Yerma

El ambigú del Teatro Kamikaze se llena de tierra para representar esta mirada sugerente a la tragedia de Lorca

Foto de David Ruano

En un intento moderado de traer la Yerma lorquiana al presente, Marc Chornet ha conseguido que uno se olvide de que aparecen un móvil, un test de embarazo o unos auriculares. Si esos elementos no hubieran aparecido; pues casi mejor. Efectivamente, no entorpecen el espectáculo; pero no son, desde luego, suficientes ―entre otros detalles― como para que uno se piense que en algún pueblo de España el patriarcado sigue funcionando de esa manera. De hecho, no funciona de ninguna, salvo en algunas etnias que necesitan atrapar en el tiempo su «raza». Es preferible dejarse provocar por el lenguaje del poeta granadino, aceptando que su protagonista viste vaqueros; pues lo que acontece, insisto, puede mantener algunos vestigios en alguna familia muy concreta; pero no en una sociedad que le dé soporte cultural. Ante todo, el montaje funciona por dos hechos, esencialmente: por la escenografía y los movimientos que propicia, y por el cariz que le aporta Alba José. En cuanto a lo primero, Laura Clos ―quien seguramente habría deseado unos cuantos metros más en ese ambigú del Teatro Kamikaze―, esparce arena, va floreando de vides todo el suelo y sitúa una cama deshecha en el centro junto a un váter. La iluminación de David Bofarull y el trabajo de Miquel G. Font en el movimiento actoral y en la música, completan este gran aporte estético a un clásico que debe, ante todo, marchar con buen tino en lo actoral. En este segundo aspecto, la actriz que encarna a Yerma logra, en gran medida, una mezcla candorosa entre su belleza, su juventud y su voz algo rota. Es una chica que parece ajena al mundo rural, tan lleno de mujeres curtidas y pieles ajadas. Ella posee erotismo entreverado de pudor y compostura. El cuerpo le arde en el cúmulo de sensaciones que borbotean y de fines que alcanzar. El bebé no llega. En su vientre no transcurre la fecundación. Las relaciones sexuales con su marido se han vuelto protocolarias y la presión del ambiente es como un viento imparable que te vuelve loco. El vaivén de la esperanza y la jovialidad inicial, y la tristeza y la obsesión que se van imponiendo, marcan un buen ritmo que podría haberse apuntalado con la escena de la romería desarrollada con más hondura, con más insistencia en los símbolos que allí se concitan: el encuentro telúrico para las esposas estériles como una danza macabra cargada de sarcasmo. Se me antoja corta, falta de potencia y no tan brillante en su poética como otros cuadros (como esa forma coreografiada de colorear las vides o de las paladas de arena sobre la cabeza de Yerma). Ciertamente, se entremezclan tres tipos de discursos en esta mirada de Chornet. Por una parte, resuena la poética de Lorca, con esa imposición del verso que es como una oración que nos remite a la simbología propia del poeta: el agua, la tierra (remarcando la búsqueda de la fertilidad), la luna (la muerte) …; por otra parte, los diálogos descarnados con los que se autodefinen los personajes y, finalmente, también un lenguaje más prosaico, más corriente y actual, como en ese botellón improvisado entre vino y cigarros para alentar al diablo. Esta tragedia ha cobrado nuevas utilidades para nuestra convulsa contemporaneidad. Es un ejemplo magnífico de cómo funcionaba el auténtico patriarcado, sistema que para lo bueno y lo malo fue ineludible durante siglos para poder sobrevivir. En él, realmente, las mujeres, a nuestros ojos, salían mal paradas; aunque es necesario, también, ponerse en la piel de los hombres. Obligados a trabajar como burros, casados en el sentido más utilitario con la mujer más «conveniente» y sometidos por el sistema de la honra, es decir, demostrando valentía, pundonor y entereza las veinticuatro horas del día. El espíritu del tiempo y del pueblo, la costumbre y la tradición, al fin y al cabo, imponiéndose por encima de los seres humanos materiales. Un idealismo destructor. Por eso es muy interesante fijar la atención en el esposo, en Juan, en ese Martí Salvat agostado por la melancolía, por el peso de las exigencias sociales, abochornado por el qué dirán. Así el actor nos muestra con profundidad su malestar. Del resto del elenco, tan inexcusable para crear un caldo de cultivo propicio, destaca principalmente Isabel Soriano, como la Vieja, como esa brujilla celestinesca, como esa inductora de otras posibilidades, como esa Mefistófeles abriendo la puerta y el dilema. El gran dilema del drama. Buscar a otro hombre para lograr la preñez. Pero los valores cristianos no se pueden transgredir de cualquier manera si uno no quiere torturarse. La tentación es encarnada por Xavier Torra, quien pulula con suavidad a la vera de aquella ex novia que se está mustiando. Otras mujeres (Ariadna Fígols, Roser Tàpias y Cristina López) son ejemplos acomodaticios, con sus bebés, con su cumplimiento de los deberes. En definitiva, este es un montaje solvente en la interpretación y sugerente en su dimensión estética.

Yerma

Autor: Federico García Lorca

Dirección: Marc Chornet

Intérpretes: Alba José, Martí Salvat, Ariadna Fígols, Xavier Torra, Isabel Soriano, Roser Tàpias y Cristina López

Ayudante de dirección: Anna Maria Ricart

Escenografía: Laura Clos (CLOSCA)

Diseño de vestuario y caracterización: Marta Rafa

Iluminación: David Bofarull

Música original y asesoría de movimiento: Miquel G. Font

Fotografía: David Ruano

Producción: Neus Pàmies

Una producción de: Projecte Ingenu y Teatre Akadèmia

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 16 de septiembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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