Amarte es un trabajo sucio

El dramaturgo Íñigo Guardamino, un veterano del circuito off, plantea en el Teatro Quique San Francisco una sátira acerca del engranaje malicioso en el que se ven envueltos los mensajeros de paquetería que recorren nuestras ciudades

Amarte es un trabajo sucio - Foto de Carmina Prieto
Foto de Carmina Prieto

Resulta conveniente observar el circuito off, donde, a veces, aparecen obras que merecen sobrevivir, entre tanta abundancia de intentonas primerizas o de asuntos manidos. Íñigo Guardamino siempre se ha mantenido en cierta marginalidad dentro de esa esfera escénica española y ha saltado poco a los teatros institucionales. Quizás, esto le ha permitido sostener su irreverencia; puesto que lo suyo es la sátira vitriólica, capaz de señalar los destrozos de nuestra vida contemporánea. Con humor negro y golpes de efecto que nos pueden dejar estupefactos, el dramaturgo ha ido aquilatando su estilo dentro del teatro social más inteligente (véase Monta al toro blanco).

Sí es cierto que este último montaje ha rebajado algo esa chocarrería tan rompedora; aunque el pulso es pertinaz. Esta vez la emprende contra las empresas de envío, esas que tienen a un montón de repartidores en bicicleta dejándose los glúteos y el aliento por aguantar a flote. Nuestro antihéroe es un Álex Villazán que vuelve a demostrar su energía y una habilidad enorme para hablar rápido, algo que viene estupendamente en esta función. Un joven graduado en Derecho que comprueba que su currículum apenas le deja oportunidades, si no trae aparejada una experiencia. Que decida aceptar la oferta de empleo de Hermess, le permitirá conocer un mundo de angustia infinita; pero que, paradójicamente, lo enganchará no como si fuera un rider, sino un gamer, un ludópata de su propia supervivencia dopaminada. Sigue leyendo

Asesinato de un fotógrafo

Pablo Rosal continúa con su personalista andadura dramatúrgica elaborando otro ejercicio de estilo a través de los estereotipos habituales de las novelas de detectives

Asesinato de un fotógrafo - FotoEmpecemos por el final o por el todo o por esto que aquí ocurre. Asesinato de un fotógrafo es un ejercicio de estilo. Y, sinceramente, creo que solo es un ejercicio de estilo. Otro más, como su exitoso Los que hablan. Porque hay un tipo de público que necesita aparentes rarezas teatrales en este mundo de engrudos y de llamadas de atención permanente. Pero, ¿nos quiere decir algo Pablo Rosal? O simplemente juguetea con el género negro, con el cliché. Hace poco, Puñales por la espalda. Glass Onion desplegaba todo su poderío tecnológico para realizar un producto repleto de remisiones culturalistas en un collage descomunal que, con la apariencia del film extremadamente comercial, que engancha a todos aquellos que ansían descubrir quién es el asesino, nos descubría el cinismo de nuestro mundo contemporáneo. No es de una profundidad deslumbrante; aunque no es un artefacto vacío, como si lo es esta pieza teatral. Esto no quita, claro, que sea entretenida, divertida por momentos, ingeniosa en algunos detalles y sugerente por esa retórica que destila («El detective es un cabo suelto en la comunidad humana») que nos descubre una forma de narrar repleta de comicidad naíf, anunciada por su trompeta jazzística (el jazz, por supuesto) ejecutada con su boca.

No he parado de recordar El crack cero (2019), de José Luis Garci, que es la precuela sobre su famoso detective. Grabada, por supuesto, en blanco y negro es, quizás, la película más representativa de cómo un cineasta, determinado totalmente por sus preferencias estéticas, nos ofrece una cinta que necesariamente nace caduca. Solo podemos observarla con distancia irónica. Todas las sentencias demoledoras, de un romanticismo rancio, que los personajes expresan en cada plano son un suvenir. La decencia artística de Pablo Rosal va por el lado de la anticipación. Sin caer en la farsa, ni en la payasada, constantemente nos hace partícipes de un relato que todos (y él, el primero) no podemos más que contemplarlo como algo estereotipado. Todos los tópicos están ahí. Es el empeño de algunos dramaturgistas de «vendernos» lo evidente para intentar que nosotros, el público inteligente y de élite, les otorguemos algún atisbo de originalidad a través de nuestra interpretación, de nuestra recepción o, si queremos perder más tiempo, de nuestra crítica. Véanse en los últimos tiempos Obra infinita, de Los Bárbaros o La imagen interior, de El Conde de Torrefiel.

