Algunos días

Cristina Rojas desaprovecha la oportunidad brindada por el Centro Dramático Nacional para entregarnos otra obra más de autoficción y metateatro

Algunos días - Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Uno de los principales problemas de la dramaturgia contemporánea española es la falta de ideas y la incapacidad para salirse de las modas imperantes tanto en fondo como en forma. Se percibe convencionalismo a raudales y un conservadurismo artístico que me resulta agotador. Y estoy señalando no a esos que se atreven a la expresión más desenfada y arriesgada en las salas del circuito off con producciones tremendamente rácanas sabiendo que sus oportunidades para continuar adelante son casi ridículas; sino a los que tienen la oportunidad de ofrecer algo que verdaderamente merezca la pena, porque tienen la red institucional. Este es el caso de Cristina Rojas, que no es precisamente una principiante —ha cosechado éxito con La perra—. No se comprende que alguien que participa en el programa de Residencias Dramáticas del Centro Dramático Nacional recurra de la forma más pacata e incongruente a la autoficción y al metateatro, cuando todo el mundo está haciendo eso. Sigue leyendo

María Luisa

Lola Casamayor protagoniza esta nueva comedia de Juan Mayorga, donde la fantasía de una anciana se convierte en una vía de escape existencialista

María Luisa - FotoA Mayorga le gustan los cuentos clásicos, también, hacerse preguntas sobre la realidad y curiosear en posibilidades fabulísticas. En el propio Teatro de La Abadía, que ahora él dirige, presentó hace varios años Intensamente azules, una pieza de igual tono naíf para maravillarse con la cotidianidad. En María Luisa no es que tengamos en escena el supuesto aburrimiento; aunque sí que se manifiestan las rutinas habituales de las dos amigas que suelen conversar por teléfono y que quedan los jueves para agotar su charla con naderías propias de su devenir. Por eso, Marisol Rolandi, con su Angelines no puede ofrecer más que su existencia anodina con su afabilidad tan verosímil. No es esta una obra que indague sobre la soledad, no obstante, se da por hecho. Ni sobre los pesares de la ancianidad entre el silencio. Ni, tampoco, sobre la falta de proyectos de más o menos enjundia que pudieran motivar a los vejetes en la última etapa de su vida. Si quiere el espectador, lo puede tener en cuenta; pero aquí todo es mucho más sencillo, tanto que, tal cual entras, tal cual sales, pues no veo por dónde podría quedarnos algún poso. Ya que si únicamente se desea poner de manifiesto cómo la imaginación puede ser la mejor compañera o la idónea incitadora de actividades que aún se anhela practicar, pues bienvenida sea. Puede debamos analizar más. Sigue leyendo

Mañanas de abril y mayo

La adaptación de esta comedia de Calderón a cargo de Carolina África y con la dirección de Laila Ripoll resulta leve

Mañanas de abril y mayo - Foto de David Ruiz
Foto de David Ruiz

Previa a esta comedia, Calderón ya había demostrado su buen hacer con Casa con dos puertas mala es de guardar y con La dama duende, que son de 1629. Y esta que nos compete pudo haberse escrito en el 1632 o 1633. En cualquier caso, comparada con aquellas, esta es de una insignificancia apabullante; porque ningún personaje llega a comandar la acción como para que nos suponga un atractivo más complejo. Carolina África ya había acometido una modernización de similar calibre con la obra de Agustín Moreto El desdén con el desdén. En esta esta ocasión pienso que era más difícil salir triunfante, puesto que la disposición de nuestro dramaturgo áureo tampoco permite mucho recorrido como para que el asunto nos diga algo. Sigue leyendo

El público

Alfonso Zurro ofrece una mirada más templada de lo habitual para llevar al Matadero una de las obras más complejas del teatro lorquiano

El público - Foto de Luis Castilla
Foto de Luis Castilla

Para criticar es necesario comparar y creo que adaptar o modernizar una obra como El público va a ser problemático durante bastante tiempo; porque el aldabonazo que pegó con su visión Àlex Rigola fue tan imponente, que cuesta no tenerlo presente a cada intento que se ha pretendido. Y es que, visto así, la propuesta de Alfonso Zurro se antoja estéticamente algo anticuada. En un territorio un tanto inasible, pues no es algo que podamos identificar, en absoluto, con los años treinta (cuando fue escrita); pero tampoco con nuestra actualidad de una manera definitoria. Esto, desde luego, no debe ser una rémora o un impedimento para que el asunto fragüe; no obstante, sí que nos deja unas mezclas que se antojan azarosas, que falta algo de unidad de la concepción y que se ansía más esplendor. Sigue leyendo

