El desdén con el desdén

La obra de Agustín Moreto se traslada a los años 60 para recrear el mito de Diana en un espectáculo de diálogos estratégicos

Lo que se lleva haciendo con la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico es sencillamente fenomenal, porque aúna en su haber una buena cantidad de virtudes. Primero el buen hacer, después la frescura de las modernizaciones (sin muchos excesos), un didactismo en el mejor sentido (esto conecta verdaderamente con los adolescentes y nuevos públicos) y, además, un respeto y homenaje a nuestras mejores plumas. Baste recordar, por ejemplo, La villana de Getafe, Pedro de Urdemalas, La dama boba o Los empeños de una casa; para darnos cuenta de que El desdén con el desdén suma un nuevo acierto. Desde luego, la versión de Carolina África no chirría en ningún momento y el verso vuela de principio a fin en ese nuevo contexto de los años 60 del siglo pasado. Y la dirección de Iñaki Rikarte parece inmejorable; puesto que explota al máximo una obra que, desde mi punto de vista, a nuestros ojos actuales, puede resultar un poco cargante al final por falta de subtramas. Eso no quita para sea enormemente divertida y entretenida para los espectadores en general. El argumento es una batalla psicológica donde la estrategia se debe imponer absolutamente a los deseos irrefrenables. Ir de farol hasta el extremo de arriesgarse a perder todo en el último segundo por vencer. En la evidencia de que ambos se aman, no vale solo con declarar la profundidad de tal sentimiento, sino que, se mira más allá, al buscar la posición dominante desde el inicio de la futura relación. Todo un ejemplo de flirteo en el Siglo de oro que, indudablemente, funciona en la actualidad. Y es que la clave general de toda la comedia es, precisamente, hallar la fórmula para conquistar a la dama. Si por una parte podemos apreciar la táctica del negacionista, del farsante, del picón que busca dar celos y provocar aquello de «siempre se quiere lo que no se tiene»; la verdad, desde mi punto de vista, es que nuestro protagonista acierta al demostrar su inteligencia y su astucia que, son las virtudes que una mujer dedicada al estudio puede considerar más atractivas en un hombre. Enseguida se presentan los pretendientes como unos jinetes que compiten en torneos hípicos en busca de notoriedad. No falta un podio para que los tres luzcan sus medallas y la copa otorgadas por el conde de Barcelona, un Paco Rojas que vive con la preocupación de encontrar marido a su hija. Ella, la gran protagonista, es Diana (recordemos que la trama se apoya totalmente en su mito), interpretada por Irene Serrano, con una excelente muestra de pundonor y de arrojo, de entrega y de resistencia. Se dedica con ahínco al aprendizaje y a dar clase, a conversar sobre temas que fomentan el raciocinio y que la disuaden del superficial asunto del amor, esa enfermedad insolente. La lucha entre Razón y Cupido (representado por Juan de Vera a través del gesto irónico) parece que ni se plantea inicialmente. Así, el príncipe de Bearne, José Luis Verguizas; y Gastón, conde de Fox, encarnado por Pau Quero, enseguida muestran el camino equivocado para ganarse a la dama, pues sus halagos no funcionan. Al gran contrincante de este lance, Carlos, conde de Urgel, se le hace ver que es el desdén el mejor antídoto, justamente, contra el desdén. Y hasta dos tazas. Nicolás Illoro despliega sus dotes de muchacho tímido que ha descubierto una vía ilusionante y fructífera para quedarse con una dama que empieza a manifestar sus dudas. Cuando se ponen a «no» flirtear en una permanente negación del otro, para insinuarse un «sí», más profundo de lo esperable, la función se adentra en una espiral de comicidad que parece no tener fin. Los amantes encuentran, sin duda, sintonía dramática. Aunque existe otro personaje ―lástima que él no tenga su historia de amor, mucho más fraguada―, llamado Polilla, el criado de Carlos, que es, en realidad, el inductor del embrollo y del procedimiento a seguir. Nuevamente es el estereotipo del siervo que viene a ser más avispado que su señor. Mariano Estudillo desarrolla su personaje a través de una impostura, de un tímido disfraz, y demuestra ser el auténtico ingenio de la función, el diosecillo que anima, quien prende el cisco y quien mueve los hilos para el goce de todos. No se le puede sacar más partido y más atractivo a un texto que se queda algo corto en su interés, en su profusión de temas y que se resuelve en la lógica de la comedia; pero de una forma más abrupta de lo marcado por Lope, pues el resto de parejas ni se esbozan. La escritura de Agustín Moreto se engrandece espectacularmente gracias a una puesta en escena visualmente muy sugerente. Ya que la insaciable escenógrafa Monica Boromello ha situado tres cubos bastante versátiles al fondo, que se van llenando de estancias y de equívocos (juego de colores en la iluminación de Felipe Ramos; aunque algunas de las pinturas proyectadas queden un poco oscuras) y un albero para que los contendientes desarrollen sus movimientos. El vestuario de Ikerne Giménez es estupendo y no pierde detalle con las máscaras y con personajes hechos un pincel para asistir a las carreras y, luego, para la fiesta. Mucha elegancia. Tan elegante como la música soul, rock and roll y rhythm and blues que Luis Miguel Cobo ha seleccionado y que es un detalle muy gustoso. El desdén con el desdén se disfruta y es una propuesta muy válida para todos los públicos.

El desdén con el desdén

Autor: Agustín Moreto

Versión: Carolina África

Dirección: Iñaki Rikarte

Reparto: Nicolás Illoro, Mariano Estudillo, Irene Serrano, Antea Rodríguez, Alba Recondo, Aisa Pérez, Paco Rojas, Pau Quero, José Luis Verguizas y Juan de Vera

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Iluminación: Felipe Ramos

Música: Luis Miguel Cobo

Escenografía: Monica Boromello

Vestuario: Ikerne Giménez

Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 7 de abril de 2019

Calificación: ♦♦♦

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