Los que hablan

Pablo Rosal sienta a Luis Bermejo y a Malena Alterio a descubrir la estupefacción del lenguaje oral

Unos introvertidos recalcitrantes que han quedado por Tinder, dos extraterrestres recién llegados a nuestro planeta, dos androides en un laboratorio dedicado a la inteligencia artificial, dos «jarrones vacíos» ―en palabras del dramaturgo― para insuflarles el hálito vital, Adán y Eva reconociéndose en el Paraíso (en el principio era el verbo), dos gólems amasando su lengua. Cada uno se podrá imaginar lo que quiera. Aunque también, dada la imperiosa presencia del metateatro en nuestra dramaturgia contemporánea, Los que hablan puede pasar por un mero ejercicio interpretativo que nosotros debemos resignificar en el espacio teatral para otorgarle una validez. En este último sentido, me recordó a Premios y castigos, de Ciro Zorzoli, donde los actores realizan ejercicios de interpretación como si fueran marionetas huecas. Y aunque parece que es el absurdo el que impera en las reacciones y en los cambios de tema, y que nos pueden aproximar a Ionesco, lo cierto es que funciona más en la dirección de Jacques Tati; porque encontramos más estupefacción infantil, más incapacidad en la propensión de las palabras y un trabajo con el silencio muy limitante. Si hace gracia en el inicio, no es tanto, creo, por una pretensión cómica que nos hiciera situarnos en una obra a la manera de Mihura o Jardiel Poncela. No es tanto un trabajo con metáforas inverosímiles o enfrentamientos terminológicos insensatos para crear entornos ajenos a la realidad, como una falta de habilidad por parte de los protagonistas a la hora de hacerse cargo de aquello que sale trastabillado de sus bocas. Bien, pero, ¿qué pasa? Pues que salen Luis Bermejo y Malena Alterio, y no son capaces de entablar un diálogo. La onomatopeya es el balbuceo primigenio, el esbozo de lo que debe convertirse en verbo. Es el icono lingüístico, la imitación de la duda, de la incomprensión, de la vergüenza. En lingüística se llama función fática a ese uso del lenguaje consistente en mantener el canal comunicativo abierto. Se suelen poner de ejemplo las expresiones que utilizamos en las llamadas telefónicas para que nuestro interlocutor sepa que seguimos a la escucha («sí, sí», «ya»). Hoy en día es la función preponderante en el mundo, pues, qué son todas esas charlas por Whatsapp que únicamente pretenden establecer contacto, no sentirse solo («ola, k ase»). En la intemperie, las conversaciones de otros, anodinas y corrientes, técnicas e incomprensibles, otras; sirven para probarse, para demostrarse que hablar está bien, que no es tan complicado. Como dos clowns que se auscultan a través del gesto, de la inocencia, como pequeños simios que gruñen, que palpan. Y sí, ahí, como espectadores deseamos entrar en el juego, descubrir cómo saldrán del entuerto, hasta dónde nos llevarán sus guiños graciosos; pero, desgraciadamente, la recursividad y la repetición anquilosan el engranaje para dejarlo en un juguete, un sketch que se alarga en su propio mecanismo. Y es que la búsqueda de la acción pura, fuera de toda contextualización que puedan remitir a una trama nos destina a una deshumanización, tal y como definía Ortega el «arte nuevo» allá por 1925. No obstante, ya para nosotros esto no es novedoso. Bermejo, que es un payaso profesional (véase su minuto, y otras representaciones politicogurtelianas), toma con naturalidad su pasmo y arroja sus habituales tics a través, fundamentalmente, de la mirada. No se queda atrás la Alterio, acostumbrada en los últimos tiempos a soportar situaciones de angustia o de colisión (así le ocurre en la extraordinaria serie Vergüenza, con Javier Gutiérrez). Ambos se compaginan y cuadran un ritmo que nos resulta sencillo, resolutivo en su atmósfera de desvelamiento y entrañable en cuanto que autodescubren la placentera sensación de hablar. Pablo Rosal, a quien conocemos de su actuación en Kingdom, de Agrupación Señor Serrano, nos lanza el anzuelo, nos provoca una extrañeza y después nosotros somos los responsables de encajarlo en la consabida interpretación, ya casi un tópico, sobre la incomunicación actual, cuando el ruido prima sobre la claridad. Aspecto que se repite como un mantra y que es altamente discutible, veamos, verbigracia, a todos esos ancianos que no soportan su solitario y sempiterno silencio versus aquellos que se sienten morir ante los tímidos silencios en los chateos verborreicos. Una paradoja, al fin y al cabo. Si cabe, podemos tomar la obra como un toque de atención acerca de la importancia que tiene el habla. Por ejemplo, el siquiatra Luis Rojas Marcos remarca «el poder terapéutico de hablar y hablarnos». Los que hablan, como pieza breve puede funcionar; pero en su extensión se desarrolla en la inanidad de un lenguaje que, una vez asimilado, si no es significante, si no remite a un referente para emprender el pensamiento; entonces se agota en el formalismo, en un ruido que impide la comunicación humana.

Los que hablan

Texto y dirección: Pablo Rosal

Reparto: Luis Bermejo y Malena Alterio

Diseño de escenografía y vestuario: Almudena Bautista

Diseño de iluminación: Valentín Álvarez

Producción artística: Ana Belén Santiago

Fotografía: Laura Ortega Pinillos

Ayudante de producción: Lucía Rico

Auxiliar de producción: María Baldor

Técnica: Tony Sánchez

Gerencia: Ana Camacho

Comunicación: Katia Barba

Redes: Ka Penichet

Administración: Marysa Martínez

Taquilla y web: Fran Barragán

Una producción de TEATRO DEL BARRIO

Con la complicidad del Teatro de la Abadía.

Con la ayuda del Teatro Español.

Con la colaboración de la Comunidad de Madrid.

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 8 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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