Canción del primer deseo

Los topicazos de las dos Españas, la guerra civil y Lorca forman un engrudo telenovelesco en esta obra firmada por Andrew Bovell

Canción del primer deseo - FotoTampoco me extraña que se haya llegado al punto de exceso que se alcanza en Canción del primer deseo, pues las dos anteriores obras (Cuando deje de llover y Las cosas que sé que son verdad), sobre todo esta última que protagonizó Verónica Forqué estuvieron a punto de caer en un melodramatismo insoportable. Pero no, lo contrapesos funcionaron con excelencia. Sigue leyendo

Matate, amor

Los Teatros del Canal acogen la adaptación de la breve novela de la argentina Ariana Harwicz, protagonizada por Érica Rivas

Matate amor - Foto

Miren que la verborrea de los argentinos a nosotros, los españoles, nos parece proverbial, agotadora y asfixiante; pero, también, seductora, en cuanto que da la impresión de que se adentran en un torbellino que va a ser capaz de horadarnos hasta la médula. Y si una prosa de este calibre ha triunfado por aquellos lares ha sido la de Ariana Harwicz, quien se apodera del flujo de conciencia impuesto más por Virginia Woolf (que es nombrada, por su Mrs. Dalloway) que por el de Joyce. Aquí no hay juegos lingüísticos. Aquí hay tajos. Porque el cuchillo que sostiene desde el inicio, tan real como metafórico, es una inapelable relación de fondo y de forma. Sigue leyendo

El sonido oculto

Juan Carlos Rubio adapta y dirige en El Pavón esta obra de Adam Rapp con aire de thriller en un ambiente filológico

El sonido oculto - FotoEn las últimas temporadas, Juan Carlos Rubio nos ha ido entregando algunas de las obras más recientes de David Mamet, como Muñeca de porcelana, Trigo sucio o La culpa, un autor que, en gran medida es referente de Adam Rapp (aquí diríamos que nuestra mirada va más hacia Oleanna). El enfrentamiento dialéctico entre dos (o pocos más) personajes a través de un proceso que apunta al thriller sicológico. Y esto, en El sonido oculto, está muy bien medido en cuanto que es la atmósfera, más que la historia lineal, la que nos lanza hacia un desenlace que no sabemos muy bien por dónde desembocará. Es algo que observábamos, no hace mucho, en otro montaje —La coartada, de Christy Hall— que exprimía este procedimiento estético. Sigue leyendo

La vida es una fiesta

Los Chiens de Navarre regresan a los Teatros del Canal para realizar un ataque satírico contra todas las cuitas de nuestra contemporaneidad

La vida es una fiesta - Foto de Philippe Lebruman
Foto de Philippe Lebruman

Quienes acudimos en 2021 a esta misma Sala Verde de los Teatros del Canal para disfrutar de No todo el mundo puede ser huérfano; ya nos quedó claro de qué palo van estos cafres de Chiens de Navarre. Aunque lo evidente en este nuevo proyecto es que la cohesión es más endeble; puesto que no se sustenta tanto en un argumento con su hilo conductor, sino que se dedican a satirizar salvajemente los desvaríos de nuestra contemporaneidad, los conflictos políticos, los traumas personales y otros trastornos que deben mostrarse cuanto antes. Sigue leyendo

El silencio

La compañía Dead Centre ha dispuesto una fantasmagoría en los Teatros del Canal para adaptar la película que Ingmar Bergman estrenó en 1963

Ola Kjelbye
Foto de Ola Kjelbye

Continuamos nuestra andadura con otro proyecto que se suma al imperante estilo dramatúrgico de nuestra contemporaneidad consistente en el film performance. En este caso, más cine todavía, pues la propuesta trata de adaptar la última cinta de esa trilogía titulada «El silencio de Dios» que Bergman presentó en 1963. La gente de Dead Centre, especializada en esta aplicación tecnológica al teatro, nos propone un acercamiento a nuestro tiempo para dejarse, quizás, por el camino, una serie de pruritos de carácter religioso que aquí no parecen tan subyugantes como en el ideario del cineasta sueco, alguien empeñado en desembarazarse (o no) de ese marchamo indeleble del puritanismo. Sigue leyendo