Las cosas que sé que son verdad

Julián Fuentes Reta vuelve a acertar con este drama sobre la descomposición de una familia escrita por el australiano Andrew Bovell

Cuando deje de llover fue uno de los grandes montajes de 2014. Aún se recuerda esa fluctuación de personajes sobre la añorada sala principal del Matadero. Julián Fuentes Reta pegó un aldabonazo que vuelve a resonar ahora con una dirección excelente y cuidada. Porque Las cosas que sé que son verdad, del dramaturgo australiano Andrew Bovell, es otra historia más de conflictos familiares; pero está trabada con la perspicacia sutil y coherente de quien sabe conectarnos con el devenir inconsecuente de nuestra contemporaneidad. Observar individuos inmersos en las turbulencias de la clase social a la que han ascendido; mientras sus padres cimentan su frágil suelo emocional. Vaya por delante que es una obra extensa a la que le sobra texto y esa pertinacia por aclarar algunos acontecimientos y detalles a través de la narración. Por eso, quizás, en algunos instantes se cuenta demasiado y se nos informa de porvenires que alargan las acciones más de lo debido. No obstante, somos arrastrados por una cadencia envolvente, con esa disposición del escenario en el centro (los espectadores quedamos un tanto distanciados en la Sala Verde de los Teatros del Canal) y los intérpretes surgiendo de alguna de las esquinas. El jardín con sus rosas (ideado por el propio director y por Coro Bonsón) es la metáfora que nos traslada al lento cultivo de la madurez, al reducto hogareño de la seguridad, a la tierra firme que sostiene la esencia de unos valores que se pueden resquebrajar cuando se vive en un mundo para el que no te han preparado. La estructura de la función es muy clara, y hasta podríamos tomar su argumento como una concatenación de relatos. El preludio y el epílogo están marcados por una llamada de teléfono que revelará un hecho luctuoso. Esa intriga queda suspendida por cuatro episodios, como cuatro cajones estanco, para reflejar un momento agónico o iluminador de cada uno de los hijos. Hemos de pensar que pasa un año; aunque el tiempo, como una de las grandes bazas de esta dramaturgia, es una oscilación que te agarra en el rizoma que los progenitores acatan como pilares incólumes. Candela Salguero encarna a la hija menor, una jovencita de diecinueve años que ha emprendido un viaje por Europa, que le ha servido para comprobar las dos caras del amor. Su monólogo inicial está lleno de chispa, de entusiasmo y de una ingenuidad tan positiva como su capacidad para reflexionar sobre su futuro cuando regresa a Adelaila, el pueblo australiano de donde es originaria. Rosie, de alguna manera, también enmarca la obra, porque representa la novedad, la juventud y el futuro de la familia. Bovell se ha empeñado con éxito en alegorizar su texto entreverando personajes que funcionan también como una espiral simbólica. Por ello, cuando llega el momento de Pilar Gómez, que hace de Pip, una alta funcionaria del Ministerio de Educación, observamos su propulsión, su ambición por ascender; aunque eso suponga renunciar a estar con sus hijos e, incluso, dejar a un marido que no parece inspirado por la misma energía ―se ha ensimismado con el deber del buen padre―. La actriz vuelve a poner su voz rota al servicio de una fuerza expresiva que expele apostura, para representar a la mujer tomando las riendas de su vida. A continuación, llega uno de los instantes catárticos más sobresalientes, pues Jorge Muriel, que hasta el momento había estado un tanto agazapado y misterioso; ahora rompe sinceramente el enmascaramiento que se había impuesto. Su transexualidad no puede esperar más para ser acometida y la tensión dramática que logran los intérpretes resulta desgarradora y no puede haber espectador que permanezca impasible. Se ve inmerso en la dialéctica posmoderna (como sus hermanos) que le empuja a superar su marginalidad y su impotencia con el desarrollo de sus facultades. Muriel sabe ir de menos a más con una medida sobresaliente. El último capítulo de esta descomposición es para Borja Maestre, agoniza en su febril abismo interpretando a una especie de bróker que ha querido ponerse a la altura económica de esos hijos de papá con los que se rodea. El robo y la coca han derrumbado la educación que precisamente le había permitido llegar tan lejos. El dramatismo del momento nos prepara para el desenlace. Pero antes es necesario recalcar la auténtica importancia del matrimonio. El ejemplo de buen hacer, del sacrificio, también, por qué no, del pragmatismo y de cierto conservadurismo que se ha acendrado con los años. Ellos vertebran toda la obra con diálogos sobre las oportunidades perdidas, el ahorro, el ocio o el aburrimiento repletos de sentido y de inteligencia. Quizás a Julio Vélez le haya tocado uno de los personajes más complejos; pues debe mantenerse en un segundo plano, debe «frenar» posibles ímpetus y, principalmente, no debe caer en el patetismo (la melancolía del jubilado con antelación que no sabe ocupar sus horas más allá del cultivo algo tedioso de sus rosas lo mustia), si no quiere ser él quien arrastre la función al melodrama (que le ronda). Otro asunto muy distinto es el papel de Verónica Forqué. Creo que es la mejor actuación de la actriz madrileña de las últimas temporadas. Saca a relucir todas sus herramientas actorales, ya sea el histerismo, la ironía (con una buena ristra de palabrotas bien apuntilladas), la astucia y un soberbio temple. La madre es la cuidadora, la paciente, la impositiva, la cariñosa, la fuerte, la que puede levantarse ante cualquier golpe de la vida, salvo de uno. Seguramente, esta pareja se sienta algo decepcionada de cómo ciertas virtudes familiares han propiciado unos hijos tan embebidos del individualismo burgués, con esos beneficios sociales y económicos de la meritrocracia, y con esos palos que llegan cuando el quiero y no puedo te sitúa en un brete. Las cosas que sé que son verdad configura un esquema ya clásico (rezuma mucho a clásico estadounidense) de las estructuras que hoy dominan millones de hogares: una lucha sin cuartel por el ser, por el yo.

Las cosas que sé que son verdad

Texto: Andrew Bovell

Dirección: Julián Fuentes Reta

Adaptación y traducción: Jorge Muriel

Intérpretes: Verónica Forqué, Julio Vélez, Pilar Gómez, Jorge Muriel, Borja Maestre y Candela Salguero

Escenografía: Julián Fuentes Reta y Coro Bonsón

Iluminación: Irene Cantero

Música: Ana Villa y Juanjo Valmorisco

Diseño y fotografías: Javier Naval

Vestuario: Carmen 17

Ayudante de dirección: Angelina Mrakic

Dirección de producción: Nadia Corral

Producción ejecutiva: Fabián Ojeda

Coproducción: Octubre Producciones y Teatros del Canal

Con la colaboración de: Flower Power Producciones

37º Festival de Otoño

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 15 de diciembre de 2019

Calificación: ♦♦♦♦

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