realidad que ya no se puede seguir justificando. Porque la obra posee, como tragicomedia, dos planos bien diferenciados. Por un parte, el público puede ir a entretenerse, a reírse todo lo que pueda con el tonito de estas grandes actrices, con ese regodeo, con esa puntilla que le sacan a todo. Por otra parte, podemos, y debemos, rascar en esa tragedia que va desde la mera cotidianidad de una familia depauperada ―no hay más que ver su atuendo y esa caricatura en el rostro con un maquillaje que las deja próximas a la moribundez― hasta el abuso inconsecuente en el entorno agraciado de un crucero. Lo esperpéntico es un aura que las rodea permanentemente y nos devuelve un reflejo acibarado e irrisorio en una mezcla tan patética como tierna. Un haber sido si, o un deseo que hubiera podido fraguarse en caso de. Un determinismo folclórico que las sostiene moral y psicológicamente en la cuerda floja; pero que te sepulta un futuro que siempre está por venir. Andalucía como tierra de contrastes en estas dos sevillanas que esbozan la sonrisa del payaso triste. José Troncoso, tanto en la dirección como en la idea (junto a Alicia Rodríguez y Sara Romero) pone mucho de su talento para aquilatar un espectáculo del que se puede extraer una lectura más profunda de lo que parece. Otro asunto es que uno comulgue con ese tipo de humor y que el disfrute se vea lastrado. Final con grandes aplausos. Un éxito.

 

Las princesas del Pacífico

Espectáculo creado por José Troncoso, Alicia Rodríguez y Sara Romero

Dirección: José Troncoso

 

Reparto: Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León

Producción ejecutiva: Kike Gómez

Iluminación: Juanan Morales

Fotografía: Ignacio Ysasi

Diseño gráfico: Agus Burgos

Vídeo: Nicolás Pacheco (Realización) y Susana Martín

Teatro del Barrio (Madrid)

Hasta el 27 de febrero de 2019

Calificación: ♦♦♦

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