Será esta otra obra más que se sume a una colección escueta de obras teatrales que desarrollen el noir, desde La gota de sangre, de Pardo Bazán hasta La Florida, que presentó en esta temporada Víctor Sánchez, pasando por la Carlota, de Mihura, y alguna más como Perdona si te mato, amor.

Un fotógrafo muerto en una reconstrucción fotográfica para dilucidar lo que parece un asesinato. Ahí está la gracia escenográfica del sencillísimo planteamiento. La voz del narrador-protagonista se recrea en los detalles en la estilización del género novelístico que llega con éxito de ventas hasta el día de hoy —y parece incansable—. Pablo Rosal se inviste con el traje oficial de detective para darle un rollo vintage, no tiene el móvil en la mano, pero le da swing en la lengua y en los pies (durante un interludio). La fotonovela permite ilustrar las hipótesis y los errores de la memoria para que todos descubramos que nosotros somos los primeros mentirosos con nosotros mismos. Julio Romero es contactado por un tal Franz Ziegetribe, un relevante fotógrafo en horas bajas, para que acuda a la habitación 112 del hotel Montevideo en caso de que lo asesinen. Así sucede. Si no, qué caso tendríamos.

Todo es muy sencillo. Todo está demasiado vacío, tanto en las imágenes, donde no aparecen humanos, como en las descripciones, donde únicamente se hace referencia a las personas que, de alguna manera, pueden tener alguna relevancia. ¿Qué hay alrededor de esos sospechosos en la bulliciosa Barcelona? No importa. Así nosotros, los espectadores que atentamente escuchamos la historia, no nos perdemos. Setentañeros son la pareja de galeristas, el señor y la señora Casajoana, que han tenido hasta el momento una relación estrechísima con su protegido. También gastan los setenta Cuca Ràfols exesposa de Ziegetribe, política y empresaria de la noche (dueña de un puticlub) y Miguel Sánchez-Pino, un desagradable periodista dueño de una publicación un tanto sensacionalista (amigo de nuestro finado). Luego está el recepcionista del hotel y la sirvienta de los mecenas, quien se expresa con clarividencia. No hay deriva erótica, pues nuestro sabueso no está para correrías. Nada más se nos concede. El juego está servido.

No hay novedad. Detalle a detalle. Con demasiada linealidad, con pocos requiebros. Con sempiterna melancolía en la gabardina. Terminemos por el final: una broma. Una inverosimilitud. Un ejercicio de estilo.

Asesinato de un fotógrafo

Autoría: Pablo Rosal

Dirección: Ferran Dordal i Lalueza

Reparto: Pablo Rosal

Fotografía: Noemí Elias Bascuñana

Concepto escénico y diseño de vestuario: Sílvia Delagneau

Diseño de escenografía: Maria Alejandre

Espacio sonoro y música: Clara Aguilar y Pau Matas

Diseño de iluminación: Mingo Albir

Ayudantía de dirección: Mònica Almirall

Equipo de realización de fotografías:

Dirección artística: Maria Alejandre

Asistente dirección artística: Oriol Duran

Gráfica: Pablo Shenkel

Colaboración especial: Josep Maria Gassó

Agradecimientos: Albert Salord, Carla Schroeder, Irena Visa, Myrta Anadón, Ascensor Cocktail Bar, Bar Raïm, Galeria Esther Montoriol, Kipps Agramunt, Llibreria la Memòria, Llibreria Nollegiu, Primavera Sound y Transports Metropolitans de Barcelona

Una producción de la Sala Beckett

Este texto recibió una ayuda para la escritura teatral en la temporada 2020-21 de la Sala Beckett con el apoyo de la Fundación SGAE

