Oleanna

Luis Luque dirige el clásico contemporáneo de David Mamet sobre las ambiciones vitales de un profesor y su alumna

Foto de Miguel Ángel de Arriba

Nuestra mundo actual es, a marchas forzadas, casi un trigger warning (aviso acerca del daño emocional que puede provocar el contenido de un libro, una película, etc.) en sí misma. La vida duele más que nunca. Las asociaciones de ofendidos por cualquier causa se multiplican y su altavoz es enorme. El lenguaje se transforma hasta el paroxismo con tal de que nadie se vea perturbado. El sentido figurado es un riesgo que no podemos correr. La ironía es una desfachatez. El humor es para los callejones oscuros. La Oleanna de David Mamet cobra más vigencia si cabe. Un abrazo de consuelo, dentro de un contexto cultural conocido y dominado, y no rechazado; es considerado por Carol no ya como una intromisión en su esfera íntima o un gesto desagradable, sino directamente como un abuso sexual. Algo que ahora mismo no me extraña. Podemos encontrar razones diversas y complejas para entender qué está ocurriendo con la libertad de expresión, con las formas de comunicación y con esa finura de piel que se le está poniendo a gran parte de la sociedad. Y el gran problema es la reacción y, sobre todo, la desproporción emotiva —puesto que los atisbos de argumentación quedan subsumidos bajo el ruido mediático. La poscensura hace de las suyas y las víctimas van engrosando una lista gigantesca. Duro tiene que ser que bajo la etiqueta de violencia, de violación, de abuso quede enmarcado desde el asesinato hasta hechos como…: «cuando vas a un restaurante con un colega y a él le sirven la cerveza y a ti la Fanta de limón» (véase). Por otra parte, nos dice mucho de esa pedagogía tildada de «nueva» y que consiste en reducir a los profesores a meros animadores (coaches) de unos alumnos elevados a un altar, desde el que exponen su perspectiva de la vida (tan válida, por lo visto, como la de cualquiera), que nos debe mostrar sus excelsos gustos e intereses producto de sus libérrimas decisiones y, principalmente, nos debe indicar el camino a seguir; puesto que es un ser plenamente creativo que hay que incentivar. Aquí se nos plantea una especie de combate, en apariencia desigual —al final nos daremos cuenta de que lo es; pero no como nos imaginamos— entre un profesor de universidad, especializado en Teoría de la educación, que está a punto de comprarse una casa y de conseguir la cátedra. Un cambio en su vida que se verá torpedeado por la aparición de Carol, una mala estudiante con demasiada inquina acumulada como para alcanzar el desvarío. Tres actos absolutamente marcados dentro de un despacho. Monica Boromelo, responsable de la escenografía, ha ideado una puesta en escena sencilla; pero con el detalle sugerente de la mesa desplazándose, como si fuera un atrio que se aleja inexorablemente del sacerdote que imparte doctrina. Reconozcamos que el principio es moroso y que resulta hasta inverosímil que una joven universitaria tenga esos problemas de comprensión lectora. Aunque no deja de ser primordial para el desarrollo de la función lo que ocurre en las primeras andanadas. Los «personajes telefónicos» son un recurso que permite rupturas y replanteamientos en los embates dialécticos. También abre nuestra imaginación hacia una cotidianidad más concreta y activa fuera de ese ámbito institucional, y nos perfila al protagonista con más exactitud. Procedimiento que también hemos visto en la última obra del dramaturgo estadounidense: Muñeca de porcelana. Pronto el profesor se pone paternalista, después de romper un trabajo en el que su alumna ha demostrado su ineptitud, y decide ayudar a esa pobre chica que parece confusa, que afirma no comprender nada. La conversación está trufada de ejemplos vitales, de lecciones sobre la paradoja de enseñar y ser una autoridad, sobre la educación de cada uno. Pero todo acaba tergiversado hasta la extenuación en una denuncia contra el docente. Un absurdo y una desproporción que lo convierte en machista, sexista y hasta en un abusador. Un inocente abrazo es transformado en un acto pornográfico. El espectador se queda inerme, ante acusaciones que se refieren a su forma de dar clase. Qué sabemos nosotros, únicamente podemos juzgar acerca de lo que hemos visto. Como decía antes, vivimos tiempos con sentencias desproporcionadas, donde las hordas tuiteras castigan severamente los desatinos de algunos internautas, transformando lo que en un juicio normal y con la legislación vigente sería una falta, en una pena, por ejemplo, de ostracismo. Aquí tenemos un caso en el que más allá del comportamiento del profesor —también se dan casos de docentes que se aprovechan de su posición para dejar patente su egolatría y sacar el rodillo, y explayarse con sus soflamas insultantes—, que debería tratarse según el código deontológico de la universidad; lo que observamos es una situación donde el posible perjuicio a la imagen de la institución provoca una respuesta desmedida con su trabajador. Por eso me refería a la actualidad de Oleanna. No importa la verdad, porque al hacerse público, el daño ya está hecho. En la versión de Luis Luque, detectamos una leve falta de tensión, unos diálogos algo más eléctricos parecen necesarios en algunas fases. Aunque el nivel general es el pertinente para que nuestra atención vaya creciendo. Fernando Guillén Cuervo toma su personaje con su habitual diligencia, con una gestualidad que da buena cuenta del nerviosismo que se le va adentrando. Por su parte, Natalia Sánchez creo que está mejor en la actitud de muchacha timorata y débil; puesto que, después, cuando se cambian las tornas, me parece excesivamente segura en su discurso; cuando le hubiera ido bien cierta duda. Ambos ofrecen una metamorfosis (uno pierde prendas, y ella se va cubriendo), donde los enmascaramientos sociales se van desvelando para exponernos de qué manera el poder cambia de manos. Desde luego es un montaje del que los espectadores pueden sacar fértiles conclusiones.

Oleanna

Texto: David Mamet

Versión: Juan V. Martínez Luciano

Dirección: Luis Luque

Reparto: Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez

Escenografía: Monica Boromello

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Vestuario: Almudena Rodríguez

Fotografía: Sergio Parra

Diseño Gráfico: David Sueiro

Productores: Jesús Cimarro y Xabier Aguirre

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 15 de octubre de 2017

Calificación: ♦♦♦

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