La Florida

Víctor Sánchez Rodríguez firma una parodia del género negro con una pretendida indagación existencial de los trabajadores durante la temporada baja en el Levante

La Florida - Foto de Coral Ortiz
Foto de Coral Ortiz

En gran medida, el cine negro paródico ha triunfado en las últimas décadas infinitamente, mientras el propio género (serio) también ha asumido su parte irónica. Tenemos gansadas tipo Austin Powers, homenajes a 007 como Kingsman o propuestas más lúdicas como el éxito de Puñales por la espalda. El asesinado no nos conmueve. Incluso, en muchas ocasiones, ni aparece el muerto. Queda, en definitiva, como la excusa para que el detective en cuestión demuestre sus dotes intuitivas, para dar con una solución que a todo el mundo se le escapa. En el teatro, casi no hemos tenido oportunidad de disfrutar del género, aunque se llevara a escena hace poco La gota de sangre, de Emilia Pardo Bazán o podamos recordar la Carlota, de Mihura. Me quedo con Perdona si te mato, amor, de Carlota Pérez-Reverte; porque me parece el ejemplo más pertinente para compararla con La Florida, de Víctor Sánchez.

Yo no sé muy bien si lo que ha pretendido es ofrecernos un simple entretenimiento; puesto que cuesta descubrir algo que vaya más allá. Si ha querido hacer una referencia crítica a los pufos y a la corrupción valenciana, con aquello de que se menta a un tipo poderoso que es el dueño de los apartamentos donde transcurre la acción, pues se queda cortísimo. Si se buscaba el humor, el ritmo no es el adecuado, y los personajes, sometidos por escenas-estanco, apenas se sostienen en el esbozo remarcado de sus características más sobresalientes, pero sin desarrollarse en una trama que no llega a fraguar a nada sugerente. Todo resulta demasiado acartonado, estereotípico, repetido y resobado. Las risotadas no florecen en las butacas

No obstante, lo peor, con creces, es que, como en las más descartables novelas y películas de este estilo, se explique plenamente el embrollo al final, como si de verdad anheláramos conocer el auténtico entresijo de algo que escasamente nos ha conmovido. Nos da igual quién cometiera el asesinato, ya que la víctima tampoco nos dice nada. Ese mundo estrafalario, más por melancólico y solitario, que, por persuasivo, de gente que debe hibernar antes de volver al tajo en la temporada alta parece sacado de una teleserie americana de bajo presupuesto.

Y eso que el reparto prometía llevarnos por unos derroteros más absurdos y, sobre todo, más incisivos. El prólogo inicial, tan propio de un Bogart poniéndonos en situación, promete. Pues Vito Sanz, que es un actor que trabaja con excelencia la taciturnidad para deambular por la sátira autoflagelante, se desvanece en su blandura de poli sin fuste cuando llega al escenario del crimen. Él debería ser quien se apoderase de la función; pero el resto de caracteres le come el terreno y parecen buscarse su momento cumbre y hasta friki. Empezando por Silvia Marsó, que es una cantante de cabaré en horas bajas y que, por mucho que se quiera dar importancia por unos éxitos pasados que nadie recuerda, es de Zamora y eso, hay que reconocerlo, es una rémora indeleble. Son como personajes de cómic, atrapados por las ineludibles esperpentizaciones de cada una de sus profesiones. De esta forma, Francisco Reyes, otro actor de peculiar vis cómica, saca provecho de su envergadura para hacer de Abdón, hijo del dueño, y responsable a tiempo completo de lo que ocurra en la finca. Amigo, a su vez, del interfecto. Posee frases que, en su forma de expresión, como si fuera un boxeador sonado, nos llevan a un lugar sórdido y, también, satírico. Pero, insisto, se mantiene anclado en su mera presentación. Luego, es Lorena López quien tiene la oportunidad de desarrollar más su rol, precisamente porque sus diálogos con el inspector son más astutos e inverosímiles y, además, porque entra en contacto con otros de los vecinos. Ser instructora de fitness le permite conocer a todas las señoras de la jet set, incluida, la madre de ese hombretón que administra los contratos y otros asuntos más oscuros. En cuanto, a Amparo Fernández, como pitonisa, es todavía más prototípica su actitud y no sale de los cauces tantas veces explotados.

Una vez son descritos los sospechosos, ya no se va a más. No hay argumento y, como decía, todo se resuelve de manera abrupta y sin remisión, después de que se alargue bastante más de lo necesario. No hay giros sorpresivos, la pesadumbre cómica de nuestro supuesto protagonista queda absolutamente difuminada en una historia que acontece en Benidorm, supuestamente en el presente, pero que es algo tan ajeno que podría ocurrir en cualquier sitio turístico. Si debemos pensar en la corrupción, sinceramente, ni cosquillas a los aludidos, ni a nosotros. Esto no es Crematorio, de Rafael Chirbes.

Al menos, la escenografía de Alessio Meloni está currada, y ofrece una vista magnífica de las habitaciones, a partir de los distintos espacios que podemos hallar, incluida la terraza de nuestra cantante Lola Fargas, aunque la Marsó se las tenga que ver con una escalera vertical. La iluminación de Mingo Albir supone otro toque de distinción, puesto que juega muy bien con el tono crepuscular que, supongo, le sienta mejor al fiambre que flota en la piscina.

La Florida, obra escrita en 2017, no alcanza ni el punto del pasatiempo. Es una obra totalmente prescindible. ¿Qué habrá pretendido Víctor Sánchez?

La Florida

Texto y dirección: Víctor Sánchez Rodríguez

Reparto: Silvia Marsó, Vito Sanz, Lorena López, Francisco Reyes y Amparo Fernández

Diseño de espacio escénico y vestuario: Alessio Meloni

Ayudante de espacio escénico y vestuario: Mauro Coll

Realización escenografía: Óscar Muñoz

Confección y arreglos: Paloma de Alba y APRAMP

Diseño de iluminación: Mingo Albir

Diseño de espacio sonoro: Ana Villa y Juanjo Valmorisco

Movimiento escénico: Cristina Fernández Pintado

Ayudante de dirección: Vicent Domingo

Fotografía: María LaCartelera

Dirección técnica de la compañía: Ciru Cerdeiriña

Jefa de producción: Beatrice Binotti

Dirección de producción: Nadia Corral

Agradecimientos: Ignacio Mateos y Antonio Escámez

Una producción de Octubre Producciones y Teatro Español

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 22 de enero de 2022

Calificación: ♦♦

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