La gaviota

Los Teatros del Canal acogen un espectáculo que interconecta cine y teatro para ofrecernos nuevas perspectivas en esta versión del clásico chejoviano

La gaviota - Foto de Simon Gosselin
Foto de Simon Gosselin

Ya hace tiempo que asumimos como habitual en la escena contemporánea la mezcla de cine y teatro (el film performance), y que puede entreverarse desde distintas posibilidades, con más o menos pericia y, sobre todo, con un sentido más conveniente o forzado según los casos. Sin ir más lejos, esta temporada hemos podido contemplar varios montajes con procedimientos de este tipo. Véanse los casos de Entre chien et loup, de Pieces of a Woman o, recientemente, de Kingdom. Pero creo que aquí tenemos una referencia mejor y más concreta en Under the Influence, porque Łukasz Chotkowski también buscaba más la simultaneidad totalizante —además, Cyril Teste ya se había enfrentado al cine de Cassavetes con su Opening Night—. Sigue leyendo

Hay alguien en el bosque

Las violaciones que sufrieron las mujeres bosnias durante la guerra se reflejan en este montaje de teatro documento en La Abadía

Hay alguien en el bosque - FotoParece claro —y probablemente ocurra lo mismo en Ucrania, cuando la invasión termine— que la última guerra en los Balcanes va quedando en el olvido europeo. Y eso que, gracias a una película con gran relevancia, titulada Quo Vadis, Aida? (2020), que transcurre durante 1995, se volvió a poner en tela de juicio el papel de la ONU en Sbrenica. La brutalidad que observamos en algunas escenas —principalmente en una donde son fusilados decenas de hombres— es asfixiante. Por eso resultó muy conveniente el documental que Teresa Turiera-Puigbò y Erol Ileri realizaron en 2020 en el 25º aniversario de la Firma de los Acuerdos de Paz de Dayton. Dar cuenta de los miles de violaciones que se produjeron es fundamental para que sigamos siendo conscientes de todas las acciones cruentas que se producen en un conflicto bélico. Sigue leyendo

Coronada y el toro

Francisco Nieva revive en el Matadero gracias a un montaje extraordinario dirigido por Rakel Camacho

Coronada y el toro - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

Rakel Camacho nos entrega en la Sala Max Aub del Matadero el que posiblemente sea el espectáculo más sobresaliente de la temporada. Ha tenido que recurrir, eso sí, a Francisco Nieva (1927-2016); porque nuestro panorama dramatúrgico no está muy boyante. Sexta obra dentro del teatro furioso del polifacético artista de Valdepeñas que escribió en 1974 y que dirigió en su estreno de 1982. Otro día nos preguntaremos por qué no es presencia constante este autor (poco más que Salvator Rosa, hace unos años). En cualquier caso, todo en esta propuesta es arriesgado. Primero por su complejidad, aunque todas las claves las llevemos impresas, quizás a nuestro pesar, en el ADN español; segundo porque la «rapsodia» implica ensamblar plásticamente demasiados asuntos y el aire barroco y hasta el glam pueden repeler a más de un espectador. La burricie se da la mano con el horterismo, mientras las energías telúricas nos destinan a la creación más genuina y consistente. Sigue leyendo

Fundamentalmente fantasías para la resistencia

El director del Centro Dramático Nacional, Alfredo Sanzol, escribe y dirige una larga comedia sin fuste político sobre un grupo de teatro ucraniano que realiza funciones en plena invasión

Fundamentalmente fantasías para la resistencia - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

¿Es Alfredo Sanzol un dramaturgo cobarde, dado su relevante puesto? Cuando ha tenido que enfangarse políticamente ha demostrado que lleva ya demasiado tiempo afincado en la comedia amable, de tintes costumbristas, realizada con brillantez y originalidad humorística; pero sin meter el estilete en aspectos más controvertidos. Esto se observa en éxitos como La ternura o El bar que se tragó a todos los españoles.