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 23 de abril de 2023

Calificación: ♦♦

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Orlando

El estilo del teatro filmado se impone en la dramaturgia contemporánea europea; y una de sus principales artífices, Katie Mitchell, nos ofrece una adaptación de la novela de Virginia Woolf

Orlando - Foto de Stephen Cummiskey
Foto de Stephen Cummiskey

Lo más normal es que Paul B. Preciado se apropie del Orlando, de Woolf, para emprender su autobiografía fílmica en el desarrollo de ese mundo disfórico en el que parece vivir y en el que defiende que deberíamos vivir todos. Una egolatría más que puede tener repercusión en el arte performativo, como un revival setentero, pero que filosóficamente hace aguas, pese a quien le pese.

El Orlando, la novela de 1928, no para de ganar adeptos, no para de resimbolizarse en esta atemorizante disolución queer que están padeciendo las nuevas generaciones en el cuestionamiento de su existencia sexual, mientras las eternas distracciones les provocan ansiedad generalizada. Ya tuvo éxito la versión de Sally Potter con la idónea Tilda Swinton y, bastante después, Guy Cassiers nos aburría hasta la saciedad con su mortuoria monotonía dramatúrgica. Ahora llega Katie Mitchell a desbordarnos con su «mecanismo». Sigue leyendo

Sobre el caparazón de las tortugas

La nueva obra de Ignasi Vidal cae en el manido enfrentamiento de una pareja malavenida en el contexto de la Semana Santa sevillana

Sobre el caparazón de las tortugas
Foto de Antonio castro

Cuando se pretende condesar mucha información en muy pocas horas, como si hubiera que cumplir con la regla de las tres unidades (tiempo, espacio y acción) a rajatabla (aquí así ocurre), hay que tener una gran pericia para que las inverosimilitudes no lo lleven todo al traste. Desgraciadamente, el dramaturgo Ignasi Vidal no ha estado fino en el reparto comedido de lo relevante. En cierta medida, en su obra más célebre El plan, ya se dieron excesos en cuanto a cargar las tintas. Mejor le fue, desde mi punto de vista, con Dribblig, verdaderamente se concedía el oxígeno requerido. Porque en Sobre el caparazón de las tortugas —una metáfora que se nos explica debidamente como en un aparte cargado del melodramatismo de otro tiempo— la sempiterna bronca entre dos divorciados se manifiesta de una manera inverosímil, como si estuvieran más empeñados en que el público se entere de los avatares de su extinto matrimonio, que en jugar sus cartas con astucia. Sigue leyendo

Uz: el pueblo

Natalia Menéndez dirige esta comedia negra del dramaturgo Gabriel Calderón, donde se pretende realizar una sátira acerca de las creencias de una familia cristiana. El resultado nos hace pensar en un tipo de teatro comercial bastante inane

Uz - El pueblo - Javier Naval
Foto de Javier Naval

La lógica parecía decirnos que, si Historia de un jabalí había sido extraordinaria y Ana contra la muerte, nos hizo pasar buenos momentos, este Uz: el pueblo —presentada en 2004—, del dramaturgo uruguayo (y multipremiado) Gabriel Calderón (1982), debería ser un bombazo. Pues yo pienso que si le quitamos el embalaje ese que las élites culturales parece que no quieren contemplar; pues hallaremos una astracanada digna de los teatros comerciales más rancios.

Esto no tiene ni la sutileza, ni la inteligencia de los Monty Python, que serán nuestro principal referente (tampoco de Los Simpson). Más bien se parece a La que se avecina; aunque sin esa capacidad para incidir en nuestra moralina presente. Esto es una bola de nieva lanzada de una montaña bien empinada, una vez la clamorosa voz en off de Dios le ordena a Grace que mate a uno de sus dos hijos, como si fuera Abraham. El desbarre alcanza los noventa minutos y se recurre a ese humor que, sí, nos puede hacer reír y hasta carcajearnos; pero para caer después en el olvido. No obstante, nosotros íbamos al Matadero a ver teatro trascendente y profundo, ¿no? Sin pasarnos, claro, que para eso nos cargamos a Mateo Feijóo, que pretendía hacer de esto Berlín. Sigue leyendo

