La pasión de Yerma

Lola Blasco traslada la tragedia lorquiana a nuestros días con la inconsistencia de no reconsiderar el contexto sociocultural presente

La pasión de Yerma - Foto¿Merece la pena adaptar la obra de Lorca para, en lugar de aportarle un aire nuevo, otra temperatura, quizás, con mayor consonancia presente, desvirtuarla hasta hacer de ella un acontecimiento entre dos aguas? La necesidad de duplicar la actualización de un clásico, pues toda obra del pasado es actualizada ipso facto por la mirada de un espectador nuevo, conlleva, en muchas ocasiones, la descompensación anacrónica de los hechos, y el descoloque de unos símbolos que requieren de un contexto sociocultural muy concreto. Si nos venimos al ahora, ¿qué es la esterilidad de una mujer? O debemos tomar la verosimilitud a medias y a gusto del consumidor. Microondas, lavadoras (a pares) y un tren AVE arrollando ovejas; pero ni avances sociales inconmensurables, ni secularización sin parangón, ni pruebas médicas que zanjen las dudas y planteen las posibilidades que hoy existen. Aquí los símbolos que Lorca arrastra, como el agua, por ejemplo, o la configuración mítica de esas gentes ignorantes que justifican la incapacidad para preñarse a la falta de pasión o al castigo divino, quedan sin fundamento. Es decir, ¿qué estamos viendo? ¿A una mujer encerrada en su casa, porque su celoso marido (y agresivo) quiere atajar posibles habladurías mientras él está de pastoreo? ¿Estamos en un pueblo de Turquía o de la España contemporánea? O tenemos que seguir con esa idea de cierto feminismo de que las cosas no han cambiado un ápice en nuestro país y que, fuera de ciertas etnias o poblaciones extranjeras por cuestiones religiosas, sigue habiendo matrimonios concertados, y que los maridos enclaustran a jóvenes mujeres en sus casas, y que viven aisladas de toda influencia, de toda ayuda, de toda educación, de todo derecho, de todo medio de comunicación… Esta Yerma no parece, precisamente, una pobrecita analfabeta sin recursos intelectuales. Necesitamos unas nuevas circunstancias que, excepcionalmente, puedan resultar verosímiles. Pero la falta de personajes secundarios que potencien la antropología que está en juego, nos deja con una chica que difícilmente podamos ubicar en algún año del siglo XXI. Efectivamente, esto ya no es lo que imaginaba y proponía Lorca, en su idea de desarrollar un carácter más que un argumento, y lo que avanza Lola Blasco no termina de cuadrarse en las insinuaciones atisbadas. Creo que resulta más interesante quedarnos con dos aspectos que se trabajan de diferente manera en esta propuesta. Por un lado, la ironía a través de la comicidad, de la intrascendencia de un paganismo pop, de una extravagancia y de una caricatura, hasta llevarnos a la farsa a través del personaje de Dolores. Es de lo más razonable, pues poco sentido tendría si siguiera comportándose como una vieja del lugar con los chismes y las elucubraciones inconsecuentes sobre si Yerma está «marchita». Aquí la dramaturga acierta convirtiéndola en una locuela tahúr, cojitranca y que entona a Cher antes de ponerse a adivinar el futuro con una baraja española. Alguien que insinúa que el problema es de carácter pasional, de que, sin la pulsión erótica, la fecundación es imposible, y de que bien haría ennoviándose con uno de sus hijos. Mari Paz Sayago, a quien hemos podido ver interpretando a Desdémona en el Othello de Pazos, resulta ser la intérprete del elenco con mayores peculiaridades, con una generosa retranca y con un saber hacer escénico que la transforma en un guiñol en esa repetición sobre «si sabe» o «se sabe», etcétera. También lavandera, aunque aquí el trabajo lo hace la máquina, en conversación con María, una Lucía Espín sencilla y entregada, es quien sostiene parte del lenguaje lírico que nos remite al poeta granadino; pero sin llegar al folclorismo. Yerma no puede más que envidiar a su amiga, pues esta ya es madre; aunque no parece que eso suponga el colmo de la felicidad. De hecho, la relación de las dos amigas ofrece otra deriva más hacia el cuestionamiento del amor, entre la diferencia entre el novio y el marido, entre el amante dispuesto al cortejo y al fulgor