La idea de la que parte Sanzol es la experiencia que está realizando en Kiev la actriz Anabell Sotelo, quien monta obras mientras se refugian en el sótano del propio teatro. Aquí, Natalia Hernández comanda el asunto con gran empaque; aunque sin desarrollar en demasía su gran veta cómica; porque le toca aunar todo el engranaje de manera entrañable. A su personaje se le ha ocurrido crear Pin, pan, Putin para elucubrar sobre unos españolitos, cual Operación Valkiria, que tienen la posibilidad de cortar el nudo gordiano descabezando al exagente de la KGB. Sigue leyendo

El proceso

Ernesto Caballero ha sabido sintetizar la novela de Kafka con gran habilidad, para configurar un montaje que destaca por su escenografía

El proceso - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Afirmaba el novelista y Premio Cervantes (y Premio Franz Kafka) Eduardo Mendoza en una conferencia hace ya más de un decenio que Kafka: «es un ser entrañable… pero es muy mal escritor… porque no tenía sentido de la narración… empezaba a Josef K. lo condenaron y no sabía por qué, ¡hombre, así no se empieza un libro; así se acaba!». Quizás tenga razón, y por eso cuando vemos una adaptación de El proceso, como aquí ha llevado a cabo con no poca brillantez Ernesto Caballero, lo importante acaba siendo la atmósfera creada. El acontecimiento podría durar dos, tres o cuatro horas; aunque también veinte minutos. Poco importan los vericuetos del transcurso hasta el final inevitable de la muerte de nuestro protagonista (tal y como se nos enseña al principio). Podría ser un sueño o una metáfora de nuestra sociedad que, más que nunca hoy, tiene a millones de ciudadanos enredados en una burocracia, ahora digital, que les lleva directamente a callejones sin salida que pueden provocar su expulsión del país, su desahucio, la llegada de una multa inasumible, su negación del pasaporte o del visado o de la nacionalidad o, incluso, su encarcelamiento. La sospecha de que todo está hecho adrede nos consterna; pero la pérdida de confianza en el sistema nos atemoriza aún más. Y creo que esta es la clave del meollo; al fin y al cabo, nuestro penoso condenado trabaja en la banca y ya sabemos que la credibilidad es fundamental. Sigue leyendo

Daniela Astor y la caja negra

La novela de Marta Sanz sobre los años del destape, adaptada por Mónica Miranda y dirigida por Raquel Alarcón, resulta pacata

Daniela Astor y la caja negra - Foto de La dalia negra
Foto de La Dalia Negra

Resulta llamativo que, con la abundancia de obras de teatro documento no se aproveche precisamente para llevar a escena una novela que trabaja, en parte, con un falso documental (cargado de fuentes reales extraídas mayoritariamente de internet); y que por escrito no luce tanto como en nuestra imaginación. Más extraño es si al frente de este montaje se sitúa Raquel Alarcón, quien hace unos meses ha dirigido 400 días sin luz, donde se intentaba trasladar la realidad de la Cañada Real.

Tengamos en cuenta que Marta Sanz (1967) publica su novela en 2013 y que los variados puntos de vista que adopta configuran un relato que se deshilvana en la adaptación de Mónica Alarcón. Primero, porque se establece un contraste realmente potente y persuasivo entre la mirada ingenua (para nosotros irónica, pues, en cierta forma le quita glamour a ese proceso de la Transición tan hiperbolizado) de una chica de doce años, que podría ser un trasunto de la propia autora, que juega a ser una de esas mujeres de armas tomar en plena época del destape, y esas diez secuencias —llamadas «cajas»— que se van intercalando, donde a modo de pastiche, artefacto camp o cutrelux, van apareciendo en entrevistas donde desfilan esas actrices que protagonizaron a su vez otro contraste, que es el que debería producirse en escena; pero que no se logra. Sigue leyendo

Una imagen interior

El Conde de Torrefiel sigue exprimiendo su concepción de «ultraficción» en otra performance donde prima la banalidad

Una imagen interior - FotoEl empeño contemporáneo del arte por obcecarse con el marco despreciando la obra en sí, regodeándose en la metáfisica con una racanería filosófica patente, hace de los actos ficticios un acontecimiento de maravilla ingenua destinado a los que necesitan que se les recuerde lo indiscutible. Esto de que El Conde de Torrefiel te espute —por escrito, todo por escrito— que estamos donde estamos, es decir, en un teatro, ante una obra de ficción, es la constante del metateatro imparable. Y esa insistencia en los primeros minutos viene a ser la directriz fundamental; porque el resto es vagar como lo hacemos en los lugares que habitamos con una cotidianidad insignificante.

