El quebequés Robert Lepage nos trae este espectáculo estrenado en 2015, donde su biografía se entrevera con sus habituales ingenios escenográficos

La maestría de Robert Lepage regresa al Festival de Otoño y lo hace con un espectáculo que demuestra nuevamente su dominio escenográfico; pero, en esta ocasión, el sustento narrativo me parece que no llega a impactarnos suficiente ni en lo emotivo, ni en lo político, ni, tampoco, en lo esencialmente biográfico. Paradójicamente, los recuerdos sobre su vida casi no se centran en su faceta artística, lo que nos podría haber descubierto cómo ha llegado a esa visión del teatro tal peculiar que tiene. Por lo tanto, hasta qué punto nos debemos dejar cautivar, como niños, por el mecanismo que se mueve mágicamente delante de nuestros ojos o por el proceder de unos artilugios que nos descubren con sutileza la confluencia entre lo artesanal y lo tecnológico; si todo ello no está al servicio de un relato que perviva en nuestro memoria pasado el tiempo. Sigue leyendo


Últimamente, en la extensión del puritanismo, y de todos esos pruritos morales que pican como sarpullidos insolentes, cada ciudadano, afincado en esas cuitas, ha ido manifestando vox populi cuáles son sus líneas rojas con una furia extraordinaria. Gentes que niegan el pecado original y su vinculación al catolicismo parecen buscar una purificación de su alma y un perdón de sus pecados que los tiene viviendo en la angustia permanente. ¿He dicho ya que se reúnen en una supuesta izquierda?
Si el dramaturgo argentino versionó con mucho sentido hace unos años El rey Lear con
Resulta muy desconcertante esta pieza en los inicios. Uno se siente sin asidero posible en la lentitud de esos individuos que cargan sobre sí a muñecos que visten como ellos, como un doble, como un muerto viviente y su espíritu a punto de salir hacia el cielo. No deja de ser una visión, a la postre, de unos mineros y su entorno, petrificados bajo la lápida, intoxicados, enverdecidos por el cobre que se debe extraer. Pero hasta llegar a esto, la deriva es fantasmagórica, cuasi surrealista, una ensoñación marciana de la que debemos atar cabos. Y eso el espectador lo logra justo en los últimos quince minutos, cuando el montaje cobra gran sentido y hasta grandiosidad conceptual; porque se adentra muy valiosamente en un teatro social sui géneris. 

Conviene no escuchar este monólogo con el runrún de la Ley Trans de fondo, no vaya a ser que uno llegue incluso a considerar tránsfobo al autor, al especular con este gesto tan pirandelliano como cervantino de autodeterminarse, no ya en un hombre, siendo, en apariencia, Clara Sanchis una mujer, sino en un tipo concreto, es decir, toda una usurpación de la personalidad, sin recurrir al deep face, simplemente acogiéndose al pacto mágico de la ficción. Ya digo, cuidado con los efectos performativos del transformismo y de las patologías de nuestra entidad, no vaya a ser que desviemos el tema.