sexual, y el compañero de familia aterrizado en la cotidianidad y en el deber cumplido. El otro aspecto que se introduce en este montaje es el homoerotismo de Juan y de Víctor. Mostrado con sutileza y sin ahondar tanto como para eclipsar a la protagonista. Un Brokeback Mountain que verdaderamente daría para hacer la obra más coherente con nuestro tiempo; no obstante, hay que ajustarse a Lorca, y este impone un marchamo que, a la postre, para lo que aquí nos compete, es un lastre. Me ha parecido que Jorge Monje, en el papel de esposo, reconcentra con equilibrio los antagonismos de su sentir, la ira, la impotencia, el amor, incluso, por su mujer; aunque desde una perspectiva difusa e inasible para él. Se convierte en un personaje auténticamente complejo que demanda gran atención por parte del público; porque, en absoluto, es secundario su relato particular. Por otra parte, el personaje de Diego Garrido, Víctor, cobra otra dimensión y se resignifica en su ambivalencia dentro del esbozo de ese triángulo. El actor ejecuta las pinceladas de su papel con madurez. La que realmente resulta deslavazada es María León con su Yerma. Cuesta darle todo el crédito que debiéramos, pues se queda en las dos aguas del planteamiento general. Si en el inicio se nos presenta con sensualidad desbordante, desnuda en la ducha, tras el cristal al ácido, sondeando la masturbación para después acomodarse un picardías burdeos; luego deriva en una expresión ilógica en alguien que demuestra tener personalidad, que elabora un pensamiento claro sobre sus deseos. La actriz acata su rol con su habitual suficiencia; pero no encuentra un tono verosímil; o, más bien, la directora Pepa Gamboa no la ha dirigido hacia un decaimiento que aplaque tanto ímpetu. Puesto que la protagonista, ¿debe aceptar los códigos de conducta impuestos o no? Se puede rebelar e irse. O todo el clan que suponemos que la rodea la somete sin compasión. Digo yo que, si cambiamos la época, además habrá que hacer ajustes en las personas. O, insisto, ¿no se ha transformado nada desde hace cien años? Porque el final conocido por todos se descuadra aún más. En la buena factura del espectáculo sí que destaca la composición musical de Pablo Martín Jones, un artista que trabaja en la experimentación musical y que, también, «toquetea» las costuras del flamenco cuando se junta con Rosario La Tremendita. Se logra la fusión deseada entre las raíces, el fermento telúrico, y una modernidad que llama a la puerta de los hogares más anquilosados. Es un choque, desde luego, pero los ritmos electrónicos despiertan la tensión. En cuanto a la escenografía de Antonio Marín, hay que reconocer que funciona el encajonamiento de la estancia aforada en el centro del escenario, y que logra transmitir simbólicamente la asfixia. El detalle de la ducha es otro signo que nos coloca en la tesitura antes señalada. De las últimas Yermas que se han podido contemplar en la escena española está la que firmó Marc Chornet, donde se accedía, en el desenlace, a la lógica de nuestros tiempos. La pasión de Yerma de Lola Blasco no consigue actualizar consistentemente unas ideas que requieren un contexto que hoy ya no existe.

 

La pasión de Yerma

Texto de Lola Blasco a partir de Yerma de Federico García Lorca

Dirección: Pepa Gamboa

Elenco: María León, Jorge Monje, Lucía Espín, Mari Paz Sayago y Diego Garrido

Ayudante de dirección: Paco Pena

Asistente de dirección: Julen Guerrero

Diseño de escenografía: Antonio Marín

Diseño vestuario: Lupe Valero

Dirección musical: Rosario La Tremendita

Producción musical: Rosario La Tremendita y Pablo Martín Jones

Movimiento escénico: María Cabeza de Vaca

Diseño de iluminación: Joaquín Navamuel

Diseño de imagen: Aida Argüelles

Regidor: Carlos Dorrego

Producción ejecutiva: Triana Lorite y Lope García

Dirección de producción: Carmen Almirante

Jefe de producción: Hugo López

Ayudante de producción: Nuria Hernando

Una producción de SEDA en Colaboración con el Centro Federico García Lorca, La Fundación Federico García Lorca y Caixabank

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 18 de julio de 2021

Calificación: ♦♦

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