Si nosotros tenemos que adoptar la mirada límpida que pedía Bruno Latour en La vida en el laboratorio; entonces uno ya no sabe qué hace en un teatro. Porque esa perspectiva es filosófica, no artística. A mí me parece que se debe hacer metarrecepción. O sea, el espectador acrítico debería recibir un golpe de gracia divina para despertar y preguntarse si lo obvio es lo obvio y ya está. ¿Por qué ante el mural que elevan al principio unos técnicos y que nos deja ese azaroso mejunje de borratajos no afirmamos ya directamente lo que al final debemos aseverar? Sí, es que, en la coda, como no podía ser de otra forma, los churretones se esparcen al tuntún (dejemos de hacer la comparación con el dripping de Pollock, que el asunto no va por ahí) sobre un grandísimo tapiz blanco, que luego pliegan para provocar la simetría, y, después, despliegan para colgarlo como al inicio —entiendo que ese será el «lienzo» que emplearán en la siguiente función—. Observamos la broma naíf. Este ejercicio lo realizan a diario miles de niños en los colegios y luego salen tan contentos a regalárselo a sus padres. Si algún centro educativo se empeñara también podría soltar un rollo en el patio de 30 metros por 15, y suspenderlo con drones de juguete (ojalá los ciudadanos puedan intuir una paloma de la paz).

A mí me parece que lo más coherente hubiera sido dejar el retablo en blanco para que la élite cultural que se sienta en las butacas pudiera ver las «maravillas» que ahí aparecen y no estrujarse los sesos con alguna descabalada respuesta a un test de Rorschach. Quizás Gisbert-Chanfalla y Beyeler-Chirinos sean unos pícaros y no es que estén a descubrir quiénes son hijos bastardos o judíos conversos, sino a revelar moderneques snobs que siguen sin darse cuenta de que se la están colando.

A los espectadores nos toca leer sobretítulos (no escucharemos a los actores en ningún momento) como si hubiéramos perdido las sinapsis neuronales y hubiéramos alcanzado la tabula rasa, y ahora alguien tuviera que poner nombre a todo eso que ya sabemos cómo se llama: ESCENARIO, ILUMINACIÓN, etc. Leemos lo innecesario a la espera de que podamos hallar algo valioso en esas palabras. La primera estación es el Museo de Historia Natural, donde una copia de algunas pinturas prehistóricas de hace cuarenta y cinco mil años se debe imaginar en el telar antes comentado. No se exprime la idea de copia, ni se va más allá de la contemplación de unos visitantes que, digamos, alguno tiene gracia. Pues uno se dedica a escrutar una publicidad del MediaMarkt (él no es tonto), que prefiere a ese vestigio que tiene delante. Todo un futurista. Diríamos que un iPhone «rugiente» es más «hermoso» que unos bisontes rupestres.

Adentrarse en el supermercado a que no pase nada relevante y la performance se reduzca al azul plasticoso o al naranja en unos territorios de banalidad cavernosa, donde los individuos que allí pululan poco actúan, más bien están, ni siquiera a la espera de algo en el bailecito inesforzado, ralentizado, con la electrónica atronadora que llega al punto previo a la molestia. Uno se pregunta ciertamente qué hace ahí ante tanta evidencia.

Lo que no parece muy apropiado en El Conde de Torrefiel es emplear el término de «ultraficción», como una especie de concepto inventado, cuando, en realidad, únicamente se mantienen en el palimpsesto de Gérard Genette, explotado por Barthes o Baudrillard. Tampoco esto es el Ultrashow, de Noguera, o el ultrarracionalismo, de Homo Velamine. Es insistir en las coordenadas ya manidas de la metaficción a las puertas del metaverso huidizo. Volveremos a la duda metódica cartesiana con babosos balbuceos.

Solo puedo entender este montaje desde la distancia irónica. Asumiendo el absurdo de lo que ocurre delante de mis ojos y, sobre todo, de aquello que no ocurre y que no podría ocurrir, pues en el tapiz no se muestra el mínimo andamiaje conceptual ante el que pudiéramos ofrecer nuestra exégesis.

Tanay Beyeler y Pablo Gisbert viven de todos esos filósofos y filósofas que afirman leer (y que nos lanzan para no sé qué, con gratuidad manifiesta), sin profundizar en nada potente, soltando respuestas vagarosas a preguntas inanes. Es el mundo de capillita no ya para los entendidos, de esta deshumanización de no se sabe qué humanidad previa —como afirmaba Ortega—, sino para los que tienen fe en la epifanía que realmente no llega. Muchedumbre de butacas que no se atreve a afirmar que en el retablo no hay nada.

