No todo el mundo puede ser huérfano

La compañía Chiens de Navarre, con Jean-Christophe Meurisse al frente, desembarca en los Teatros del Canal con una tragicomedia de crítica existencialista

No todo el mundo puede ser huérfano - FotoLa familia y sus eternos conflictos internos. La tragedia griega merodeando por nuestro imaginario y plasmándose delante de nuestros ojos con un distanciamiento metateatral, y Freud imponiendo unas claves que forman parte de los mitos contemporáneos por vía lacaniana (mucho más francesa, por supuesto). A los hijos les gustaría esputarles a sus padres un sonoro: «¡Ok, Boomer!»; pero forman parte de una generación desintegrada social, económica, moral, filosófica y existencialmente. Y los que nos queda por triturar. Celebremos que Jean-Christophe Meurisse sea un acibarado gamberro, y que solamente se deje llevar por esa veta de humor francés, tan habitualmente infantil, en unas cuantas ocasiones, y que haya apostado por el desenfreno y por dar una vuelta de tuerca a los consabidos temas. Esto no es el realismo de Tracy Letts con Agosto. Que el montaje se sitúe entre dos bancadas de asientos en la Sala Verde de los Teatros de Canal, exige un movimiento longitudinal y ágil por parte del elenco, de izquierda a derecha, que permite sobredimensionar el espacio al máximo e incluir atrezo sugerente, hiperrealista, maximalista y hasta cachondo. Esto provoca una sensación de intromisión enormemente satisfactoria, pues fuerza a los intérpretes a vivir no solo en la intemperie emocional, sino también en la física. Las pretensiones escenográficas son muchas; pues cada cuadro implica distintos destrozos y diferentes transformaciones a las que todo el reparto se debe ajustar. En este sentido, la posibilidad de la sorpresa mantiene a todo el público atento y alerta para los cambios abruptos. Y así ocurre desde el principio, con la acción ya comenzada, mientras se ocupan las butacas. La cena de Nochebuena transcurre entre las conversaciones cruzadas —muchas de las líneas son improvisadas, generalmente reiteraciones o explicaciones, que no se ven reflejadas en los sobretítulos—. La espontaneidad en sus relaciones y esa manera de agolpar los diálogos en varios instantes, fomenta la idea de extraña naturalidad; sobre todo si pensamos en los planos que se anhelan solapar y entreverar en la supuesta narración realista. Lorella Cravotta es la madre, y demuestra un genio imperante según avanza el espectáculo; y Olivier Saladin es el padre, un tipo cachazudo, algo pesado, cuando refiere sus cuitas sobre las motosierras. Afable, a la postre. Ambos están realmente convincentes. Sobre todo, en la primera escena, cuando parecen muy dueños de sí mismos. Se sondea la comedia negra; pero enseguida todo se va suavizando —en momentos, con exceso—. La pareja se merece un descanso, y ha decidido vender la casa, con la intención de irse a vivir fuera de Francia; quizás a Portugal. Los hijos allí sentados a la mesa no dan crédito, pues su colchón de seguridad emotiva se desmorona. Alexandre Steiger explota para ganarse su momento de vesania. Le resulta insoportable que esos pijojipis sesentayochistas los abandonen, y que encima lo hagan con tal descaro (por lo visto se van a dedicar a follar). Lo que parece una diatriba furibunda, termina por ser el reconocimiento patente del miedo. Los hermanos se sostienen con una madurez precaria. Así, de esta manera, en una de las escenas más clarividentes y risibles; pero también patéticas, Hector Manuel reclama volver al útero materno, al calorcito, al cuidado, a una identidad de género posible a reclamar. Despelotado, cagado y con ganas de teta. Y a gatear, y a bailar, y a que lo acunen. La mamá, claro, se tiene que poner en plan Medea para quitarse al vástago de encima de una vez y que abandone el nido. Lucrèce Sassella, como un histriónico oráculo sofocleo, previene a la progenitora, en una escena altamente paródica sobre nuestros dramas modernos. Vincent Lécuyer aumenta el tono tragicómico haciendo de Edipo, ya con los ojos arrancados, para cantarnos por Luz Casal. Evidentemente, tienes que «pensar en él», pobrecito. Cada cuadro parece ir por libre en una inconexión que se agudiza con gran disgregación general. Lo real se va difuminando como la propia temática. Es decir, se agotan los motivos y se impulsa un final tan deshumanizado —un árbol robótico será el único que celebre la Navidad en el futuro—, como insulso y decadente. Antes, el absurdo a lo Ionesco ha dado rienda suelta a las repeticiones inverosímiles (la cotidianidad interminable y las posibilidades de una prótesis). La escatología ha degradado entre flatulencias a una Charlotte Laemmel deglutida por el inodoro, como si el viaje a las cloacas pudiera resguardarla de su futura maternidad. Sí, también el humor del caca, culo, pedo, pis forma parte del montaje. Igual que otros guiños al público bastante tontorrones sobre nuestros emblemas patrios y otras autocríticas sin demasiado fuste sobre la realidad política francesa. Situaciones estas que no quitan para que se adopten posturas violentas que permiten, a través de la ficción, materializar un estado de la decrepitud contemporánea, de la abulia y de los temores de una generación aspirante a burguesa, que se relame llorosa las heridas de su decepción y de su angustia. La música apuntala el espectáculo con acertadas piezas en momentos cumbre, como la Zarabanda de Haendel o el famoso tema de Roy Orbison, «Crying». En conjunto, este No todo el mundo puede ser huérfano es una función muy divertida, repleta de detalles escenográficos que aumentan el surrealismo y la parodia; y que pone sobre el tapete los deseos que el inconsciente arrastra a diario.

No todo el mundo puede ser huérfano

(Tout le monde ne peut pas être orphelin)

Puesta en escena: Jean-Christophe Meurisse

Colaboración artística: Amélie Philippe

Intérpretes: Lorella Cravotta, Charlotte Laemmel, Vincent Lécuyer, Hector Manuel, Olivier Saladin, Lucrèce Sassella y Alexandre Steiger

Dirección técnica y maquinista: Nicolas Guellier

Decorados y montaje: François Gauthier-Lafaye

Creación de iluminación: Stéphane Lebaleur y Jérôme Pérez

Creación de sonido: Isabelle Fuchs y Jean-François Thomelin

Sonido: Isabelle Fuchs

Iluminación: Stéphane Lebaleur

Vestuario y maquinista: Sophie Rossignol

Producción: Chiens de Navarre

Coproducción: Les Nuits de Fourvière-Festival International de la Métropole de Lyon; TAP -Théâtre Auditorium de Poitiers; La Villette, París; ThéâtredelaCité – CDN Toulouse Occitanie; TANDEM scène nationale; Le Volcan scène nationale du Havre; MC93-Maison de la Culture de la Seine-Saint-Denis; Maison des Arts de Créteil

Con el apoyo de: Ferme du Buisson scène nationale de Marne-la-Vallée y el fondo de integración de la École du Théâtre National de Bretagne. La Compañía Chiens de Navarre cuenta con el respaldo del Ministerio de Cultura y Comunicación -DRAC Île-de-France y la Región de Île-de-France como parte de la Permanencia Artística y Cultural

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 18 de abril de 2021

Calificación: ♦♦♦♦

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