Monta al toro blanco

Cuatro relatos que satirizan políticamente sobre una Europa en permanente tensión ante un futuro aciago

Foto de Carmen Prieto

La incuestionable mirada satírica de Íñigo Guardamino se inmiscuye en nuestra Europa y su devenir. Tema verdaderamente necesario y, en absoluto, manoseado. Digamos rápidamente que las cuestiones que aborda resultan verosímiles, inteligentes y, además, pavorosas. También reconozcamos que, a pesar del tono humorístico, se ha puesto algo más serio en el lenguaje; no parece aspirar el autor a remarcar con chistes sorpresivos cada frase de cada diálogo ―como suele ser habitual en él. Y si ha rebajado la comicidad, ha aumentado el análisis y, por lo tanto, la profundidad de casi todas las piezas que componen este fresco tremebundo de un futuro que podría llegar ipso facto. Asistimos a cuatro piezas que se nos ofrecen entremezcladas. Todas ellas podrían interpretarse como las pesadillas de una Alta Representante de la Unión Europea, quien ha decidido echarse la «siesta de la cuchara» antes de reunirse con los Ministros de Exteriores. No faltan los aderezos mitológicos sobre el Rapto de Europa, varias interpolaciones, como esa interesante declaración engreída de un chino, un estadounidense, un árabe y un ruso portando la balsa hinchable donde terminarán los europeos; o el tema musical tan hortera y pegadizo que los espectadores deberán tener verdadero cuidado si no quieren que el estribillo les retumbe durante una semana. Así las cosas, una pareja de cuarentañeros en crisis pretende recuperar la pasión en un viaje a Roma; cuando son sorprendidos por un ataque terrorista. Se conjugan con destreza diferentes tipos de violencia que se aúnan en un equilibrio macabro. De esta manera, Rodrigo Sáenz de Heredia pasa de pánfilo a psicópata con un hieratismo tenebroso. Luego, será el protagonista del fragmento más contradictorio, cuando interprete a un austriaco mitad solidario, mitad justiciero, cuando seleccione a unos migrantes para alojarlos en su casa ―el contexto es el de unas fronteras tomadas por grupos armados que evitan la llegada de inmigrantes. Este gigantesco problema sobrevuela directa e indirectamente por toda la obra. El cinismo no se hace esperar. La olla a presión hacia la que avanzamos enfrenta planteamientos políticos bien contradictorios. El nacionalismo resurge, la extrema derecha toma posiciones en la defensa de los suyos y en la izquierda se despachan con las soluciones buenistas esbozadas por unos dirigentes que parecen desconocer las dificultades de la clase baja y el hundimiento de sus salarios ante la competencia de unos malhadados que aceptan la precariedad como un maná imposible en sus países de origen. Desde otra perspectiva, no se podía renunciar a una historia en Grecia. Esto es como un viaje de ida y vuelta con Zeus zascandileando en forma de toro desde el comienzo, y la ninfa Europa remoloneando como el preciado tesoro que ahora anhelan agenciarse las grandes potencias. Tanto esfuerzo cultural para convertirnos en el suvenir de la humanidad. Imagina el dramaturgo la construcción de un Europaland en el país heleno, un parque de atracciones como nunca se ha visto y erigido por esos habitantes de sueldos depauperados. Resulta, quizás, la pieza más floja; porque el discurso zafio de la directora de la obra ―con Gemma Solé sacando espuma por la boca―, queriendo mirar para otro lado cuando encuentran unas valiosas ruinas (los propios Zeus y Europa), parece demasiado reiterativo cuando se dibuja al empresario sin escrúpulos y sin sensibilidad más allá de la pasta gansa. Por contra, el argumento más fascinante y mejor trabado, desde mi punto de vista, es en el que unos jóvenes se dejan llevar por la anhedonia. Ahítos de placeres fáciles y al alcance de la mano, sexo temprano, rápido y carente de erotismo preliminar, se disponen a caminar por una senda de prudencia y de moderación que termina por reseñar aún más el nihilismo que los infecta (aspecto este que hemos contemplado estos días con el Notre innocence, de Wajdi Mouawad). Fernando Sainz de la Maza impone su emoción templada y su argumentario inapelable con buena claridad. Sara Moraleda se deja convencer de que otra vida es posible. La actriz, ciertamente, se emplea con intensidad en todos los papeles que interpreta y su entrega se palpa en el movimiento de su cuerpo, tan dispuesto, y en unos gestos de inequívoca plenitud. La escenografía de Alessio Meloni destaca por el decorado que atraviesa todo el fondo del ambigú: los escombros de la Segunda Guerra Mundial; pero el espacio se le queda muy pequeño para el resto de artilugios, puesto que ha estrechado la zona de acción. Hace unos meses Íñigo Guardamino nos presentaba El año que mi corazón se rompió, seguramente su obra, desde el punto de vista dramatúrgico, más redonda (no dudo que volverá a las tablas); ahora, con Monta al toro blanco, incide en cuestiones que a todos nos competen. Él utiliza la sátira y su humor vitriólico que te deja estupefacto; pero no deja de planear sobre disquisiciones políticas de alto calado.

Monta al toro blanco

Texto y dirección: Iñigo Guardamino

Reparto: Sara Moraleda, Rodrigo Sáenz de Heredia, Fernando Sainz de la Maza y Gemma Solé

Ayudante de dirección: Pablo Martínez Bravo

Escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)

Diseño de vestuario: Pier Paolo Alvaro (AAPEE)

Diseño de iluminación: Pedro Guerrero

Fotografía: Carmen Prieto

Asesora de movimiento: Gemma Solé

Música: David Ordinas.

Canciones: David Ordinas (música) e Iñigo Guardamino (letra)

Voz en off: David García Vázquez, Alessio Meloni, David Ordinas.

Espacio Sonoro: María José Pazos

Diseño gráfico: Andrés Sansierra

Comunicación: Lemon Press

Una producción de La Caja Negra Teatro

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 6 de octubre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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