La habitación blanca

Josep Maria Miró nos lleva en el Teatro Español a un espacio de expiación para ahondar en la cuestión del acoso escolar

La habitación blanca - FotoLa extrañeza que se consigue en los primeros instantes de esta función, cuando todo lo que sucede no parece más que dirigirnos hacia una atmósfera de cercanía, es lo que logra atraparnos durante la mayor parte del tiempo. Una señora mayor, de pelo cano, una Lola Casamayor que posee un rostro capaz de expresar una ambigüedad natural que encaja excepcionalmente en este prólogo. Un gesto maniqueo de alguien que duda y que nos hace dudar; porque parece una ancianita algo desnortada, solitaria, vagabunda, sin un lugar al que ir. La picaresca de alguien que ha robado en un supermercado y que tiene la capacidad para seducir al segurata. ¿Qué ocurre ahí entre tanto diálogo rayano en el absurdo? Quizás este clima de misterio que el dramaturgo consigue alargar hasta bien avanzada la pieza sea la demostración de su habilidad en la escritura; pero luego uno tendrá la sensación de que la cuestión esencial no deja de ser una reverberación en tres personajes que están esbozados con los rasgos esenciales, que nos valen para hacernos una idea; pero no para profundizar en la complejidad de su personalidad. Sigue leyendo

Don Ramón María del Valle-Inclán

Pedro Casablanc toma la biografía escrita por Ramón Gómez de la Serna para, sin llegar a travestirse del todo, disertar divertidamente sobre Valle

Don Ramon María del Valle-Inclan - Javier Naval
Foto de Javier Naval

En alguna librería de viejo todavía se pueden encontrar ediciones de esa fantasiosa biografía sobre Valle-Inclán que publicó allá por 1944 Ramón Gómez de la Serna, en la Colección Austral de Espasa-Calpe (la de las tapas naranjas) y que era una extensión de un retrato que ya había dado a la imprenta tres años antes. Que el creador de las greguerías se lleva a su terreno la semblanza de su admirado escritor es evidente a cada paso, y el hecho de que se haga eco de leyendas, dimes, diretes y otros lances, hacen del libro otra ficción más que apostaría por alargar el mito de nuestro chivo. Sigue leyendo

Las guerras de nuestros antepasados

El premiado Carmelo Gómez protagoniza esta adaptación de Eduardo Galán de la novela dialogada de Miguel Delibes

Las guerras de nuestros antepasados - FotoCreo que este montaje hay que observarlo desde una perspectiva más simbólica que naturalista, que el mérito de Eduardo Galán está en darle más hondura a una novela que puede parecernos demasiado anticuada, algo ingenua y hasta risible, como así ha provocado la gente de campo de antaño por su aparente simpleza al hablar (ese tópico que ha durado tanto en nuestro país y que tiene al garrulo como epítome). Algo de esta comicidad tenía la propuesta que protagonizó Manuel Galiana allá por el 2002, que reponía la que había liderado José Sacristán con anterioridad. Sigue leyendo

Obra infinita

Los Bárbaros pretenden convertir en espectáculo teatral un cuento entrelazado por otros en la Sala de la Princesa

Obra infinita - Foto de Luz SoriaQuiero pensar seriamente en qué se diferencia esta función de Los Bárbaros en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero de un cuentacuentos cualquiera en alguna maravillosa biblioteca —sí maravillosa, porque el entorno influye—. Sinceramente, creo que este espectáculo pretende descubrirnos nuevamente el fuego dándonos a entender que esto de relatar historias en la cercanía es cosa del pasado.

Dicen que esto va «de contar y cantar, de cuidar y curar con palabras». Y yo me pregunto en qué mundo viven, pues parece que ya no hay pueblos, ni campamentos de verano, ni barrios con centros culturales y de ocio, ni fascinación por las fábulas en las noches de luna llena. ¿A qué viene revestir de teatro algo tan corriente? ¿A qué viene convocar al respetable para escuchar otra de esas leyendas que se engarzan unas en otras como ya hemos escuchado tantas veces? Sigue leyendo