Una imagen interior

Idea y creación: El Conde de Torrefiel en colaboración con los intérpretes

Dirección dramaturgia: Tanya Beyeler y Pablo Gisbert

Texto: Pablo Gisbert y Tanya Beyeler

Performers: Gloria March Chulvi, Julian Hackenberg, Mauro Molina, David Mallols, Anaïs Doménech y Carmen Collado

Diseño de luces: Manoly Rubio García

Escenografía: Maria Alejandre y Estel Cristià

Esculturas: Mireia Donat Melús

Robótica: José Brotons Plà

Espacio escénico y vestuario: Maria Alejandre y Estel Cristià

Diseño de sonido: Rebecca Praga y Uriel Ireland

Dirección y coordinación técnica: Isaac Torres

Técnicos en gira: Roberto Baldinelli, Uriel Ireland, Guillem Bonfill

Producción: Uli Vandenberghe

Administración: Mireia Donat

Producción ejecutiva: Cielo Drive SL

Distribución: Alessandra Simeoni

Con la ayuda a la producción de ICEC – Generalitat de Catalunya Co-producción Wiener Festwochen (Viena) Festival d’Avignon Kunstenfestivaldesarts (Brussels) Centro Cultural Conde Duque (Madrid) Festival GREC (Barcelona) Festival delle colline torinesi (Torino) Grütli – centre de diffusion et production des arts vivants (Génève) Points communs – Nouvelle scène national de Cergy-Pointoise-Val d’Oise Festival d’Automne (Paris).

Con el apoyo de: Teatre el Musical, Valencia Centro Párraga, Murcia.

Centro Conde Duque (Madrid)

Hasta el 19 de marzo de 2023

Calificación:

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El viaje del monstruo fiero

Rafael Álvarez «El Brujo» toma como excusa el tema del actor y su importancia en los Siglos de Oro para insistir en sus búsquedas existenciales

El viaje del monstruo fiero - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Apenas hace un año estrenaba el Brujo su espectáculo Los dioses y Dios. Ahora, por fin se sube a las tablas del Teatro de la Comedia para profundizar en la síntesis que a él realmente le fascina. Es decir, el misterio de la vida, esa verdad inasible que intenta hallar en los místicos de todo tiempo y lugar, y que, en realidad, va acotando en el arte, en la belleza, en la experiencia estética. Él mismo, como actor, como ese bululú que recorre los caminos de España —así nos ilustra luego con todas las clásicas agrupaciones actorales que detalla Agustín de Rojas en El viaje entretenido— sería un médium de esa verdad a la que somos destinados a través de su interpretación, de su palabra revelada, de la fascinación que encontramos en lo imaginario, la confluencia de los mundos posibles entreverados por lo verosímil. Sigue leyendo

Mefisto for Ever

El Teatro Fernán Gómez acoge esta adaptación libérrima de la novela de Klaus Mann protagonizada por Sonia Almarcha

Mefisto for Ever - Foto de Laura Enrech
Foto de Laura Enrech

Toda la intrahistoria del Mefisto de Klaus Mann ya daría para mucho, si pensamos que el novelista tuvo un affaire con Gustaf Gründgens, el actor en el que se basó para escribir su novela. Lo verídico y lo ficcional se multiplican cuando lo metateatral, además, es uno de sus más sólidos contenidos. Y, por si fuera poco, el propio personaje de Goethe, embebido en las fuentes judeocristianas, es otro juego de máscaras absolutamente fascinante. Pero este montaje se apoya en el texto firmado por el dramaturgo Tom Lanoye; y cualquiera haya leído la novela o haya visto su magnífica adaptación cinematográfica realizada por István Szabó en 1981, comprenderá enseguida que no solo se han buscado vericuetos diferentes; sino que su máximo protagonista diría que posee otra moral. Y este punto me parece esencial; porque el Hendrik Höfgen de Mann posee un cinismo que se sustenta sí, en la ambición; pero no en una descarada inteligencia. Tenemos a un vividor, a un engreído. El Kurt Köpler que contemplamos en el Teatro Fernán Gómez posee unas ansias de carácter artístico que resultan fascinantes. Vemos a alguien afanado en el perfeccionamiento de su arte. Alguien que es capaz de transformar sus ideales por seguir siendo actor. No creo que en este Mefisto haya un amor exacerbado y existencial por su profesión; aunque, por supuesto, él se calza la máscara del seductor macabro.

