La coartada

Bernabé Rico dirige con firmeza esta adaptación del thriller firmado por Christy Hall, en el que sobresalen las interpretaciones de María Castro, Daniel Muriel y Miguel Hermoso

La coartada - FotoEl thriller sicológico posee una serie de reglas tan estrictas que, pasados ya los años, resulta bastante difícil salirse de ciertos esquemas. Christy Hall pretende con su obra To Quiet the Quiet, traducida aquí por La coartada, jugar con un personaje «no fiable» como es su protagonista, Ana. Que ella sea la que debe aportarnos la información pertinente para que captemos por dónde va el asunto es trabajar desde algo insostenible. Esto se debe a que ella, como descubriremos según avanza la función, no está en sus cabales. Por lo tanto, si no aparece ningún otro personaje que nos asevere que lo que estamos viendo es lo que ha ocurrido o lo que pasó, más allá de las interpretaciones que cualquiera debe hacer con su memoria, podemos, a la postre, pensar cualquier cosa. No porque el final quede abierto, que no es el caso, sino porque, insisto, el papel principal no tiene contraparte. Y este es básicamente el problema de una obra que se inserta en la tradición que Alfred Hitchcock exploró al máximo y que luego, muchos otros, han explotado de muy diversas formas, pero con andamiajes reconocibles. Fijémonos, por ejemplo, en Las dos caras de la verdad (1996), la película protagonizada por Edward Norton y Richard Gere.

Sí, aquí también, inicialmente, nos situamos en esos típicos entrenamientos que ejecutan el abogado ambicioso y estricto y su cliente acusada de asesinato para que la coartada parezca creíble. En esta breve pieza, con dos actos claramente definidos, es la interpretación de los actores uno de los grandes atractivos y por los que merece la pena contemplar el montaje, más allá de los insolventes trucajes. María Castro demuestra gran concentración y fuerza a la hora de encarnar a esta mujer confusa. Sí que me parece cierto que no sondea un nerviosismo más desbordante. O sea, que el abogado se muestre muy contrariado por los enfados de ella, cuando en verdad no parecen gran cosa, no termina de insinuarnos hasta dónde nos va a llevar su paranoia. En cualquier caso, la actriz nos ofrece un trabajo pertinaz y muy solvente. Por su parte, Daniel Muriel, con su personaje de Ángel, impone un ritmo machacón desde el inicio. Nosotros también perdemos el aliento con esa forma que tiene de someter a su clienta con la repetición de unos hechos que nos hablan de un acontecimiento luctuoso ocurrido con el ex marido. El actor patentiza su seguridad y ambos desarrollan la situación con ese vaivén propio de quienes deben jugar sus cartas con cuidado. Otro tema es que, en algún instante, se caiga en lo telenovelesco con algunas frases de él sobre su madre o el flirteo algo absurdo de ella.

Luego, ya en el segundo y último acto —un flashback, debemos conjeturar— se desvela la escenografía tan detallista de Juan Sanz, todo un apartamento con la cocina al fondo y una puerta que, al abrirse, deja ver el pasillo y el ascensor. Todo ello serviría para que nos diéramos cuenta de que lo precedido con el abogado no encaja o, más bien, lo hace, pero de otra manera. No obstante, el texto llega a ser abusivamente explicativo y no deja ni un solo cabo suelto. En este sentido, la obra de Hall nos sirve para gozar con la tensión del espectáculo hasta el desenlace; pero mucho me temo que nos olvidaremos de ella pronto; puesto que no deja lugar para la duda. Para ello aparece Miguel Hermoso, que hace de ex, para aclararnos todo el asunto. El actor está magnífico. Lleva su personaje con una paciencia muy elocuente, confiándonos a un posible doblez en su comportamiento, que no llega. La conversación que tiene con Ana nos descubrirá todo su dolor y por qué su actitud ha resultado ser la que es. Pero, insisto, si unimos ambas partes; aunque estén en tiempos bien distintos, quien posee la perspectiva de lo que estamos viendo es ella y, por lo tanto, la memoria, la ensoñación y la locura nos permiten especular con lo que queramos. No obstante, lo sensato y lo lógico, es pensar que el primer acto, en realidad, va después del segundo y que ella está sola buscando librarse de lo que ha hecho.

Bernabé Rico ha dirigido La coartada con una precisión admirable. Hemos de deducir que su empeño con el elenco ha sido minucioso y que ha sacado el máximo de una obra que, lamentablemente, no ofrece nada nuevo dentro de un género ya manido.

La coartada

Autora: Christy Hall

Versión y dirección: Bernabé Rico

Reparto: María Castro, Dani Muriel y Miguel Hermoso

Escenografía: Juan Sanz

Ayudante de escenografía: Eduardo Ruiz de Aguiar

Vestuario: Pier Paolo Álvaro

Sonido: Juan Carlos Rubio

Fotografía y cartel: Sergio Parra

Producción ejecutiva: Bernabé Rico

Dirección de producción: Marisa Pino

Ayudante de dirección: Manu Báñez

Distribución: Txalo Producciones

Una coproducción de Talycual, Txalo y La Alegría Producciones.

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 5 de junio de 2022

Calificación: ♦♦

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