Que todo el elenco lleve el rostro pintado de blanco —no con la perfección que vemos, por ejemplo, en la película; sino con los motivos del expresionismo alemán— también exige una forma de distanciamiento, que nos los deja insertos en un baile de máscaras que acentúan todas esas capas que debemos desvelar. En esto sentido, creo que resulta inevitable no acordarse de aquel Fausto, de Pandur, con algunos aspectos artísticos similares. Puesto que la escenografía y el vestuario de Anna Tusell y Arantxa Ezquerro poseen esa polvareda de ultratumba, de tiempo caduco y ceniciento, que estampa la decadencia de cierto idealismo, sustituido por otro mucho más desaforado. El fondo, como un muro hecho a jirones —no el de Berlín, todavía— está destinado a la propaganda desvencijada. La estética se caracteriza por una potencia inapelable, y más si se aprovecha la propia grada para hacer descender a los intérpretes por las escaleras de un lateral y así ampliar mucho más la visión en ese marco ya de por sí tan panorámico. Un acierto de Álvaro Lavín, no tanto en la dirección actoral; porque ha permitido un desequilibrio en las interpretaciones demasiado llamativo. Y es que Sonia Almarcha está definitivamente espléndida en el papel de Kurt Köpler. Cada personaje que encarna, en esa cabalgata de celebridades, desde el inicial Hamlet, los tamiza a través del Mefistófeles que va a llegar a ser; pero a mí su agilidad —sobre todo ese movimiento de piernas y de brazos— me ha llevado directamente al arlequín. Prácticamente en escena toda la función, absorbiendo los nuevos códigos de los mandamases llegados al parlamento. En los primeros embates de aquel día de las elecciones de 1933, cuando Hitler subió al poder, las posiciones dentro del grupo de teatro están bastante definidas. Iván Villanueva se queda con Victor Müller, un activo del Partido Comunista, y amigo de nuestro Kurt. El actor mantiene el tipo y sabe dibujar en su rostro tanto la preocupación creciente, como esas ansias que comparte con su colega de crear un teatro para el pueblo, que tenga un gran hálito revolucionario. Luego, en el otro extremo, quizás esté un poco aniñado el Niklas Weber de Nacho Redondo. El claro ejemplo de fascista de nuevo cuño, de odiador profesional y dispuesto a entregarse a la causa con toda su estulticia. Su mirada de antisemita es convincente y después, cuando parece más fuera de sí, todavía más. Aunque el papel que me parece que debería redondearse más es el del Ministro de Cultura, el Gordo; puesto que no me resulta verosímil cómo ejerce su dominio en las primeras escenas. Pienso que Darío Frías hasta bien avanzada la pieza no le imprime la fuerza necesaria a un tipo que debe ser tenebroso.

Luego, Elisabet Gelabert, cuando primeramente se mete en la piel de una gran actriz extranjera llamada Rebecca Füchs, impone su seguridad sobre las tablas para recibir el ataque de ese muchacho insolente de Niklas que no para de expeler ira. Más adelante, como Lina Lindenhoff, la actriz amante del Gordo, resultará más grotesca y hasta risible, cuando también se encarne en la reina Gertrudis.

En otro nivel se muestran Paula García Lara y Cristina Varona como actrices de la compañía, con poco fuste y con líneas que casi pueden demostrar hacia qué lado se escoran ante la incertidumbre política. Mientras que Esperanza Elipe, desde su butaca, hace de la madre de Kurt y se empeña en tareas de apuntadora. Le pone algo de humor a tanta rencilla.

En Mefisto for Ever asistimos al desarrollo de un carácter, de un quiero y no puedo, de un tipo que se agarra al arte; pero también a su ego. Mientras, idealmente, piensa que se puede jugar factiblemente con dos o tres barajas distintas; no obstante, apenas parece darse cuenta de cómo es asimilado hacia el mal. De cómo es usado por el poder, por esa estética del nazismo que ansiaba penetrar a través de todos los ámbitos de la sociedad germana. Desde luego, merece la pena asistir a las ambigüedades que atenazan a este Köpler.

Mefisto for Ever

Texto: Tom Lanoye (a partir de la novela de Klaus Mann)

Dirección: Álvaro Lavín

Reparto: Sonia Almarcha, Elisabet Gelabert, Esperanza Elipe, Iván Villanueva, Paula García Lara, Nacho Redondo, Darío Frías y Cristina Varona

Iluminación: Luis Perdiguero

Diseño audiovisual: Elvira Ruiz Zurita

Música: Iñaki Salvador

Espacio sonoro: Alberto Granados

Escenografía y vestuario: Anna Tusell y Arantxa Ezquerro

Diseño gráfico: Causa efecto

Ayudante de dirección: José Luis Sixto

Asistente de producción: Sara Pérez

Dirección técnica: Rafael Catalina

Producción: Meridional Producciones, Vaivén Producciones y El Gato Verde Producciones

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 26 de marzo de 2023

Calificación: ♦♦♦

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